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Rodrigo Silva

Rodrigo Silva

Evidencia de Dios

Una búsqueda de la verdad en las páginas de la historia

Mitos sobre la transmisión de la Biblia

La formación de la Biblia, a lo largo de los siglos, es a menudo cuestionada sobre la base de una argumentación falsa o superada. (Foto: Shutterstock)

La publicación de libros académicos en lenguaje menos técnico ha popularizado ciertos debates que antes quedaban restringidos a académicos dentro de la universidad. Eso por un lado es bueno, pues promueve mejor el conocimiento. Pero, por otro lado, es malo cuando el público laico toma conocimiento de la publicación de un autor y piensa que su pensamiento es uniforme en toda la academia; y que los mayores especialistas concuerdan 100% con sus ideas, principalmente cuando se trata de deshacer una larga tradición como el cristianismo.

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En relación a la Santa Biblia, ese comportamiento se vuelve todavía más peligroso, y explico el motivo. Sucede que algunos editores notan que el asunto Biblia rinde muchas ganancias ante lectores ávidos por espiritualidad y fe. Sumado a eso, ellos también percibieron que el sensacionalismo fascina a las personas.

Los académicos liberales, es decir, que poseen cierto grado de erudición y no aceptan la veracidad de la Biblia, aprovechan la onda y escriben su material en lenguaje periodístico. Con eso atraen a muchos lectores, especialmente, los más jóvenes. Y que en ese caso son doctrinados a no aceptar más la llamada “vieja y feliz historia”. Tienden a creer que todo eso no pasa de un mito y la fe de los padres no sería nada sino una ilusión colectiva.

Cuidado con mentiras

No estoy en contra de que cada uno publique sus ideas académicas aunque destruyan lo que yo mismo creo. El problema consiste en pasar a los lectores la idea de que esa es una idea nueva, inédita y recién descubierta por los especialistas, lo que no siempre es verdad. Muchas críticas son, en verdad, reconstrucciones de antiguas teorías que fueron dichas dos, tres siglos atrás y que también ya fueron respondidas por otros académicos que no veían en las acusaciones anti bíblicas una argumentación suficientemente lógica que los hiciera abandonar la fe.

Las ideas, por ejemplo, de que Moisés no escribió los primeros libros de la Biblia, que los patriarcas nunca existieron y que la resurrección fue solo un mito ya fueron presentadas en el siglo XVII por autores incrédulos como Hobbes, Spinoza y Richard Saimon. Después vino Jean Astruc, en el siglo XVIII y, finalmente, el famoso Julius Wellhausen fallecido en 1918 que fundó la escuela crítica de Tubingen en Alemania.

Otro problema con esa avalancha de publicaciones anti bíblicas es la impresión que transmiten los autores de que los que defienden la veracidad bíblica son laicos y cristianos ingenuos. Y que los académicos e intelectuales de verdad no creen más en la tradición “evangélica”. Su lenguaje, bastante irónico o hasta panfletario, hace una caricatura de los creyentes como si fueran gente fanática, que cree en enseñanzas para las cuales no existe ninguna evidencia conclusiva o que ya fueron desmentidas por descubrimientos de los especialistas.

Ese, por ejemplo, es el caso de Bart Ehrman, un autor ateo, especialista en crítica textual y que no cree en la Biblia como legítima palabra de Dios. El subtítulo que el editor de su libro colocó enseguida debajo de su nombre es curioso: “La mayor autoridad en Biblia es el mundo”. Aunque se trata realmente de un especialista renombrado, la hipérbole del título no pasa de un juego de marketing.

Michael Satlow es otro autor que recientemente lanzó por la universidad de Yale un libro llamado Cómo la Biblia llegó a ser sagrada. En síntesis, el autor usa el mismo conjunto de argumentos ya vistos en las publicaciones más antiguas hechas por críticos del cristianismo.

La transmisión del texto: ¿cosa de aficionados? 

La tónica principal de Ehrman y Satlow es no creer en la fidelidad textual de la santa Biblia. ¿Qué decir delante de sus argumentos? Los textos bíblicos ¿fueron copiados y transmitidos con precisión? ¿Podemos confiar en el texto que poseemos? ¿Sería verdad que los copistas cristianos eran aficionados en el arte de copiar manuscritos, y que entonces, por eso, las copias del Nuevo Testamento fueron hechas de modo grosero y no profesional?

Se alega que el Antiguo y Nuevo Testamentos fueron resultado de adaptaciones tardías y que ninguno de ellos tenía autoridad religiosa sino a partir de los siglos III y IV de nuestra era. Parte de este argumento viene de lo que se dice en relación a las copias manuscritas del Nuevo Testamento, y esas eran copias hechas a mano antes de la invención de la imprenta. Se dice que las copias de los antiguos manuscritos cristianos producidas por el segundo siglo de nuestra era eran meramente utilitarias. Fueron hechas, generalmente, en papiro y no en algún tipo de material más caro y durable como el pergamino. Esos manuscritos no poseen evidencias de haber sido copiados por un escriba profesional, ni de ser intencionalmente preparados para ser recitados en público.

Ese tipo de declaración, aunque muy repetida, ha sido severamente cuestionada en los últimos años. Nuevas evidencias muestran que la misma no es válida. Aunque algunos manuscritos cristianos del siglo II y III no sean copias formales, como eran las judías o greco romanas, otros de la misma época lo eran. El papiro 77 del evangelio de Mateo y el papiro 16, que contiene la segunda epístola de Pablo a los Corintios, son ejemplos de manuscritos antiguos que muestran un gran refinamiento en el modo cristiano de copiar sus escrituras sagradas.

El eminente profesor de Cambridge Graham Stanton, erudito bíblico y especialista en crítica textual del Nuevo Testamento, declaró: “La declaración insistentemente repetida de que los evangelios fueron copiados primeramente de modo utilitario y no profesional, debe ser modificada”. La investigadora Kim Haines-Eitzen, autora del libro Guardiães das Letras[Guardianes de las letras], sobre crítica textual del Nuevo Testamento, fue todavía más directa. Ella declaró: “Las más antiguas copias de la literatura cristiana fueron producidas por escribas entrenados y profesionales”.

Otra cosa que dicen con frecuencia es que manuscritos oficiales eran copiados en pergamino o cuero y no en hojas de papiro como parece ser el caso de los manuscritos

del Nuevo Testamento. El argumento que se usa es que, si el escriba estuviera queriendo reproducir un libro para ser usado en público, en un culto por ejemplo, hubiera usado una hoja de pergamino. Porque este material soportaría más el manoseo constante. Del mismo modo, si el copista también estuviera preocupado en garantizar la permanencia de un texto original para la posteridad, también daría preferencia a un pergamino cuya durabilidad era más garantizada y no a un papiro.

Nuevamente estamos ante una información deductiva, imprecisa y que permite otra lectura de los hechos. La idea, repito, de que los textos sagrados deberían obligatoriamente estar en cuero y no en papiro es una deducción moderna, basada en reglas rabínicas que las escrituras judías deberían ser copiadas en un tipo especial de pergamino. Pero, fuera de eso, no existe nada en la antigüedad cristiana que corrobore ese pensamiento, por el contrario, hasta porque también tenemos copias antiguas del Antiguo Testamento hechas en papiro tanto de esa época como de antes de ella. Es el caso del papiro Nash fechado en el siglo I a.C. y que trae en hebreo un trecho de Éxodo y de Deuteronomio.

¿Qué ocurre realmente?

Dos cosas deben ser dichas en relación a eso. La primera, que los cristianos primitivos, incluyendo los copistas, tenían la consciencia clara de que estaban leyendo y copiando  Santa Biblia. Tanto que Justino Mártir, autor del segundo siglo, llamó a los textos del Nuevo Testamento “escrituras”, una evidencia de que estaban conscientes del valor de esos libros. Y que, por lo tanto, tendrían todo cuidado en la reproducción de ellos. El segundo punto es que el autor Luciano Samosata, profuso escritor del segundo siglo, dio la siguiente declaración sobre los cristianos de su tiempo: “Todos los libros sagrados de los cristianos eran leídos en voz alta”; esto es, leídos en público. Eso contraría la afirmación de que los copistas cristianos reproducían sus libros para usos personales y no para la lectura pública.

La preferencia cristiana por el papiro puede haber sido por una cuestión económica, porque el pergamino era más caro, y ellos no disponían de muchos recursos. Además, el papiro era mejor para la producción de los códices, cuadernos creados por los cristianos para llevar la Biblia de un lado a otro. Además, investigaciones recientes hechas en Cambridge están desmintiendo esa idea de que el pergamino sería más utilizable que el papiro; y por esta razón, más durable que él, eso no procede.

Otra cosa interesante de observar en los manuscritos cristianos es el uso de lo llamado nómina sacra. Se trata de una abreviatura hecha a propósito para transcribir los nombres divinos. En vez de escribir completo el nombre de Jesucristo ellos colocaban solo las letras iniciales y finales de cada nombre. Esa práctica indicaba, en la opinión de los especialistas, que había un orden y coherencia en el modo como eran copiados los manuscritos por los antiguos cristianos, no era una cosa hecha de cualquier manera. Mucho menos desorganizada y amadora como sugieren algunos críticos.

¿Y las supuestas divergencias?

Pero, ¿y en cuanto a las divergencias entre los manuscritos? Al final de cuentas, no existen dos manuscritos igualitos uno al otro; por el contrario, existen cerca de 138 mil palabras en el Nuevo Testamento griego, y la mejor estimativa es que existan aproximadamente 400 mil variantes textuales entre los manuscritos. Entonces, en promedio hay tres variantes para cada palabra del Nuevo Testamento griego. ¿Cómo podemos asegurarnos de cuál es la versión correcta del texto?

Lo primero que debemos tener en consideración es que no solo la Biblia tiene el desafío de encontrar su texto original. Prácticamente todos los originales clásicos escritos en el pasado se perdieron. Por eso lo que tenemos son copias de copias.

Ahora viene el punto más importante. La ventaja del Nuevo Testamento, cuando se lo compara a otros escritos antiguos y el número de copias que sobrevivieron. Vean el caso de Tácito, el historiador romano que escribió los Anales alrededor de 116 d.C. Sus primeros seis libros existen hoy en solo un manuscrito, copiado más o menos en el 850 d.C. casi 700 años después del original. Aun así, la colección está incompleta, pues los libros 11 a 16 están en otro manuscrito del siglo 11 y los libros 7 a 10 están perdidos.

Hay un intervalo muy largo entre el tiempo que Tácito juntó sus informaciones y las escribió y las únicas copias existentes en nuestros días. Y Tácito no es un caso aislado, la mayoría absoluta de los textos clásicos antiguos está representada solo por un puñado de copias que no llega a una centena.

El Nuevo Testamento posee solo en griego una suma de casi 5.800 copias manuscritas, fuera de las versiones en latín, sirio, copta y otras que si se suman elevarían el número a más de 40 mil. Y con un detalle muy importante, las copias más antiguas distan solo 30 o 50 años del original. Pero tal vez usted se pregunte: ¿cuál es la ventaja de eso?

Es que cuanto mayor el número de copias en armonía unas con las otras, sobre todo si provienen de áreas geográficas diferentes, tanto mayor es la posibilidad de confrontarlas. Eso permite visualizar como serían los documentos originales. Aunque no tuviésemos ningún manuscrito griego hoy, si juntáramos las informaciones provistas por esas traducciones que remontan a un período muy antiguo, sería posible reproducir el contenido del Nuevo Testamento.

Además, aunque perdiéramos todos os manuscritos griegos y las traducciones más antiguas, todavía sería posible reproducir el contenido del Nuevo Testamento con base a la multiplicidad de citas y comentarios, sermones, cartas, etc. de los antiguos padres de la iglesia. En cuanto a las divergencias, existen porque hay miles de manuscritos, solo tenemos tantas divergencias entre los manuscritos griegos, las traducciones antiguas y los comentarios patrísticos, porque poseemos decenas de miles de esos documentos. Aun así, es posible por medios técnicos descubrir qué versión estaría más cerca del original.

Esos son, en fin, unos pocos argumentos que nos ayudan a tener la seguridad de que este es un Libro correctamente reconstruido. Un Libro que transforma vidas y revela la voluntad de Dios para los hombres.

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