Noticias – Adventistas

Ana Paula

Ana Paula

Misión y voluntariado

Hasta dónde llegan las personas que se colocan en manos de Dios para servir en la misión de predicar el evangelio

El mono, el pez y la arrogancia

Es fundamental Conocer las necesidades del otro en vez de deducirlas (Foto: Shutterstock)

Un tifón arrojó a un mono en una isla. Desde un lugar seguro y protegido en la playa, el mono se quedó esperando que las aguas se calmaran. Notó que un pez estaba nadando con todas sus fuerzas en el mar contra una corriente muy fuerte. El buen mono tenía un corazón enorme, por eso resolvió ayudar al pez.

El primate avistó un árbol con algunos gajos proyectándose precariamente sobre las aguas. Era arriesgado, pero creyó que valdría la pena ayudar a la pobre criatura. Sabiendo el riesgo de vida que corría, avanzó habilidosamente y con todo cuidado sobre los finos gajos. Con un movimiento preciso y eficaz, tomó al pez y lo trajo con seguridad a tierra firme.

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Por algunos momentos, el pez se mostró sumamente feliz con el rescate, saltando de alegría hasta que, de repente, se calmó y se resignó a un profundo, pacífico y quieto descanso. En el pecho del mono héroe explotaban la alegría y la satisfacción. Se había arriesgado para salvar la vida de una criatura en peligro. ¡Pobre mono, pobre pez!

Si observamos la historia de ese mono solo desde su perspectiva, haremos la lectura de un acto heroico, de colocarse en el lugar del otro, arriesgando la propia vida para salvar a alguien. ¡Cuánto amor por el prójimo, cuánta compasión! Se necesita valentía para asumir riesgos, y humildad para colocarse en el lugar del otro al punto de morir por alguien.

Sin embargo, desde la perspectiva del pez, ese mismo mono no pasaba de ser una criatura arrogante. Alguien demasiado listo para comprender la realidad al punto de causar, en verdad, daños irreversibles, aunque inconscientemente.

El mono asumió saber lo que era correcto; correcto y bueno para el pez, sin preguntarle, sin conocerlo, sin entender lo que le pasaba. Finalmente, su arrogancia superó, de manera incalculable, su voluntad de servir. El daño fue mayor que el deseo de ayudar. De manera que necesitamos considerar que las buenas intenciones no son suficientes en el trabajo de servir y “salvar” al prójimo. Simplemente porque sí. Necesitamos conocer a quien servimos, relacionarnos con esas personas y ajustarnos a la realidad de ellas.

Para servir a alguien, es necesario tener algunas características importantes:

– Empatía

– Humildad

– Compasión

– Coraje

– Desprendimiento

Si queremos servir como Jesús sirvió, tenemos que demostrar interés por  las personas y no solo por sus problemas. Tenemos que interesarnos por ellas y no solo por los resultados. Las personas no pueden comprender nuestras intenciones, solo ven nuestras acciones. Y son ellas las que en verdad indicarán si estamos realmente ayudando o no. Las intenciones tienen su importancia y son esenciales para una vida espiritual saludable, pero son las acciones las que testifican y transforman vidas. Las intenciones y las acciones no son y no deben ser consideradas como opuestas, pero son distintas, y tenemos que tomar esto en serio cuando decidimos vivir y servir como el Maestro.

Con la colaboración de Marcos Eduardo Gomes de Lima (sociólogo y misionero).

 

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