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La esencia del corazón: más allá del “cuánto” y en la profundidad del “cómo”

Cómo transformar un cristianismo de formalidades en una experiencia real con Dios.


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Lo que Dios espera de los cristianos más allá de las supuestas reglas está en su motivación. (Foto: Shutterstock)

Imagínate transportado al tiempo de Jesús, caminando hacia el majestuoso templo en Jerusalén. Una construcción gloriosa, imponente, capaz de inspirar reverencia en cada adorador, incluso en aquellos que ya habían recorrido sus patios incontables veces. Antes de entrar en sus áreas más sagradas, a su esencia, la tradición establecía un ritual de purificación en los estanques exteriores. Solo después de ese lavado, se abría el camino por el patio de los gentiles hasta la Puerta Hermosa, que conducía al patio de las mujeres judías.

Ese no era solo un espacio para la oración, sino un lugar vibrante, donde trece recipientes de bronce en forma de trompeta —los gazofilacios— estaban colocados. Cada uno meticulosamente marcado con letras del alfabeto hebreo, indicando el destino específico de las ofrendas: tributos del templo, madera para el fuego sagrado, incienso, sacrificios. Era un lugar de gran circulación, ideal para discursos y enseñanzas. Fue allí donde Jesús pronunció las palabras memorables registradas en Juan 8:12-20, declarando ser la Luz del mundo.

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Sin embargo, hay un pasaje particular, relatado en Marcos 12:41, que nos invita a una reflexión aún más profunda sobre la fe y la verdadera devoción. Ese día, Jesús no estaba dando un discurso público; estaba sentado en silencio, simplemente observando. Analizando, con una mirada que iba mucho más allá de la superficie, “cómo el pueblo echaba allí el dinero”.

A primera vista, esa escena podría hacernos creer que la historia trata puramente de finanzas, de la recaudación para el templo. Al fin y al cabo, Jesús estaba frente a los cofres, presenciando el acto de dar. Sin embargo, una sola palabra en ese relato transforma por completo nuestra comprensión y revela la esencia del mensaje: la palabra “cómo”. Es ella la que nos guía a entender que el enfoque de la observación divina no estaba en la apariencia del acto, sino en la profundidad del corazón detrás de él; no en el “cuánto” se depositaba, sino en el “cómo” se hacía la ofrenda.

Jesús, en su sabiduría inigualable, mostraba un interés infinitamente mayor en el “cómo”, que es un reflejo de la esencia de nuestro corazón, que en el “cuánto”, que muchas veces expresa solo la apariencia de un esfuerzo propio. El “cuánto” puede medirse, cuantificarse, exhibirse. Revela lo que hacemos. Pero es el “cómo” lo que muestra quiénes somos realmente. Cuando esa distinción es internalizada, la jornada cristiana adquiere una dimensión completamente nueva y enriquecedora.

El cristianismo verdadero

Muchos de nosotros fuimos, en algún momento, moldeados por una comprensión de la vida cristiana que la reduce a un milenario cúmulo de reglas y preceptos que deben obedecerse para alcanzar un nivel espiritual superior. Esa perspectiva, lamentablemente, puede llevarnos a concebir a Dios como un “inspector” cósmico que constantemente nos observa, contabilizando minuciosamente nuestras acciones —lo que hacemos y, especialmente, lo que dejamos de hacer— para luego distribuir recompensas o castigos. No obstante, la visión de Cristo nos desafía a trascender esa mentalidad.

En el cristianismo genuino presentado por Jesús, tanto el “hacer” como el “ser” tienen su importancia. Las acciones, las buenas obras, la fidelidad a los mandamientos son el resultado inevitable de un “ser” transformado. Jesús desea conducirnos a ser cristianos auténticos, creyentes cuya esencia —y no solo su apariencia— esté moldeada a su imagen.

La esencia de la fe

Es crucial comprender una gran verdad: el enemigo de nuestra alma no deseaba que te convirtieras en cristiano. Pero, ya que abrazaste la fe, su táctica cambia. Intentará incansablemente llevarte a enfocarte exclusivamente en el “cuánto” haces o en el “cuánto” deberías hacer. Para Satanás, lo importante es que tu atención se centre en el número de sábados guardados, la cantidad de diezmos y ofrendas entregados, el tamaño de tu ayuda al prójimo. El propósito redentor de Cristo, en cambio, es una invitación a reflexionar en “cómo” guardamos el sábado, “cómo” devolvemos los diezmos y ofrendas, y “cómo ayudamos al prójimo. Él anhela discernir los sentimientos y motivaciones que realmente impulsan tus actos de fidelidad.

Para ilustrar esta verdad, permíteme compartir un ejemplo vívido. Mi propio padre, en su jornada de fe, aprendió a experimentar el amor transformador de Cristo en su vida. Él, como todos nosotros, tuvo sus luchas y desafíos en el camino cristiano. Sin embargo, su amor por Jesús es tan genuino y contagioso que, si alguien le preguntara la razón por la cual guarda el sábado, su respuesta no sería una mera mención a una regla eclesiástica.

Respondería, con los ojos brillando, que el sábado es, sin duda, el mejor día de la semana. Es el día en que tiene la preciosa oportunidad de cultivar compañerismo e intimidad con la persona que más ama. Su expectativa por la llegada de ese día especial era tan intensa que, en muchas ocasiones, lo veía desear “Feliz Sábado” a las personas ya el jueves, ansioso por la celebración que se acercaba. El “cómo” vivía el sábado revelaba un corazón apasionado, no solo un deber cumplido.

El mismo principio se aplica a la práctica de los diezmos y ofrendas. El verdadero propósito de la fidelidad financiera no es meramente cumplir una obligación, sino llevarnos a un reconocimiento profundo de quién es Dios en nuestras vidas y, como respuesta, obedecer basados en nuestro amor por él y por su causa. Como afirmó Elena G. de White, con asombrosa claridad: “El ojo de Dios lleva cuenta de cada blanca consagrada a su causa y la buena voluntad o la renuencia del dador. También se registra el motivo para dar”.[1]

Se percibe entonces que el interés divino trasciende el monto depositado. Él anhela conocer los sentimientos que nos impulsan a actuar. ¿Hay disposición o hay renuencia en nuestra obediencia? ¿Nuestros motivos son nobles y altruistas, o egoístas y mezquinos? Por eso el apóstol Pablo declaró con tanta convicción: “Dios ama al que da con alegría” (2 Corintios 9:7). Pablo no estaba exaltando la grandeza de la donación, sino la calidad del corazón del dador. Lo que él afirmaba es que Dios ama no el “cuánto” doy, sino el sentimiento que me mueve a dar. Es esa profundidad la que le da verdadero sabor a la vida cristiana. Alguien, en alguna ocasión, expresó que ser cristiano tiene gusto, y ese gusto es bueno, precisamente por esta razón.

Ante una verdad tan profunda y liberadora, debemos elevar a Dios un pedido sincero. Un pedido de perdón por haber vivido una vida más preocupada por la fachada, por el “cuánto”, que por la esencia auténtica del cristianismo, por el “cómo”. Que podamos reflexionar sobre el verdadero propósito de nuestra fe, buscando una transformación interior que resplandezca en todas nuestras acciones, motivadas por un corazón alegre, agradecido y genuinamente entregado.


[1] Elena G. de White, El ministerio de la bondad, p. 306.

Josanan Barros

Josanan Barros

Primero Dios

Historias y pruebas de fidelidad a Dios en todos los momentos y circunstancias de la vida

Josanan Alves de Barros Júnior está formado en Teología. Es el actual director del departamento de Mordomía Cristiana de la sede sudamericana de la Iglesia Adventista. @JosananAlves