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Los orígenes de la separación del cristianismo y el judaísmo

¿Cómo convivieron históricamente las corrientes del cristianismo y el judaísmo, incluso dentro de lo que se puede leer en los textos del Nuevo Testamento?

Por Sérgio Monteiro 26 de mayo de 2021

Aspectos importantes a entender históricamente en la relación entre cristianismo y judaísmo. (Foto: Shutterstock)

Al contrario de lo que muchos podrían pensar, el antisemitismo no es un fenómeno moderno surgido del nazismo, ni una creación del siglo XIX. En realidad, el antisemitismo existe desde hace mucho tiempo. Se lo puede encontrar de manera más o menos explícita a partir del siglo segundo de la era cristiana. Es representativa de esa posición la declaración de Ignacio de Antioquía, en su carta a los Magnesios 10:1, según la cual “son monstruos los que hablan de Jesús al mismo tiempo que practican el judaísmo”.

El objetivo de este artículo no es exponer de manera completa y profunda las raíces del antisemitismo, mucho menos todos los factores y variables que pueden identificarse en los orígenes y en el proceso de desarrollo del antisemitismo, sino presentar una síntesis de esa filosofía con la intención de entender su impacto en las relaciones entre cristianismo y judaísmo en la lectura de las Escrituras en el cristianismo.

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Los orígenes

El primer aspecto que tenemos que aclarar y no olvidar jamás es que el período neotestamentario no puede verse como el embrión del antisemitismo. Eso porque, al contario del sentido común, el Nuevo Testamento no puede leerse a través de lentes de una constante disensión y discontinuidad entre el judaísmo y la Biblia hebrea y la iglesia cristiana y su Biblia. Esa es una lectura cargada de perspectiva externa, extraña al mismo texto, como veremos en adelante.

A pesar de esto, el primer siglo de la era común ya presenta evidencias de discusiones sobre identidad tanto cristianas como judías, cuyas consecuencias serán, al final, una separación definitiva entre la fe judía y la fe cristiana. No es que la fe cristiana no sea vista como judía o que ella no se entendiera como judía.

Cristianismo y judaísmo juntos

El testimonio histórico del Nuevo Testamento demuestra que el cristianismo era comprendido y se percibía como parte del judaísmo. No es casualidad que en Hechos 24:5. El mismo término utilizado para describir a los fariseos en el capítulo 26 se utiliza para la secta de los nazarenos, de la cual Pablo era el líder principal. Ese era el enfrentamiento del judaísmo en ese tiempo. No existía un solo judaísmo (como hoy tampoco lo hay), pero algunas sectas (heireisis, término griego cuyo origen significa “elección”), que convivían de manera no muy armónica, pero tolerante. Incluso con discusiones constantes, diferencias y mayor o menor influencia frente al pueblo y su relación con la religión y la tradición de los padres. Así, tenemos desde los liberales saduceos hasta los escritos esenios, pasando por fariseos y también cristianos y zelotes.

En ese contexto de convivencia de múltiples ideas, y en el terreno fértil de las esperanzas múltiples, surge el judaísmo nazareno o el cristianismo. Y no estamos hablando aquí de la venida de Jesús, sino de la sistematización de la comunidad de sus seguidores, que reflejaban sobre sus enseñanzas y de cómo se relacionaban con las enseñanzas que ellos mismos habían recibido por la tradición de los padres o de sus maestros judíos. ¿Cómo se relacionarían ahora con sus congéneres, una vez que adoptaban la reciente y “nuevecita” doctrina de Jesús el nazareno, transmitida por sus discípulos más cercanos? ¿Cómo podrían seguir, dentro del judaísmo, creyendo que este Jesús cumpliría las profecías mesiánicas, mientras sus líderes y vecinos afirmaban que él era un falso Mesías? Por otro lado, preguntas semejantes hacían sus compatriotas judíos, oprimidos por los romanos, ansiosos por la libertad que el Rey Mesías les traería.

Invasión romana

Esas preguntas dirigían los esfuerzos de la organización y el crecimiento de ambos partidos o sectas sobrevivientes a la invasión romana del año 70 d.C., los fariseos y los del Camino. Es verdad que todavía encontramos rastros de los saduceos, esenios (hay dudas en cuanto a si ellos existieron o no) y otras sectas menores. Por otro lado, no quedan dudas de que lo que conocemos como judaísmo, en los siglos posteriores, es una reminiscencia de los fariseos (ver Jacob Neusner y Bruce Childon, en el libro Quest of Historical Pharisees).

Las tradiciones sobre los fariseos después del año 70 d.C., muestran que los fariseos buscaron sistematizar el pensamiento judío como manera de mantener una línea que los uniera a las tradiciones anteriores. Aunque con cierta libertad, pero con un profundo interés en la conservación de los aspectos legales y tradicionales de su fe. Por eso, alrededor del año 90, se convocó el segundo “concilio” de Jamnia, con uno de los objetivos de definir las bases de su doctrina.

Por otro lado, la secta del Camino no demostró interés alguno en abandonar el judaísmo. Al contrario, los documentos legados, que están en el Nuevo Testamento, demuestran una gran aproximación con la comunidad judía en general, pero con los fariseos en particular. Pablo, anteriormente Shaul, no pocas veces se declara fariseo (Hechos 23; Romanos 11; etc.) y las interacciones mercantes y descritas en la literatura histórica indican que el lugar del culto de la comunidad todavía era la sinagoga.

Discusiones de identidad

Por eso los rabinos en sus sinagogas incluían entre sus oraciones una maldición contra los minim (herejes), que no se restringía a los cristianos, pero que con seguridad los incluía. A través de esa maldición, los herejes eran detectados en las sinagogas y expulsados. Esa maldición, sin embargo, como afirmó de manera precisa Pieter Willem van der Horst (The Birkat ha-minim in Recent Research, en The Expository Times, 1994, p. 367), siempre se refirió a los judíos, lo que indica de manera precisa que, aunque había separación y discusión, todavía se consideraba a los del Camino como judíos. Herejes, pero judíos.

Y así terminó el primer siglo, con discusiones de identidad y el inicio de relaciones atribuladas entre cristianos y judíos. Sin embargo, es un hecho que los primeros todavía eran judíos, cuyas doctrinas y creencias estaban aún dentro del plan de fondo judío general, conocido en aquellos tiempos.

Al salir de ese siglo, no podemos dejar de notar que la identidad judía fluida fue dejada atrás, después de la casi destrucción del judaísmo en el año 70. La necesidad de la fijación de una identidad que no fuera demasiado abierta y amplia fue una decisión tomada por los principales partidos sobrevivientes, fariseos y cristianos. En ese proceso, las diferencias pasaron a pesar mucho más que las similitudes y fueron acentuándose cada vez más en los siglos siguientes y migrando de la periferia hacia el centro. A este cuadro se juntan las presiones políticas, tanto sobre el judaísmo en los dos primeros siglos, como sobre el cristianismo hasta la época del compromiso, y la unidad en la diversidad se transforma en la diversidad de la diferencia, como veremos en las siguientes partes de esta serie. Más que no ser antisemitas, debemos entender que la gracia alcanza a todos.

Sergio Monteiro es teólogo, capellán y miembro del Instituto de Estudios Judíos Feodor Meyer, miembro de la Adventist Theological Society, International Association for the Old Testament Studies y la Associação dos Biblistas Brasileiros.

 

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