La esencia: donde nace el verdadero perfume de la vida cristiana
La comunión diaria con Cristo nos permite recibir su esencia, que transforma y nos capacita para reflejar el verdadero “buen perfume” de él.

En un experimento poco común en una perfumería, me encontré con un concepto de venta innovador: el "autoservicio de perfumes". La tienda ofrecía esencias de todas las partes del mundo, invitando al cliente a ser el creador de su propia fragancia. Después de seleccionar entre cientos de aromas y frascos hermosos, el momento más revelador fue observar la composición en tiempo real.
El vendedor tomó el recipiente elegido y lo llenó casi hasta el borde con una mezcla de agua, alcohol y un aceite fijador. Luego, añadió solo unas gotas de la esencia elegida, agitó y nos dio el "nuevo perfume".
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En ese momento, la sensación fue de engaño. Yo había venido a comprar la esencia, y no el agua ni el alcohol. En tono de broma, pero con sincera perplejidad, expresé mi indignación: Amigo, yo vine a comprar perfume, no agua. Tú pusiste solo unas gotas de esencia. ¡Yo quiero más esencia! El vendedor sonrió y pacientemente explicó: esa es la composición de todos los perfumes del mundo, un poco de esencia con agua, alcohol y fijador.
La composición del cristiano
Al salir de la tienda, la reflexión sobre lo sucedido se convirtió en una poderosa comparación con la vida cristiana. Queremos exhalar el buen perfume de Cristo, pero somos, por naturaleza, solo un “hermoso” frasco lleno de agua, alcohol y fijador.
No generamos la esencia del cristianismo por nosotros mismos. La conclusión a la que debemos llegar lo antes posible es: no exhalamos naturalmente el buen perfume de Cristo. Queremos ser cristianos en esencia, pero a menudo, nuestras obras son pruebas de que solo tenemos la apariencia, y no la esencia.
El apóstol Pablo afirmó en Romanos 3:23 que "todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios". El hombre ha sido creado para vivir de manera permanente en la presencia de Dios, adonde la santidad era como el perfume que se desprendía en cada momento (Génesis 1:26). Después del pecado, perdimos ese contacto con lo sagrado, fuimos despojados del carácter de parte de Dios y perdimos la esencia con la que fuimos creados. No fue más natural que el hombre llevara el "aroma" de la santidad divina.
El milagro de la esencia de Cristo
Es aquí donde reside el milagro de la comunión diaria con Cristo. Él es la esencia misma del cristianismo. Diariamente, cuando lo buscamos en su presencia, él “deja caer” algunas gotas de su esencia en nuestra vida. Es solo así como salimos a compartir el buen perfume de Cristo con todos los que nos rodean.
Jesús enseñó esto en el hermoso sermón registrado en Juan 15:5: "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer. El texto es simple y objetivo: somos solo la rama que depende completamente de la savia — la esencia — que recibe de la planta. Lejos de la planta, somos una rama marchita y sin vida. Estar unido a Cristo y recibir continuamente su esencia es la base del verdadero cristianismo.
Ser un cristiano auténtico es, en verdad, una hazaña imposible de ser alcanzada por la fuerza humana. No podemos ser desinteresados, verdaderos o puros por nosotros mismos. Pero esto es posible, y cada día, la maravillosa esencia de Cristo es derramada en nuestra vida. Así, podemos ser y actuar como un reflejo de la voluntad y las acciones de Cristo. Exhalamos el buen perfume, que no es nuestro, porque no tenemos el perfume, solo agua y alcohol.
La pregunta equivocada
Muchos cristianos se pierden en este punto. Comienzan con grandes sueños de santidad y poder, pero, con el tiempo, notan un abismo entre lo que pretendían ser y lo que son en la práctica. Las preguntas que surgen generalmente son: "¿Qué puedo hacer para ser un cristiano verdadero?" o "¿Cómo puedo dejar de tener una vida cristiana hipócrita?".
Sin embargo, las preguntas están equivocadas
No podemos hacer nada, pues estamos privados de la esencia. Sí, necesitamos permitir que Cristo obre en nosotros. Que él derrame su esencia y nos capacite para compartir su fragancia. Las preguntas correctas serían: "¿Qué puede hacer Cristo en mí?" o "¿Cómo puedo permitir que el actuar de Cristo en mí me transforme en un cristiano genuino?"
Respuesta para la búsqueda de la esencia
El libro Camino a Cristo, de la escritora Elena de White, dice lo siguiente:
¿Sentís que el pecado os separó de Dios y que estáis bajo la servidumbre del poder del mal? Cuanto más lucháis por escaparos, tanto mejor comprendéis vuestra falta de fuerza. Vuestros motivos son impuros; vuestro corazón, corrompido. Veis que vuestra vida ha estado colmada de egoísmo y pecado. Ansiáis ser perdonados, limpiados y libertados. ¿Qué podéis hacer para obtener la armonía con Dios y asemejaros a él?
¿Alguna vez te has sentido de esta manera? ¿Ya escuchaste a algún cristiano expresar sentimientos de frustración con palabras parecidas a estas? ¿Cómo aconsejarías a alguien que se siente así? ¿Qué responderías? ¿Cómo alcanzar esa anhelada vida en armonía e imagen con Dios, una vida de esencia y no de apariencia? Algunos responderían: “tú debes esforzarte más”, “debes hacer tu parte”, “debes intentar nuevamente vivir una vida cristiana victoriosa.”
La continuación de la cita del libro Camino a Cristo responde con las siguientes palabras: "Lo que necesitáis es paz, tener en el alma el perdón, la paz y el amor del Cielo. No se los puede comprar con dinero; la inteligencia y la sabiduría no pueden alcanzarlos. Ni podéis esperar conseguirlos por vuestro propio esfuerzo. Pero Dios os los ofrece como un don”, “sin dinero y sin precio” (Isaías 55:1, RVA). La decisión de extender la mano y recibirla es tuya.
La respuesta a esa búsqueda de armonía y esencia no es encontrarla con más esfuerzo. No se obtiene con dinero, ni se alcanza con sabiduría. La paz, el perdón y el amor del cielo son ofrecidos por Dios como un regalo, “sin dinero y sin precio” (Isaías 55:1).
Dios nos dice: tú no tienes, pero yo tengo; tú no eres, pero yo soy; tú no puedes, pero yo puedo darte la esencia para hacerte un cristiano auténtico. Solo necesitamos la paz, la seguridad y la certeza de que somos amados y aceptados en Cristo. Él tiene lo que nos falta y, por su amor y gracia, puede transformarnos en aquello para lo que fuimos creados.
La respuesta del servicio
El 3 de octubre de 1895, un grupo de misioneros llegó a la colonia británica llamada Costa de Oro, conocida en nuestros días como Gana, en el continente africano. Fueron como respuesta a una serie de solicitudes realizadas por cartas enviadas a la Asociación General por un adventista africano llamado Francis Dolphijn. Él estaba liderando un grupo de creyentes en la región, pero necesitaba ayuda. Cuatro misioneros respondieron a la petición de Dolphijn. El líder era un hombre llamado Dudley Hale, acompañado por un colportor llamado G. P. Riggs y una pareja de enfermeros: George y Eva Kerr.
La pareja Kerr fue acompañada de sus dos hijos. En ese momento, el continente africano estaba siendo severamente atacado por diversas enfermedades como la difteria, la fiebre de aguas negras y una grave complicación de la malaria. En el transcurso de dos años, todos, excepto Dudley Hale, murieron a causa de estas enfermedades. Él fue obligado a ir a Inglaterra, en 1897, para tratarse de una grave malaria. Tan pronto como mejoró, fue enviado como misionero al Caribe, pero sentía que su trabajo en África estaba incompleto, por eso pidió regresar, en 1903, al mismo lugar donde sus amigos habían muerto. Hasta el fin de su vida, continuó con el trabajo que ellos habían comenzado.
¿Qué lleva a alguien a entregarse de esa manera por una causa? Es la esencia de Cristo en la vida. Solo una cosa como esa es capaz de llevarnos a hacer una entrega a ese nivel.
Cuando, por medio de la comunión diaria, permitimos que la maravillosa savia de Cristo alimente nuestra vida, haremos cosas extraordinarias. Y cuando alguien nos pregunte cómo fuimos capaces de tal entrega, nuestra respuesta natural será: ¡Ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí! (Gálatas 2:20). El poder que convirtió la vida de incontables cristianos está disponible para transformar nuestra vida.
Tu compromiso con la esencia
Me gustaría invitarte a elegir algunos momentos a lo largo del día para ir a la presencia de Dios, reconociendo que necesitas que él derrame la esencia del verdadero cristianismo en tu vida.
Estos momentos de devoción personal, quizás al inicio, en el medio y al final del día, son la oportunidad de conectarse con la Vid. Detén todas las actividades y prioriza pasar tiempo en la presencia de Dios. Permite que él vierta la esencia en tu frasco.
¡Que Dios derrame sus bendiciones en tu vida!