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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Un amor por otro

Dios puede cambiar todo y cualquier corazón que esté dispuesto a eso (Foto: Shutterstock)

La sala del alma no puede ser vaciada y dejada vacía. En la vida cristiana tenemos muchos desafíos y uno de ellos es “limpiar la casa”. El problema es a quien tenemos que sacar de ahí. En nosotros habita un ser despreciable que carga el peso de nuestra condenación, la razón del pecado de la humanidad, el propio yo. El librarnos de cosas que están en nosotros es muy difícil, y aún más cuando son tan centrales como el ‘yo’.

En la Biblia encontramos frases como “niéguese a sí mismo” (Lucas 9:23); “nadie se gloríe” (Efesios 2:9); “Ninguno busque su propio bien” (1 Corintios 10:24); “ya no vivan para sí” (2 Corintios 5:15); “el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27), y muchos otros que intencionalmente no resaltamos porque denuncian la transformación más importante y difícil que debemos hacer: la muerte del yo.

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Un alma transformada es aquella que hizo esta transición por el poder de Dios. Pero, ¿cómo hacer para que el ‘yo’ salga de la escena? ¿Cómo negar algo tan intrínseco? Lo primero que debemos hacer es entender lo que el evangelio está atacando al referirse al ‘yo’.

Dios es el mentor y creador de tu personalidad. Salmos 129 nos dice que Él nos imaginó antes de ser concebidos. Somos un plan de Dios y él nos creó para vivir en libertad. El problema no es quienes somos en términos de personalidad, sino como desarrollamos una cosa llamada “amor propio”. Aquí está el problema, y precisamente lo que el evangelio quiere atacar. El egoísmo es amor, amor a sí mismo.

Muchas personas tendrán dificultades para entender esta denuncia bíblica porque ya está tan acostumbrada al concepto del amor propio, y a escuchar los ecos sociales de una cultura que incentiva ese tipo de amor, que pueden pensar que esta demanda bíblica es un poco extraña. Esta es precisamente lo que esta “torcido” en nuestra naturaleza. Cuando hablamos de naturaleza pecaminosa, muchos imaginan una expresión que intenta explicar la magia del pecado en nuestras vidas. No existe magia. Es solo amor propio. Nacemos con él.

Muchos pueden creer que exactamente por el hecho de que nacemos con él, es bueno y es natural. Bueno, es natural, por eso la Biblia informa que el problema no está en lo que hacemos, sino en nuestra ‘naturaleza’. Los errores, maldades y lo que llamamos pecado es el efecto de esa naturaleza que hace que nos amemos tanto a nosotros mismos.

Conceptos equivocados

La actualidad no pasa de una celebración de aquello que nos sirve para nuestro amor propio. Decimos que amamos una cosa que nos hace sentir bien, una persona que nos hace sentir bien, un lugar que nos hace sentir bien. Vea que lo que decimos que es amor es una urgencia de nuestro egoísmo con otro nombre. No busco a alguien para amar, para entregar de mí a otro; busco a alguien que me sirva y me haga feliz.

¿Puedes ver la inversión natural y común de lo que realmente es amar? Por eso no entendemos la Biblia cuando leemos la definición de amor en 1 Corintios 13. Parece tan extraña: “no tiene envidia”; “no hace nada indebido”; “no busca lo suyo”; “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”; “nunca deja de ser”, etc. Estas cosas no parecen tener sentido para nosotros exactamente porque la propia noción de amor está arruinada por nuestro ‘yo’.

La pregunta es: ¿cómo me libro de eso, si está tan intrínseco en mi naturaleza? Dios quiere curarnos y Jesús nos trajo la solución: “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:15). La mejor manera de sustituir un amor es poniendo a otro en su lugar.

“Él nos amó primero” (1 Juan 4:19) para que aprendiéramos a amar. También se entregó en la cruz para que viéramos otro camino, de entrega en favor del otro, y no en favor de uno mismo (como en todo lo que hacemos). Jesús no solo enseñó otro camino, sino que también nos dio motivos para amar al otro. No le era suficiente con ser nuestro creador, también se prestó a servirnos, rebajándose para ser hombre y muriendo en nuestro favor. Él nos ama.

Voy a repetir: la mejor forma de librarse del amor propio es poniendo otro amor en su lugar. O, en otras palabras, amar a otro es la mejor forma de librarse del amor propio. En este caso, el “otro” es Dios. Nadie logrará librarse del amor propio o del ‘yo’ solo por fuerza de voluntad, o por buenas obras, o auto flagelándose, o por cualquier otra técnica que intente.

Amar a Dios es desear hacer su voluntad y lo que puede sustituir mi voluntad arruinada por mi naturaleza pecadora. En la práctica, “Amar al Señor sobre todas las cosas, con todas tus fuerzas, y con toda tu mente” (Lucas 10:27) y lo que matará al ‘yo’. No intente luchar contra el propio ‘yo’. Será derrotado fácilmente. No sirve enfocarse más en ‘uno mismo’ para resolver el problema. ¡Enfóquese en Quien es digno de todo! Él es nuestra razón de vivir, cantar, soñar y amar. Él es el destino de nuestras fuerzas, voluntad, y actuación.

Su vida es nuestro ejemplo de amor. Su amor nos reconforta y nos alienta ante los peores males. Él es todo lo que necesitamos. En Jesucristo mis necesidades son suplidas y él llena todo lo que soy. Fuimos hechos para amar, pero nuestro amor tiene que ir en la dirección correcta. No puede girar sobre sí mismo. Tiene que expandirse. Es fuera de mí que encuentro la verdadera dignidad. El amor de Cristo me hace amarlo. Es un ciclo perfecto. Y cuando lo amo de todo corazón, puedo derrotar a mi propia naturaleza caída, y entonces puedo decir: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

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