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Lía Treves

Lía Treves

Detalles de Mujer

Un plan detallado de Dios para la mujer cristiana de hoy

Espiritualidad enferma y presión

Foto: Shutterstock

¿Puede alguien trabajar para Dios por presión?

Estos días conversando con cierto grupo de amigos en casa, surgió el tema de encontrar la razón por la cual las personas están tan poco comprometidas en trabajar para Dios.

Cuando llega el momento de renovar los líderes en la iglesia, nadie quiere ocupar los cargos o son las mismas personas de siempre las que parecen tener puestos vitalicios.

Cuando te acercas a una persona para solicitar ayuda o pedir que forme parte de un equipo de trabajo, te responde: ¡Estoy ayudando en otra área, no puedo!

Si invitas a un grupo de personas para realizar algunas visitas el sábado en la tarde, te dicen: Tengo otros compromisos.

Muchos comentan que tienen demasiadas actividades en la semana y el sábado quieren descansar, y agregan: ¿Acaso Dios no hizo el sábado para descansar?

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Otras veces escuchamos comentarios como estos:

– ¡Si no está ayudando en el evangelismo de la iglesia, seguramente está mal en su relación con Dios!

– ¡Si no acepta un puesto de liderazgo, seguro es porque no está colocando su diezmo y su conciencia no se lo permite!

-¡Si no se compromete con nada, es porque no está comprometido con Dios!

Y ya te pasó de escuchar desde el frente, que quien está dirigiendo algún evento dice:

– ¡Habrá un banquete al terminar!

– ¡Tendremos un regalo para quienes participen!

– ¡Habrá un premio para quien se aprenda el versículo bíblico de memoria!

– ¡Tendremos un lugar especial para los primeros que llegan a la reunión!

¿Es que necesitamos ser presionados para trabajar para Dios?

¿Cómo llegamos a este punto? ¿A dónde estamos apuntando: al corazón de las personas o al ego? ¿Falta orar más? ¿Falta dar más estudios bíblicos? ¿Falta una correcta adoración? ¿Falta ser más generoso en los donativos? ¿Falta predicar con más fervor y ser enfáticos a la hora de apelar? ¿Falta entender el plan de salvación?

Peter Scazzero, en su libro “Espiritualidad emocionalmente saludable”, dice que la falta de compromiso de las personas en trabajar para Dios, se debe a que estamos enfermos tanto emocionalmente como espiritualmente.

En sus propias palabras él escribe: “No es posible ser espiritualmente maduro mientras se permanece emocionalmente inmaduro” (Pág. 25)

Más adelante enumera una serie de síntomas que diagnostican el problema. Los diez primeros síntomas que indican que alguien está sufriendo de un caso grave de espiritualidad emocionalmente enferma son:

  1. Usar a Dios para huir de Dios:
  • Cuando hago la obra de Dios para satisfacerme a mí y no a él.
  • Cuando en mis oraciones le pido a Dios hacer mi voluntad, sin sumisión a él.
  • Cuando tengo “comportamiento cristiano” frente a personas muy importantes del entorno, para que piensen bien de mí.
  • Cuando defiendo ciertos puntos teológicos que tienen que ver con mis propios asuntos no resueltos.
  • Cuando uso la verdad de Dios para juzgar o desvalorizar a otras personas.
  • Cuando uso mis realizaciones en la tarea para Dios como competencia con otras personas.
  • Cuando uso porciones de la Palabra de Dios para justificar aspectos pecaminosos de mi familia, cultura y nación; en vez de evaluarlos bajo el señorío de Dios.
  • Cuando me escondo detrás de conversaciones espirituales para tapar mis propias fallas
  • Cuando aplico verdades bíblicas de manera selectiva para atender a mis propósitos, y evito situaciones que pueden requerir de mi parte cambios significativos en mi vida.
  1. Ignorar las emociones de rabia, tristeza y miedo

Como todos los cristianos fuimos enseñados que nuestros sentimientos son engañosos y que no debemos confiar en ellos. Por eso no nos damos permiso para admitir nuestros sentimientos o expresarlos abiertamente, especialmente los más difíciles, como los mencionados anteriormente; sumados a la vergüenza, la tristeza, el rencor y el sufrimiento.  Lo que no percibimos es que a medida que somos incapaces de expresar nuestras emociones, permanecemos debilitados en nuestra capacidad de amar a Dios al prójimo y a nosotros mismos. Nuestros sentimientos son un componente de lo que significa ser hechos a imagen de Dios. Debemos expresarlos en el lugar y de la forma apropiada.

  1. Morir para las cosas equivocadas

Amparados rígidamente en las palabras del versículo 23 del evangelio de  Lucas capítulo 9 que habla de que quien quiere seguir a Jesús se niegue a sí mismo, pensamos que cuanto más miserables somos, cuanto más sufrimos, es cuando Dios más nos ama. Pero no es así, Dios plantó deseos en nuestro corazón para que sean regados y nutridos.

No somos llamados a matar las partes buenas de nuestro ser como son la amistad, la alegría, el arte, la música, la belleza, la recreación, la risa y la naturaleza.

  1. Negar el impacto del pasado sobre el presente

Una nueva vida en Cristo no significa que vamos a olvidar el pasado como si este nunca hubiera existido. Necesitamos retroceder para liberarnos de padrones enfermizos y destructivos que nos impiden amarnos a nosotros mismos y a los otros como Dios lo planificó.

  1. Dividir nuestra vida en dos compartimentos “secular” y “sagrado”

Tenemos la extraña habilidad de vivir una doble vida, ya sea en cuestiones matrimoniales, sexualidad,  manejo de dinero, educación de hijos, nuestra recreación, el cuidado de la salud, etc. Los cristianos estamos viviendo una vida muy parecida a la de los no creyentes. Es así que perdemos la alegría de vivir con Cristo y nuestro testimonio se ve grandemente afectado.

  1. Hacer para Dios en vez de estar con Dios

El trabajo que se realiza para Dios sin una profunda vida interior con él, terminará siendo contaminado por intrusos como el ego, el poder, la necesidad de aprobación, ideas superfluas de éxito y la creencia equivocada de que no podemos fracasar. Nuestras actividades para Dios solo pueden fluir adecuadamente de una vida con Dios. No podemos dar lo que no tenemos.

  1. Espiritualizar los conflitos

Sufrimos el dolor de los conflictos no resueltos por barrerlos debajo de la alfombra para minimizar y suavizar asperezas con la excusa de que los cristianos debemos ser pacificadores. Pero lo que realmente estamos haciendo es mentirle a los demás y a nosotros mismos. La culpa y el remordimiento nos consumen. Jesús mismo con el deseo de traer la verdadera paz, rompió la falsa paz a su alrededor enfrentando los conflictos.

  1. Encubrir las flaquezas, la fragilidad y el fracaso

La presión para presentar una imagen espiritual fuerte y segura pesa sobre todos, pero Pablo nos recuerda que el poder de Cristo se perfecciona en la debilidad. Todo ser humano en la tierra, independientemente de sus dones y fortalezas, es débil y vulnerable, dependiente de Dios y de las otras personas. No fuimos creados para ser islas.

  1. Vivir si límites

Somos limitados por el simple hecho de ser humanos. ¿Cómo podemos vivir sin límites? No somos dioses. Muchos creen que cuidar de sí mismos es pecado, por eso viven sobrecargados, apurados, frenéticos, estresados. Debemos amarnos a nosotros mismos para poder amar al prójimo. Cuidar de nosotros no es un acto egoísta, es simplemente la buena administración del único don que tenemos. Fuimos colocados en la Tierra para ofrecer ese don.

  1. Juzgar la jornada espiritual de las otras personas

Al no dejar que los otros sean ellos mismos delante de Dios y caminen a su propio ritmo, proyectamos nuestra propia insatisfacción con la elección de llevar una vida diferente a la nuestra. Juzgamos a los otros por la paja que llevan en su ojo sin percibir la viga que tenemos en el nuestro.

Por supuesto que hay mucho más para decir sobre este tema, pero por ahora solo quiero hacer un énfasis en que debemos trabajar nuestra salud emocional junto con nuestra salud espiritual. Quien hace el trabajo profundo dentro de nuestro ser es el Espíritu Santo revelándonos las cosas ocultas que deben ser transformadas para ser sanados.

Si poseemos una espiritualidad emocionalmente saludable, no tendremos ningún problema en comprometernos a trabajar felices para Dios, imitando a nuestro mayor ejemplo: Jesús.

 

 

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