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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

¿Y si la eternidad ya comenzó?

Imagen: shutterstock.

Siempre creí, e imagino que no era el único, que, al llegar al cielo, nuestras vidas comenzarían de cero. Sí. Que la historia de mi vida sería reescrita, comenzando nuevamente. Como si todo el pasado fuese borrado y ahora una hoja en blanco me fuese dada para comenzar mi nueva vida celestial. Ese pensamiento venía de la idea de que en el cielo no tendremos recuerdos de la Tierra. Sufriríamos una especie de amnesia celestial. Una especie de lobotomía divina capaz de hacernos olvidar el mal que vivimos y causamos en esta tierra. Un reboot.

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Descubrí, sin embargo, con el tiempo y la Biblia, que estaba muy equivocado. Pude ver que la libertad eterna y la ausencia del mal, también eterna, solo podrían ser consecuencia de una vida que sí recuerda los efectos de la maldad.

La amnesia total del periodo terrenal borraría toda la experiencia que obtuvimos en este mundo caído. Que, aunque sea malo, guarda recuerdos imprescindibles como el hecho de haber estado terminantemente perdidos, y haber sido salvados por el propio Dios (eso jamás podrá ser olvidado). Salvación que se propició con la muerte sustitutiva de él mismo por la raza caída.

Perderíamos la visión impresionante de las veces que Dios nos libró. De la manera como nos perdonó y olvidó las mayores atrocidades que cometimos. Olvidaríamos que pasamos por el valle de sombra y de muerte, pero él estuvo con nosotros y que, incluso en medio del lodo del pecado, él vino aquí para rescatarnos de nuestra condición. Sin la experiencia terrenal, la canción de los santos no tendría sentido y nos olvidaríamos que digno es el Cordero que fue muerto por la transgresión de muchos.

Inicio de la eternidad

Con eso en mente, veo que la eternidad ya comenzó. Me di cuenta que mi experiencia en la eternidad ya está siendo construida con las elecciones que hago. Que mi vida no tendrá un reboot. Por el contrario, en el cielo dependeré de aquello que viví aquí. Y mi vida allá tendrá consecuencias basadas en lo que hago con mi vida ahora. Eso me conmovió mucho. Eso significa que mi legado ya comenzó. Mi legado eterno. Lo que hago aquí me va a acompañar por el resto de la eternidad. Quedarán en el registro de mi experiencia con quién me casé, mis hijos, como los traté, mis amistades, las elecciones que hice aquí en la Tierra, el carácter que construí, el bien que hice y hasta el mal que causé. ¿Quiere un ejemplo? Pablo.

El personaje bíblico Pablo nunca borró su faceta de Saulo. Las Escrituras registran a Pablo como un siervo de Dios obstinado en la predicación del evangelio, y como un hombre que sufrió grandemente por el Señor. Y, de la misma forma, registran sin piedad que él, también, fue un perseguidor de la iglesia, responsable por la muerte de verdaderos fieles de Dios. La Biblia no esconde que él fue cómplice de la muerte de Esteban, y que él “amenazaba de muerte” a los santos. El propio Cristo le dijo sin rodeos “Tú me persigues”.

Un registro que, si yo fuese Pablo, me gustaría que quedara en el olvido. Piense quién era Pablo al final de su vida. Respetado, amado, admirado, simplemente no necesitaba de ese tipo de publicidad que anunciaba alto y claro todo lo que él había hecho contra Dios. Alguien que actuó como perseguidor y aliado de Satanás, en cuyas manos reposaba la sangre de santos y fieles. Personas menos inteligentes y educadas que él, pero que, sin embargo, estaban del lado correcto de la batalla. Aun antes que él pudiera darse cuenta de qué lado estaba realmente con toda la cultura y pompa que tenía.

Podríamos habernos quedado solo con la imagen de un Pablo teológicamente profundo o como un hombre admirable de dolores que sufrió por el Señor con gloria. Que dio testimonio a sabios y filósofos, reyes y mercaderes (empresarios), un hombre íntegro, fiel, amable, querido. Finalmente, ¿no es así como nos gusta que nos retraten?

La transparencia de la historia de Pablo

La Biblia, sin embargo, es de una transparencia impecable y el propio Pablo también. Él no oculta que era perseguidor. No esconde que estuvo del lado equivocado de la lucha. Asume lo que era y en quien se convirtió. Su legado es ese. Y, en el cielo, Pablo seguirá siendo el ex – Saulo de Tarso, ex – perseguidor de la iglesia. El convertido. Esa es su experiencia y todo lo que él sabe con respecto a Dios lo aprendió en esta vida por medio de esa condición.

Por todo el infinito, predicará sobre el amor de un Dios que llevó al cielo y a la eternidad a aquel cuya vida sesgó la de otros que ahora también habitan la eternidad. Veo a Pablo al lado de alguien como Esteban. ¡Y cuánto una escena de esas, me dice sobre el amor a Dios! La parte mala de la vida de Pablo permanecerá registrada, y eso será para bendición y no para maldición. Es un hecho incontestable. Nuestra experiencia eterna ya comenzó. La vida que vivimos ahora es parte de la vida que tendremos para siempre.

¡Eso es fuerte! Hay muchos otros ejemplos como David, Moisés, Elías, el ladrón de la cruz, y muchos otros. Esto nos lleva a pensar: ¡Qué profundas son las elecciones que estoy haciendo! Mi legado ya tiene una parte escrita. ¿Qué sigo construyendo en él? Cada elección es importante si todas ellas son eternas. Cuando llegue a la eternidad, ¿qué historia voy a contar? ¿Qué experiencia viví aquí? Sea cual fuere, que esta sea construida con la ayuda de Dios. Que él sea la inspiración de sus elecciones. Porque el objetivo de esta reflexión es la siguiente: presentar el peso profundo y eterno de todas nuestras decisiones actuales.

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