Once años en el desierto
Saber ir a donde Dios mande es cumplir la misión que él nos confía, sea lejos o cerca, por meses o décadas.

“¿Cuándo vuelven a Brasil?”, esta es la pregunta que escucho constantemente de amigos, familiares y conocidos. A pesar de ser alguien que disfruta mucho de planear las cosas en detalle, desde la lista del supermercado hasta los viajes, volver a Brasil o mudarnos a otro país no es algo que hayamos planeado, de verdad.
Hace un tiempo que no nos encontramos en Egipto, pero, aun así, no dejé de esbozar al menos una decena de artículos para compartir con ustedes. Seguimos viviendo por aquí con intensidad e intencionalidad. En enero de este año, cumplimos 11 años desde nuestra primera llegada a este país. Casi no lo puedo creer. En este período, tuvimos un intervalo de dieciocho meses de regreso a Brasil.
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Dios condujo todas las cosas para que estuviéramos cerca de nuestra familia en un momento muy delicado con la pérdida repentina de mi suegra, en 2015. Fue también cuando tuvimos a nuestra primera hija, como lo planeábamos. Entonces, volvimos a vivir en Egipto cuando nuestra primogénita María acababa de cumplir un año y dos meses de vida, en junio de 2017.
No hemos podido ver la vida de otra manera desde que Dios nos unió, y mucho antes ya había puesto en nuestro corazón el deseo de servirle. Podríamos vivir toda la vida sirviendo a Dios en Brasil, sin duda alguna. No somos diferentes a ti, no somos más especiales por estar viviendo los planes de Dios en otro país. Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y, como sus seguidores, el mundo es nuestro campo de trabajo. Eso incluye Brasil, Chile, Perú, dondequiera que estés.
¿Mudarse, volver o quedarse?

¿Nunca pensamos en volver a Brasil desde que regresamos a Egipto en 2017? ¡Sí, varias veces! Y la primera fue pocos días después de haber vuelto a El Cairo. El día en que Marcos y yo tuvimos un momento de tensión y discusión sobre la carga extra de trabajo y la necesidad de mantener a la familia como prioridad. Un tema que sigue siendo una lucha constante aquí, probablemente no muy diferente a lo que tú mismo enfrentas en tu hogar en la actualidad.
A pesar de las dificultades que tenemos aquí en diferentes aspectos, seguimos con el deseo ardiente de hacer la voluntad de Dios; de vivir los planes que él tiene para nosotros, de realmente ir a donde él mande. En las consultas, invitaciones y posibilidades de dejar Egipto, las oraciones se duplican, el corazón pasa por un período de contrición, y los oídos se vuelven aún más atentos y sensibles a la voz de Dios. Deliberadamente, no queremos hacer nuestra voluntad, lo que hace que nuestro caminar sea un poco más complejo, más dependiente de él y, al mismo tiempo, más gratificante.
Pedimos y clamamos por la conducción de Dios. Él sigue mostrando el camino y me asombro con la cantidad de pruebas y confirmaciones que le pido y él envía. Responde con buen humor y ligereza, responde a través de personas, de canciones, de sus promesas en la Biblia; responde trayendo paz a nuestro corazón en el momento en que más lo necesitamos. Una paz que solo viene de él, esa que realmente “sobrepasa todo entendimiento”. Él responde en un lenguaje que yo puedo entender, en su tiempo, respetando mis limitaciones y momentos de incredulidad.
Una misión de milagros

Aun después de once años viviendo completamente fuera de mi zona de confort en nuestra historia de vida con Egipto, Dios nos hace recordar cómo llegamos aquí por primera vez. Vinimos con Él y por Él. No tenemos dudas. No hay otro interés detrás. No hay otro sentido ni propósito. Sigo preguntándole si estamos en el camino correcto. Si debemos seguir adelante permaneciendo aquí con lo que estamos haciendo, si es para cambiar de rumbo, de proyecto, de actitud.
Donde estamos peregrinando actualmente, el agua sigue brotando de la roca, la nube sigue dando sombra durante los días de sol abrasador, el maná sigue cayendo del cielo cada día y en doble porción los viernes. Hemos procurado vivir bajo su dirección. Entre las pocas certezas que tenemos, una de ellas es que queremos llegar a la Canaán celestial y, si para eso tenemos que pasar cuarenta años en el desierto del Sinaí, seguiremos adelante. Él ya garantizó que nuestras sandalias no se gastarán y que el pan y el agua estarán asegurados. Apenas hemos completado la primera década. Te invito a seguir confiando en el desierto de este mundo bajo la conducción directa de Dios: nada te faltará.
