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Ana Paula

Ana Paula

Misión y voluntariado

Hasta dónde llegan las personas que se colocan en manos de Dios para servir en la misión de predicar el evangelio

Carta a los rechazados

Jesús mostró en su vida que es necesario integrar a las personas (Foto: Shutterstock).

La aceptación y el rechazo están entre los comportamientos humanos más poderosos. Seguramente usted ha sentido el dolor del rechazo y la alegría de la aceptación en algún momento de su vida. En mayor o menor escala, todos nosotros hemos sufrido o nos hemos alegrado por uno o por el otro.

Infelizmente, nuestra cultura occidental, y por así decirlo, la cultura brasileña, es la cultura del rechazo. ¿Nunca pensó en eso? Pues así es. La verdad es que crecemos aprendiendo e interiorizando formas y criterios donde colocamos a alguien dentro para integrarlos. Y si hay alguien dentro es porque hay alguien afuera. Si usted tiene que integrarse en ciertos criterios es porque excluirá a alguien o será excluido, sin piedad.

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Desde el grupo de amigos, pasando por los equipos en las clases de educación física, noviazgos, exámenes, empleo. Todos nosotros vivimos en una montaña rusa emocional y estamos ansiosos por evitar el rechazo y ser aceptados.

La aceptación es acogida, y eso es la habilidad de comunicar a los demás valor, dignidad y estima. Los niños pueden ser cruelmente honestos para rechazar, y nosotros, los adultos, podemos ser cruelmente cínicos con el mismo objetivo, pero somos más sofisticados.

Pablo nos llama la atención cuando leemos lo que él escribe a los romanos en su carta, en el capítulo 15, versículo 7: “Por tanto, acéptense mutuamente, así como Cristo los aceptó a ustedes para gloria de Dios”.

¿Aceptar y acoger de la misma forma que Cristo me aceptó? Eso es difícil. Nos gusta pensar que fuimos aceptados porque somos especiales, más bonitos, más inteligentes, más ricos. En resumen, nosotros merecemos aprobar el examen, merecemos a la novia o novio, marido o esposa, merecemos el empleo, merecemos el título. Esa meritocracia que, a lo mucho es una media verdad, nos hace pensar que los otros, los diferentes, los pobres, los marginados, los no religiosos, los de la tribu vecina son menos, menores, y toda una clase de adjetivos negativos.

Eso no ocurría con Jesús. No ocurre así con Jesús hoy. Él murió por nosotros cuando aún éramos pecadores. Jesús no nos limpió primero para después aceptarnos, ¿entiende? ¿Cómo podemos mostrar aceptación?

  1. Tome la iniciativa;
  2. No considere el rechazo como opción, sino a la aceptación como el único camino;
  3. Acepte al otro. No considere lo externo, como ser la ropa, cabello, decisiones, hábitos. Así como Jesús, rechace los rótulos de raza, generaciones y género;
  4. Sepa que acoger y aceptar le costará mucho;
  5. Elimine del comportamiento toda forma de acción deshumanizadora, como amenazas, intimidaciones, juegos de poder y manipulaciones.

Una vez, un misionero fue invitado a andar por la noche, desde las 20:00 a las 03:00 de la mañana, una vez por semana. Él debía buscar oportunidades de servir. Luego de aprender algunas técnicas, él y su esposa las pusieron en práctica durante semanas. Una noche, yendo con otro misionero de más experiencia, vieron a una mujer en la esquina. Ella encajaba dentro de un perfil conocido. Él, preparándose para ser un siervo de Dios en aquel lugar, queriendo usar sus habilidades para demostrar amor en aquella situación, comentó por lo bajo con su compañero: “Una prostituta, ¿no?”. Hubo una pausa. Y entonces el amigo con más experiencia le respondió: “No.  Es una persona en prostitución”.

Ver con los ojos de Jesús es el segundo paso en el camino del servicio.

* Con la colaboración de Marcos Eduardo Gomes de Lima (sociólogo y coordinador de proyecto sociales y comunitarios en Egipto).

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