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Pablo Ale

Pablo Ale

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El libro, un mensajero silencioso

Las palabras comunican, expresan, arman, elaboran, crean y recrean. Y encuentran su aliada casi perfecta en la escritura y en los libros como instrumento de propagación. (Imagen: shutterstock)

“Desde finales de la prehistoria hasta hoy, nuestra civilización ha ido

edificándose sobre la escritura: en tablas de arcilla, en papiros, en tablillas

de cera, en papel, en libros. Por todo eso, las grandes culturas sintieron

siempre respeto, admiración y devoción por los libros” (Antonio Tabucchi).

 Las palabras tienen poder.

Una madre dice “¡Basta!” y su hijo deja inmediatamente lo que está haciendo.

Un general dice “¡Fuego!” y el pelotón de fusilamiento dispara contra el rehén de ojos vendados.

Un enamorado dice “¡Te amo!” y la doncella en cuestión sonríe y corresponde esa frase con un dulce beso.

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El Creador del universo habla y aparece un mundo maravilloso de mares, flores, sol, estrellas, peces, aves, animales y seres humanos. “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos… Porque él dijo, y fue hecho” (Sal. 33:6, 9).

Las palabras comunican, expresan, arman, elaboran, crean y recrean. Y encuentran su aliada casi perfecta en la escritura y en los libros como instrumento de propagación. Pero, ¿qué es un libro? Desde luego, es mucho más que un cubo de papel relleno de hojas, es decir que supera su materialidad física. Jorge L. Borges decía que un libro es la valoración que le damos y la connotación que sus palabras tienen en nosotros. “Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado”, afirmó.

Sin dudas no se trata de algo mágico o sobrenatural. Las palabras escritas siguen siendo exactamente iguales, pero el lector cambia (sus ideas, sus contextos, sus momentos, sus percepciones). Cambia como Cleofas y su amigo camino a Emaús cuando Jesús se les acercó y les abrió los ojos para la comprensión de las profecías: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Luc.  24:27). Cambia como cambia el etíope, funcionario de la reina Candace; “Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús” (Hech. 8:35).

Un invento revolucionario

Las palabras forman, informan y transforman, lo mismo que la escritura. Sumergidos en el vasto imperio digital, podríamos llegar a pensar que vivimos en un siglo de revoluciones portentosas ante las cuales los inventos del pasado parecen pigmeos. Nada de eso. Si de inventos revolucionarios se trata, a ninguno de ellos le cabe mejor el adjetivo que al invento de la escritura.

Es complicado exponer una para fecha exacta para el origen de tamaña invención. Los más prestigiosos historiadores consideran a las tabletas de arcilla súmeras halladas en Uruk (en el valle inferior de los ríos Tigris y Eufrates, sur de Irak) allá por 3.300 a.C. como la primera escritura protocuneiforme. Desde allí, el hombre ha elaborado múltiples dispositivos para anidar este invento tan útil y maravilloso.

En lo concerniente a esto, Marshall McLuhan brinda una interesante reflexión en clásico El medio es el mansaje: “Hasta que se inventó la escritura, el hombre vivió en el espacio acústico, sin límites, sin dirección, sin horizonte… La pluma de ganso acabó con la conversación, disipó el misterio, dio arquitectura y ciudades; trajo caminos y ejércitos, la burocracia. Fue la metáfora básica con que empezó el ciclo de la civilización, el pasaje de la oscuridad a la luz de la mente. La mano que llenaba la página del pergamino edificaba una ciudad.”

De esta manera, el germen revolucionario que anidaba la escritura en su interior hizo que se potenciara más el sentido de la vista por sobre el oído. Pero en la historia inventiva del hombre, aparecería una de sus más significativas producciones (una que, por otra parte, potenciaría a la escritura y le otorgaría, definitivamente, un trampolín de salto hacia la consagración), a saber, la imprenta. Este recurso “repetidor, repetidor, repetidor”, al decir del citado filósofo y profesor canadiense, no sólo “confirmó y amplió la nueva tensión visual” sino que, además, “proporcionó la primera ´mercancía´ uniformemente repetible” y “la producción en masa.”

Entonces, que al carácter ya revolucionario de la escritura se le adiciona el plus transformador de la imprenta. Emergen, entonces, la linealidad, la fragmentación, la reflexión individual, el punto de vista privado y el público lector.

Un invento a tu alcance

No necesitas dinero para leer un buen libro. Puedes encontrarte con ellos de manera gratuita en una biblioteca pública o en Internet, siempre y cuando su lectura y descarga sea legal y esté autorizada.

Por eso, no hay excusas para no leer. Por otra parte, si decides compara un libro esto nunca se constituirá en un gasto, sino en una inversión para tu vida actual y futura. Los libros son esos amigos silenciosos y poderosos que nos hablan sin hablar y nos instruyen, recrean y capacitan en todo sentido.

Si quieres comenzar a leer un libro y sumergirte en este apasionante mundo, lo recomendable es empezar con obras cortas y no muy complicadas de leer. Esto es como empezar a correr. De la nada, no empiezas anotándote en una maratón de 42 km. Vas por etapas. Primero 5 km, luego 8, más tarde 12… y así.

Ten en cuenta, además, que la lectura es un hábito que requiere cierta concentración y tranquilidad. Por lo tanto, busca un lugar de tu hogar y un momento del día para leer.

Con el paso del tiempo te darás cuenta qué tipo de lecturas y qué autores te atraen más. Pero cuidado. No te sorprendas ni te apresures en las evaluaciones. Si te encanta un autor recuerda que no siempre escribe todos sus libros de forma espectacular. Los escritores tienen sus altibajos. Así mismo, tampoco descartes a un autor por una obra suya que no te agradó.

 Un invento poderoso

Sea cual sea el libro que elijas y el formato en el que se depositan las palabras (papiros, pergaminos, códices, libros o e books), estas pueden ser usadas para fines dañinos; pero también para edificar, construir, educar y predicar.

Elena de White no duda en afirmar que “la prensa es poderosa”. No obstante, aclara que “si los materiales producidos permanecen inactivos por falta de hombres que pongan en práctica planes adecuados para hacerlo circular ampliamente, se pierde su poder” (El ministerio de las publicaciones, p. 306).

Si bien en su época (vivió entre 1827 y 1915) no existían las computadoras, los teléfonos inteligentes ni redes sociales, bien se pueden reemplazar la palabra “prensa” de la siguiente cita por “Internet”.

“El poder de la prensa, con todas sus ventajas, está en sus manos: y pueden usarlo con el máximo provecho, o bien pueden estar despiertos a medias y a causa de la inacción perder las ventajas que podrían haber obtenido. Por medio de cálculos valiosos pueden extender la luz de la verdad mediante la venta de libros y folletos. Pueden enviarlos a miles de familias que ahora permanecen en las tinieblas del error” (Ibíd.).

Más allá de estas declaraciones poderosas, la siguiente es la que más me impacta. Ella compara a los libros con predicadores silenciosos, que pueden estar en todo lugar y en todo momento dando su mensaje: “Las publicaciones han de multiplicarse y esparcirse como las hojas de otoño. Los silenciosos mensajeros están iluminando y modelando las mentes de miles de personas en todos los países y climas” (The Review and Herald, 21 de noviembre de 1878).

Sí, los libros tienen poder. Lo sabe muy bien José Alberto Gutiérrez, un recolector de residuos de la ciudad de Bogotá, Colombia. Una noche de verano del año 2000 él encontró en la basura Ana Karenina, el clásico libro de León Tolstói. Lo recogió, sorprendido al notar que la gente tirara libros. Con el paso de los días encontró más y más libros. Así, El principito, El mundo de Sofía, La Ilíada y muchos otros fueron rescatados.

Tenía tantos libros acumulados que comenzó a ser noticia en su barrio: los vecinos se le acercaban a fin de solicitar libros prestados para sus hijos. Así, junto a su esposa, habilitó un lugar en su casa para que funcionara como una especie de “biblioteca popular gratuita”. Bautizó a este emprendimiento “La fuerza de las palabras”.

Hoy, recuperó más de 50 mil libros de la basura y fundó cinco bibliotecas populares. Él cree y está convencido de algo: un niño que lee es alguien que no solo tendrá más oportunidades en la vida, sino que también le es más fácil escapar gracias a ello de la marginalidad, la droga y la delincuencia.  “La mejor herencia que le podemos dejar a un niño siempre será la educación”, asegura José A. Gutiérrez. “La lectura es el símbolo de la paz y de la esperanza. Si a mí un libro me cambió la vida, imagínese el impacto de un texto en uno de esos lugares que ha sido víctima del conflicto armado y del olvido del estado”.

Si para este hombre un libro de literatura secular (más allá de la maestría y la genialidad con la que fue escrito) puede cambiar la vida de una persona, imagínate lo que puede hacer en tu vida la Biblia (el libro más vendido y más impreso de todos los tiempos) que es, nada más ni nada menos, que la misma Palabra de Dios.

En este Día Internacional del Libro, acércate a la Biblia, el Libro de los libros. Léela con atención, estúdiala con oración, obedécela con devoción y compártela con pasión.

Sus palabras tienen poder.

 

 

 

 

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