Especialista en neuropsicología responde las principales preguntas sobre el suicidio
Septiembre Amarillo alerta sobre las señales de riesgo. Psicólogo comparte orientaciones sobre cómo identificar señales y ofrecer ayuda.

Septiembre Amarillo es una campaña dedicada a la prevención del suicidio. Fue creada en 2015 y tiene como objetivo romper los estigmas, ampliar el diálogo e incentivar a que las personas busquen y ofrezcan ayuda. Mucho más allá de un color o un símbolo, se trata de un movimiento que valora la vida y la salud mental, algo urgente ante los números alarmantes.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), mas de 720 mil personas mueren por suicidio todos los años en el mundo, siendo esta la tercera principal causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años. En América Latina y el Caribe, la tasa de mortalidad por suicidio alcanzó aproximadamente 6,88 muertes por cada 100 mil habitantes en 2021, conforme datos de Macrotrends. Esto refleja una creciente preocupación en la región por la salud mental y la necesidad de fortalecer las políticas de prevención.
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Ante esos datos, cabe preguntarse: ¿será que alguien cercano a mí está pensando en quitarse la vida? Y si fuera así, ¿sabré qué hacer? Para responder esas y otras preguntas, conversé con el psicólogo Felipe de Novaes Coelho. Él tiene más de siete años de experiencia clínica, más de 2 mil consultas realizadas, es especialista en Neuropsicología y Terapia cognitiva-comportamental, además de una maestría en Gestión de Políticas Públicas. Actualmente coordina la carrera de Psicología en la Facultad Adventista de Minas Gerais (Fadminas).
Existe el estigma de que hablar sobre el suicidio puede incentivar la práctica. La campaña Septiembre Amarillo nació justamente para combatir ese mito. ¿Cómo se puede normalizar el tema sin fomentar el riesgo?
Cuando hablamos de la campaña Septiembre Amarillo, hablamos de una campaña de valorización de la vida. La psicología percibió que evidenciar el suicidio no necesariamente ayuda a combatirlo. Lo que debe hacerse, y lo que la campaña Septiembre Amarillo promueve, es hablar sobre el suicidio no como una alternativa, sino hablar sobre la importancia de vivir, la importancia de cuidarse, cuidar del otro, estar atento para escuchar a las personas que están cerca, estar atento a los hijos, a los familiares, para que las personas puedan tener formas de ayudar a quien lo necesita. Porque quien recurre al suicidio no lo hace por falta de Dios o por creer que la vida ya no vale la pena. Muchas veces, es una alternativa que se busca para reducir el dolor, porque ya no se aguanta el dolor que se está sintiendo, el dolor de la propia existencia.
La OMS señala a la depresión y al abuso de sustancias como grandes factores de riesgo, pero también hay influencias sociales, profesionales y situaciones de abuso. ¿Los pensamientos suicidas también pueden estar relacionados al día a día, como la rutina, la alimentación y la nutrición?
Sí, pueden estar relacionados. Principalmente, con relación a la rutina. El sueño, por ejemplo, tiene un papel fundamental para la regulación emocional. Pasar una noche mal dormido aumenta en casi un 30% las chances de que una persona tenga una crisis de ansiedad o que esta esté más ansiosa. Si hacemos una suma sucesiva de noches sin dormir bien, eso puede aumentar gradualmente los riesgos de enfermarse.
Además de una buena calidad del sueño, una rutina extremadamente estresante de trabajo también puede llevar a pensamientos suicidas. Una persona que no tiene tiempo de ocio, tiempo de autocuidado, ni individual ni con la familia, no entra en contacto con los amigos, termina aislándose de todo y entra en un flujo de una rutina que enferma. Eso también puede llevar a un cuadro depresivo.
Con respecto a la alimentación y nutrición, también tenemos que dar algunas indicaciones. Por ejemplo, tener bajo el nivel de hierro o vitamina D son inductores del escenario en que la persona podría sentirse más cansada y deprimida. No necesariamente llegaría al punto de tener pensamientos suicidas. Pero va a sentirse mucho más cansada y deprimida como consecuencia. En esa condición, puede generarse un efecto en cadena, que es hacer menos actividades que impliquen, por ejemplo, ocio y relación social contra las personas. De a poco, eso va creando un escenario favorable para la depresión.
Cuidar de la alimentación y cuidar de la rutina son dos estrategias elementales para que las personas no solo tengan longevidad, sino también salud mental.

¿Pensar sobre la muerte es necesariamente malo? ¿Cómo podemos identificar cuándo esos pensamientos se convierten en una señal de alerta? ¿Cómo podemos desarrollar autoconocimiento en ese sentido?
Como son tres preguntas juntas, voy a intentar responderlas por separado. Primera pregunta: ¿Pensar sobre la muerte es necesariamente malo? Tengo que decir que no. En algunos enfoques y discusiones de la psicología, incluso utilizamos la reflexión sobre la brevedad de la vida como un punto de partida para percibir o pensar sobre lo que de hecho es importante. A veces, pensar sobre el fin de las cosas nos ayuda a mirar eso con una mirada un poco más sensible, para realmente dar atención a lo importante, lo significativo. Entonces, a veces, pensar en la muerte puede ser una forma de vivir la vida con más propósito, con más dedicación para lo que realmente importa.
Con relación a identificar cuándo los pensamientos pueden ser una señal de alerta, debemos estar atentos cuando comenzamos rápidamente a pensar en morir ante cualquier frustración o cosa mala, del tipo “quisiera no existir, quisiera desaparecer”. Cuando este tipo de reacciones aparecen ante situaciones simples, eso ya es una señal de alerta. Otro punto es cuando esos pensamientos no solo surgen fácilmente, sino que también se vuelven constantes. Si la persona pasa el día imaginando formas o escenarios en los que podría morir, eso también es una gran señal de alerta, porque indica que algo no está bien.
Entonces, cuando hablamos sobre desarrollar autoconocimiento, la terapia es, muchas veces, la mejor alternativa. Además, conversar con amigos y familiares también puede ayudar. Ambos son importantes: la percepción de las personas cercanas puede revelar aspectos que uno no nota, y el psicólogo, en la terapia, puede ampliar esa autopercepción, ayudando a identificar pensamientos, sentimientos y comportamientos relacionados a la depresión o la ansiedad. Eso contribuye a la construcción de estrategias para aprender a gestionar y enfrentar emociones y pensamientos, sin dejarlos tomar el control ni deprimirlo.
Entonces, al ser la terapia la mejor alternativa, ¿cómo puede el paciente saber si esta está siendo realmente efectiva para enfrentar los pensamientos suicidas? Y en el caso de un cuadro depresivo, ¿cuáles son los posibles caminos hacia la recuperación?
Primero, para que un paciente sepa si la terapia está funcionando, existen algunas preguntas que tiene que hacerse. ¿Estoy dedicándome al proceso terapéutico? ¿Estoy comprometiéndome con las actividades que son propuestas o discutidas? ¿Será que estoy asumiendo el proceso terapéutico como mío o estoy colocando esa responsabilidad en la mano del terapeuta? Ese es un punto de partida.
Ahora, es fundamental elegir bien el profesional. No todo psicólogo está apto para lidiar con un paciente con riesgo de suicidio. Los terapeutas con más experiencia, estudio y dedicación, que ya han tratado casos similares, tienden a tener una mejor preparación. Para quien tiene pensamientos suicidas, la terapia ayuda a construir nuevas formas de mirar la vida. El parámetro no es necesariamente la reducción del pensamiento suicida, sino cuánto la persona empieza a querer vivir, a tener esperanza, a sentir placer, alegría y a gestionar mejor los pensamientos, emociones y relaciones. Todo eso también tiene que ver con un buen proceso terapéutico.
Y entonces, para el caso de depresión, uno de los tratamientos que consideramos “tratamiento de oro” es lo que llamamos activación conductual. ¿Qué es la activación comportamental? La depresión lleva a la persona a un estado de casi “muerte en vida”: aísla de la convivencia social, reduce actividades placenteras, quita la energía, causa cansancio, indisposición e irritabilidad, además de generar excusas para evitar cualquier acción. La activación conductual es el tratamiento de referencia justamente por hacer el movimiento contrario, ayudando a retomar actividades significativas y placenteras.
El arma principal contra la depresión es la esperanza. En este sentido, la fe y la promesa de Cristo de una vida eterna pueden ser fuentes importantes de fuerza y consuelo. Claro, no estoy diciendo que un cuadro depresivo sea la ausencia de Dios o haberse olvidado de esa promesa, sino que quiero decir que recordar esa promesa puede ser un factor que contribuya a sentirse bien.
La familia y los amigos son factores de protección. ¿Cómo pueden actuar con sabiduría al lidiar con alguien que demuestra querer quitarse la vida?
La familia y los amigos son factores de protección importantes. El primer paso es tener una mirada atenta. Es fundamental tomar en serio cualquier comentario sobre quitarse la vida y nunca considerarlos como manipulación o broma. En esos casos, es necesario ofrecer apoyo e incentivar la búsqueda por ayuda profesional.
Además, debemos caminar por un trayecto que ayude al otro a que, al vernos, pueda ver en nosotros un apoyo. ¿Cuándo podemos hacer eso? Cuando validamos el dolor del otro, oímos con atención y empatía, sin minimizar o compararlo con la experiencia propia. Escuchar de verdad, sin juzgar o pensar en la respuesta mientras el otro habla, puede ofrecer apoyo real. Muchas veces, lo que la persona más necesita es simplemente un oído amigo dispuesto a acoger. Eso puede ser transformante.
Si hay un historial de suicidio o intentos en la familia, se debe redoblar la atención, pues eso es un factor de riesgo. Tanto la persona en sufrimiento como los familiares pueden beneficiarse del seguimiento psicológico para desarrollar una escucha más sensible y tratar mejor con la situación. Resumiendo: oír con presencia, tomar en serio las señales y buscar ayuda son actitudes esenciales para actuar con sabiduría.
Creo que ayudar a una persona con pensamientos suicidas puede ser desgastante. ¿Cómo los familiares y amigos pueden fortalecerse emocionalmente? ¿Cómo pueden saber si están ayudando de la forma correcta, incluso cuando los resultados no parecen inmediatos?
Ayudar a una persona con pensamientos suicidas puede ser desgastante. Los familiares y amigos necesitan fortalecerse emocionalmente. El primer paso es el apoyo mutuo. Quien da apoyo también necesita cuidar de sí mismo. Es común que la familia esté en estado de alerta por largos periodos, incluso a la noche, observando los comportamientos de la persona en riesgo, y eso genera desgaste. Por eso es importante dividir las responsabilidades, buscar terapia de apoyo y practicar el autocuidado por medio del descanso, la alimentación adecuada y la actividad física. Estos factores contribuyen para mantener la fuerza física y emocional ante un desafío tan grande.
Otro punto importante es comprender que el proceso es gradual. Las personas con depresión o pensamientos suicidas, muchas veces, rechazan la presencia de quien intenta ayudarlos, pudiendo adoptar actitudes críticas, agresivas o de alejamiento. En estos casos, la paciencia y la resiliencia son fundamentales, así como la supervisión cercana, como: observar a dónde va la persona, qué hace y cómo se comporta, especialmente en situaciones más graves.
Por último, es necesario tener claridad de que nada ocurre de forma inmediata. El cuidado exige tiempo y perseverancia. Entrar en esa experiencia ya sabiendo que esta demandará mucho de la familia también es una forma de prepararse. Además, conversar con la persona sobre lo que está siendo útil, preguntar si determinada actitud ayuda y dialogar con el terapeuta son caminos valiosos para percibir si realmente están contribuyendo.
Cuando una familia pierde a alguien víctima de suicidio, ¿cómo puede cuidarse y aprender a no cargar con la culpa?
Esta es una de las preguntas más complejas que me has hecho. Debo ser muy sincero contigo. Perder a alguien por suicidio, inevitablemente, lleva a la culpa. Las personas tienden a pensar que el suicidio ocurrió porque no estaban atentas o porque podrían haber hecho algo diferente. Es importante entender que, muchas veces, dentro de los límites de lo que podría haber sido realizado, ya fue realizado. Cuando la familia percibe que ofreció cuidado, apoyo y atención y que, dentro de lo posible, hizo lo que estaba a su alcance, eso ayuda a evitar parte de ese peso.
Aun así, el dolor y la culpa suelen ser gigantescas y atraviesan la vida de la familia por mucho tiempo. Es un proceso de reaprender a vivir sin alguien importante, conviviendo con la sensación de que se podría haber hecho algo mejor. En ese sentido, la terapia es esencial para ayudar a validar lo que fue realizado, reconocer el esfuerzo dado y aprender a lidiar con el duelo.
En contextos en los que de hecho hubo negligencia, el trabajo terapéutico pasa por la aceptación de las fallas e imperfecciones, reconociendo que no fue posible percibir o darse cuenta de lo que era necesario. Este proceso es muy difícil y doloroso, pero con acompañamiento es posible rever, analizar y ajustar las formas de relacionarse con esa experiencia tan dura.
Para finalizar, seleccioné algunas frases sobre el suicidio y me gustaría saber si son un mito o una realidad:
- “El suicidio siempre es un acto impulsivo”.
Es un mito. Aunque exista un número creciente de casos impulsivos, muchos suicidios son pensados y planificados de forma gradual. Hay personas que elaboran cartas, despedidas y organizan detalles antes del acto. Por eso es importante observar cambios en el comportamiento a lo largo del tiempo, no solo momentos aislados.
- “El suicidio siempre ocurre con previo aviso”.
No necesariamente. Hay casos con señales sutiles claras y hay casos sin ningún tipo de aviso aparente, especialmente en los perfiles más impulsivos. Por eso, el cuidado debe ser continuo. No espere el “aviso oficial”. Vale invertir en la prevención desde cuando la persona aún parece estar bien.
- “El suicidio solo ocurre en trastornos mentales graves”.
Mito. Los trastornos mentales graves (como algunos trastornos de personalidad o depresión severa) aumentan el riesgo, pero el suicidio también puede ocurrir en personas sin diagnóstico grave, por ejemplo, en contextos de aislamiento, violencia, bullying, uso de comunidades on-line que incentivan la autolesión, la pérdida intensa o episodios de crisis aguda. Los factores sociales y ambientales importan tanto como los factores clínicos.
Contactos de ayuda
Si está pasando por un momento difícil y está pensando en el suicidio, busque ayuda profesional y no te enfrentes solo a esta situación.
- Perú: Línea 113 opción 5 – Orientación en salud mental, 24 horas.
- Chile: Línea 4141 o Salud Responde 600 360 7777 – Atención en crisis, 24 horas.
- Ecuador: Línea 171 opción 6 – Ministerio de Salud Pública, apoyo en salud mental.
- Bolivia: Línea Segura 156, Familia Segura 800 11 3040 y servicios de salud locales.
- Uruguay: Línea de Prevención del Suicidio 0800 0767 o *0767 desde celular – Gratuita, 24 horas.
- Paraguay: Línea 155 – “Tu salud mental importa”, Ministerio de Salud.
En caso de emergencia, llama al número de urgencias de tu país o acude de inmediato a un centro de salud.
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