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Josanan Barros

Josanan Barros

Primero Dios

Historias y pruebas de fidelidad a Dios en todos los momentos y circunstancias de la vida

Expectativa y paciencia: dos claves para esperar el regreso de Cristo

El cristiano nunca debe perder de vista el enfoque en el regreso de Jesús (Foto: Shutterstock)

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos” (Romanos 8: 19-25).

En el artículo anterior estudiamos sobre la manera incorrecta de esperar el regreso de Cristo y los últimos eventos de esta Tierra. Vimos que corremos el peligro de tener una “expectativa impaciente” o una “paciencia irresponsable”. En este artículo, con la ayuda del texto de Romanos 8, estudiaremos sobre la manera correcta de esperar que Jesús regrese a este mundo.

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El primer consejo de Pablo es: espere que Jesús vuelva con una ardiente expectativa. O sea: desee el regreso de Cristo, clame por eso, y la mejor manera de desearlo con expectativa es conocerlo íntimamente.

En mi infancia aprendí a amar a Jesús y a desear su regreso. Recuerdo el día en que descubrí que Jesús volvería en una nube que al principio sería del tamaño de la mano de un hombre. Yo me ponía a comparar el tamaño de mi mano con las nubes para ver si una de ellas sería la que traería a Jesús.

De la misma forma, he intentado enseñar a mis hijos que amen y aguarden el regreso de Cristo. Un día, mi hija me abrazó y, llorando, dijo, “Papá, extraño a Jesús” ¿Y usted? ¿Será que no perdió el extrañar a Jesús? La ardiente expectativa debe llevarlo no a la especulación, sino al conocimiento personal e íntimo.

Conexión permanente

Por eso, no permita que su tiempo en la Tierra limite su contacto con el cielo. Tenga un encuentro personal e íntimo diariamente con Cristo. Permita que su palabra transforme su corazón. Una ardiente expectativa es el resultado de la dependencia diaria de Dios, de estar quietos y saber que él es Dios y cumplirá sus promesas. A eso podríamos llamarle “expectativa paciente” o “expectativa equilibrada”.

El segundo consejo de Pablo es: “Esperen con paciencia”, pero no es una paciencia irresponsable, sino una paciencia expectante y llena de esperanza. Mientras Jesús no regrese, pasaremos por momentos difíciles. Pero el apóstol refuerza: “sean pacientes”. Derramaremos lágrimas, perderemos seres amados, enfrentaremos la furia del enemigo, pero Dios nos pide “sean pacientes, no se desanimen”.

Una de las mejores maneras de permanecer pacientes, aguardando el regreso de Cristo, es trabajando intensamente para la causa de la cruz. Juan, el discípulo amado, se volvió seguidor de Cristo cuando todavía era joven, y pasó toda su vida creyendo en una promesa que Jesús hizo: que volvería a esta Tierra. Trabajó por la causa no con lo que le sobraba, sino con lo mejor que tenía. Así, ya cansado y anciano, fue preso a la isla de Patmos.

Entonces, Jesús se le aparece y le da visiones del tiempo del fin. Con eso, Juan entonces escribe en Apocalipsis 22:20, “ciertamente vengo en breve”. Tal vez, si yo estuviera en el lugar de Juan, habría dicho: “Señor, te he esperado hace más de 50 años, pero para mí estás demorando mucho. ¿Cómo voy a escribir que vendrás sin demora?”. Sin embargo, no fue eso lo que dijo Juan. Su respuesta fue: “Amén. Sí, ven, Señor Jesús”.

No imagino a Juan escuchando a Jesús decir: “Escribe: ciertamente vengo en breve”, y a Juan fríamente diciendo: “Ok, Señor. Entiendo. ¡Amén!”. Juan conocía a Jesús íntimamente y yo solo puedo imaginarlo dando un grito de victoria: “¡Amén! Sí, ven, Señor Jesús”.

Relación personal

Quien conoce a Cristo íntimamente y trabaja intensamente por su causa no está preocupado con la fecha: solo desea que él venga. Si hoy, amén, ¡ven, Señor! Si mañana, amén, ven, Señor Jesús. Lo importante es que él venga.

Quiero concluir con una historia. Para mí, solo un hombre tenía el derecho de perder la ardiente expectativa en el regreso de Jesús. Era Guillermo Miller. Él, más que cualquier otra persona, experimentó personalmente la amarga decepción del que Cristo no regresara en las nubes en 1844.

Él había estudiado la Biblia minuciosamente con oración. Dios claramente lo envió a predicar y él hizo eso hasta el cansancio. Por 12 años, habló a más de medio millón de personas. Pero incluso así, el evento que predijo no se cumplió. Hoy sabemos con claridad que él había acertado la fecha de la profecía, pero se había equivocado con el evento. Jesús no regresaría ese año.

En medio de toda esa decepción, él, que fue ridiculizado en diversos periódicos, declaró: “Yo creí y prediqué que Cristo habría de venir en cualquier momento al final de los periodos proféticos. Pero todavía creo y, con la ayuda de Dios, predicaré hasta que él venga. Puedo decir con todo mi corazón y toda mi alma: ‘Amén, ven, Señor Jesús’”.

La inquebrantable confianza de Miller en el pronto regreso de Cristo continuó hasta el momento de su muerte, el 20 de diciembre de 1849. Durante sus últimos meses de vida, estuvo confinado a la cama. Cuando la muerte parecía inminente, se envió un telegrama a su amigo Josué V. Himes, para que fuera a Low Hamptom, Nueva York. Himes lo encontró prácticamente ciego y muy débil. Miller reconoció a su amigo. Una de las pocas cosas que el ya cansado predicador le dijo fue: “Dile a los hermanos que la venida del Señor está cercana; pero ellos deben ser pacientes y esperar por él”.

Tres días después, la mañana del último día de vida de Miller, él no conversó con nadie en particular, pero tuvo algunas expresiones como: “¡Él es poderoso para salvar!”, “Oh, quiero estar allá”, “¡Victoria, victoria!”, “¡Vencida está la muerte!”.

Él finalmente se dormía. Ocasionalmente despertaba, abría los ojos, pero no era capaz de hablar. Continuó respirando cada vez más lento, hasta las 15:05, cuando con calma dio su último suspiro.

La escritora Elena de White tuvo una visión en la que dio testimonio que un ángel guardaba la tumba de Miller hasta la resurrección. Dios no fallará con él, pues lo conocía. Miller sabía mucho sobre el regreso de Cristo y no se permitió ser sorprendido. Como adventistas, este es nuestro mayor riesgo: perder la salvación y ser sorprendidos por el momento que más conocíamos.

Si eso ocurriera, llegaremos a la conclusión de que solo conocíamos la doctrina del regreso de Cristo, pero no su persona. Tal vez, haya comprendido, a través de este artículo, que está viviendo una expectativa impaciente o una paciencia irresponsable y hoy le gustaría decir: “Señor, te amo y quiero pronto proclamar, mirando a la nube ‘este es el Dios al que esperaba’. Despiértame hoy para el peligro de ser tomado por sorpresa, a pesar de todas las oportunidades y conocimiento. Ayúdame a tener diariamente un encuentro espiritual contigo hasta el día en que tenga un encuentro cara a cara. Amén”.

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