El libro, un mensajero silencioso
Las palabras comunican, expresan, arman, elaboran, crean y recrean. Y encuentran su aliada casi perfecta en la escritura y en los libros como instrumento de propagación.

Las palabras tienen poder.
Una madre dice “¡Basta!” y su hijo deja inmediatamente lo que está haciendo.
Un general dice “¡Fuego!” y el pelotón de fusilamiento dispara contra el rehén de ojos vendados.
Un enamorado dice “¡Te amo!” y la doncella en cuestión sonríe y corresponde con un dulce beso.
El Creador del universo habla y aparece un mundo maravilloso de mares, flores, sol, estrellas, peces, aves, animales y seres humanos: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos […] Porque él dijo, y fue hecho” (Sal. 33:6, 9).
Las palabras comunican, expresan, arman, elaboran, crean y recrean. Encuentran su aliada casi perfecta en la escritura y en los libros como instrumento de propagación. Pero ¿qué es un libro? Desde luego, es mucho más que un cubo de papel relleno de hojas; supera su materialidad física. Jorge L. Borges decía que un libro es la valoración que le damos y la connotación que sus palabras tienen en nosotros: “Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado”, afirmó.
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Sin dudas, no se trata de algo mágico o sobrenatural. Las palabras escritas siguen siendo exactamente iguales, pero el lector cambia: sus ideas, contextos, momentos y percepciones se transforman. Cambia como Cleofás y su amigo en el camino a Emaús, cuando Jesús se les acercó y les abrió los ojos para la comprensión de las profecías: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Luc. 24:27). Cambia como el etíope, funcionario de la reina Candace: “Entonces Felipe, abriendo su boca y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús” (Hech. 8:35).
Un invento revolucionario
Las palabras forman, informan y transforman, lo mismo que la escritura. Sumergidos en el vasto imperio digital, podríamos pensar que vivimos en un siglo de revoluciones portentosas, ante las cuales los inventos del pasado parecen insignificantes. Nada de eso. Si de inventos revolucionarios se trata, ninguno merece más ese calificativo que la escritura.
Es complicado establecer una fecha exacta para el origen de tan monumental invención. Los más prestigiosos historiadores consideran que las tabletas de arcilla sumerias halladas en Uruk (en el valle inferior de los ríos Tigris y Éufrates, al sur de Irak), datadas alrededor del 3300 a. C., representan la primera escritura protocuneiforme. Desde entonces, el ser humano ha ideado múltiples dispositivos para preservar este recurso tan útil y maravilloso.
En este contexto, Marshall McLuhan brinda una interesante reflexión en su clásico "El medio es el mensaje": “Hasta que se inventó la escritura, el hombre vivió en el espacio acústico, sin límites, sin dirección, sin horizonte. La pluma de ganso acabó con la conversación, disipó el misterio, dio arquitectura y ciudades; trajo caminos y ejércitos, la burocracia. Fue la metáfora básica con que empezó el ciclo de la civilización, el pasaje de la oscuridad a la luz de la mente. La mano que llenaba la página del pergamino edificaba una ciudad”.
De esta manera, el germen revolucionario de la escritura potenció el sentido de la vista por sobre el oído. Pero, en la historia de las invenciones humanas, aparecería una de sus más significativas creaciones: la imprenta. Este recurso, que McLuhan describe como un “repetidor, repetidor, repetidor”, no solo amplió la tensión visual, sino que también proporcionó la primera mercancía uniformemente reproducible y abrió paso a la producción en masa.
Así, al carácter ya revolucionario de la escritura se sumó el impacto transformador de la imprenta. Emergieron entonces la linealidad, la fragmentación, la reflexión individual, el punto de vista privado y el público lector.
Un invento a tu alcance
No necesitas dinero para leer un buen libro. Puedes encontrarlos gratuitamente en una biblioteca pública o en internet, siempre y cuando su descarga y lectura sean legales y estén autorizadas.
Por eso, no hay excusas para no leer. Además, si decides comprar un libro, nunca será un gasto, sino una inversión para tu vida actual y futura. Los libros son amigos silenciosos y poderosos que nos instruyen, recrean y capacitan en todo sentido.
Si quieres empezar a leer y sumergirte en este apasionante mundo, lo recomendable es comenzar con obras cortas y accesibles. Es como empezar a correr: no te inscribes en una maratón de 42 km de la nada. Primero 5 km, luego 8, más tarde 12… y así sucesivamente.
Ten en cuenta que la lectura es un hábito que requiere concentración y tranquilidad. Busca un lugar adecuado en tu hogar y un momento del día para leer.
Con el tiempo, descubrirás qué tipo de lecturas y autores te atraen más. Pero cuidado: no te apresures en tus evaluaciones. Si te encanta un autor, recuerda que no siempre escribe todos sus libros de forma espectacular. Los escritores tienen altibajos. Así mismo, tampoco descartes a un autor por una obra suya que no te agradó.
Un invento poderoso
Sea cual sea el libro que elijas y el formato en el que se almacenen las palabras (papiros, pergaminos, códices, libros o e-books), estas pueden usarse para fines destructivos, pero también para edificar, educar y predicar.
Elena de White no duda en afirmar que “la prensa es poderosa”. No obstante, aclara:“Si los materiales producidos permanecen inactivos por falta de hombres que pongan en práctica planes adecuados para hacerlo circular ampliamente, se pierde su poder” (El ministerio de las publicaciones, p. 306).
En su época (vivió entre 1827 y 1915), no existían las computadoras, los teléfonos inteligentes ni las redes sociales, pero bien podríamos reemplazar la palabra “prensa” por “Internet” en sus reflexiones.
“El poder de la prensa, con todas sus ventajas, está en sus manos: pueden usarlo con el máximo provecho o, por la inacción, perder sus beneficios. Mediante cálculos valiosos, pueden extender la luz de la verdad mediante la venta de libros y folletos. Pueden enviarlos a miles de familias que ahora permanecen en las tinieblas del error” (Ibíd.).
Más allá de estas poderosas declaraciones, una en particular me impacta:
“Las publicaciones han de multiplicarse y esparcirse como las hojas de otoño. Los silenciosos mensajeros están iluminando y modelando las mentes de miles de personas en todos los países y climas” (The Review and Herald, 21 de noviembre de 1878).
Sí, los libros tienen poder. Lo sabe muy bien José Alberto Gutiérrez, un recolector de residuos de Bogotá, Colombia. En el verano del año 2000, encontró en la basura Ana Karenina, el clásico de León Tolstói. Sorprendido, lo recogió y, con el paso de los días, halló más y más libros. Así rescató El principito, El mundo de Sofía, La Ilíada y muchos otros.
Acumuló tantos libros que los vecinos comenzaron a pedirle prestados algunos para sus hijos. Junto a su esposa, habilitó un espacio en su casa como biblioteca popular gratuita. Bautizó su emprendimiento “La fuerza de las palabras”. Para la fecha en que escribo esta columna, José ha rescatado más de 50 mil libros de la basura y fundado cinco bibliotecas populares, pues para él, la lectura es símbolo de paz y esperanza.
Si un libro secular puede cambiar la vida de una persona, imagina lo que puede hacer en tu vida la Biblia, el Libro de los libros, la Palabra de Dios. Acércate a la Biblia, léela con atención, estúdiala con oración, obedécela con devoción y compártela con pasión.
Sus palabras tienen poder.