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Helio Carnassale

Helio Carnassale

Manteniendo la visión

Teólogo, y magíster en Ciencia de las Religiones por la Universidad Metodista de São Paulo, Brasil. Fue pastor de iglesias y fue orador de la Voz de la Profecía. Trabajó en la Casa Publicadora Brasileña, Superbom, Unasp y desde 2015 es el director de Libertad Religiosa y Espíritu de Profecía de la sede sudamericana adventista.

La página impresa y el anuncio de las verdades bíblicas

James White imprime una de las ediciones de Adventist Review (Foto: Reproducción)

Incluso antes de adoptar el nombre oficial en 1860 o antes de ser formalmente organizada en 1863, la Iglesia Adventista del Séptimo Día ya tenía una editora e imprimía sus libros, revistas y folletos en una gráfica propia. La historia de los adventistas se mezcla con la determinación de sus pioneros de publicar y distribuir sus producciones, lo que nos lleva a afirmar que esta Iglesia nació en una cuna forrada de papel y tinta.

En una serie de artículos a ser publicados en esta columna, vamos a considerar cómo surgió el ministerio adventista de publicaciones y verificar cuáles fueron sus propósitos al ser establecido, y cómo la presencia del don profético contribuyó a su creciente éxito. Veremos también, cómo la producción y distribución de literatura se convirtió en una pieza fundamental en la trayectoria de los adventistas, en primer lugar, para la solidificación de la naciente Iglesia, y posteriormente para su expansión.

Para entender con claridad el origen y el propósito de las actividades con publicaciones, es necesario volver a ver los acontecimientos ocurridos a partir del “22 de octubre de 1844, que se grabó en la historia adventista como el día del gran chasco”.[i]

Reacción al chasco

Acerca de ese tiempo, David Bosch escribió: “Un tema común en los círculos premilenaristas era el regreso de Cristo. Esa idea, obviamente, también estaba presente entre los posmilenaristas, pero ellos tendían a colocar un mayor énfasis en aquello que aún había que hacer antes de la venida de Cristo. Sin embargo, desde la década de 1830 más y más personas hablaban sobre la inminencia de la parousia. Guillermo Miller (1782-1849) predijo convencido el regreso de Cristo y el comienzo del milenio para 1843 o 1844. En poco tiempo, hasta 100 mil personas se adhirieron a Miller”.[ii]

Esta declaración de Bosch, además de reconocer la existencia de un movimiento religioso adventista (personas que aguardaban el advenimiento o regreso de Cristo; no confundir con adventistas del séptimo día) en el siglo XIX, nos proporciona una idea de su dimensión. Con el no cumplimiento de la profecía del regreso de Jesús, esas “hasta 100 mil personas” se dividieron y crearon sus propias explicaciones, justificaciones e interpretaciones para la decepción del no regreso de Cristo. Muchos regresaron a sus antiguas iglesias; otros abandonaron cualquier tipo de práctica religiosa, mientras que los grupos que insistían en las ideas adventistas se fragmentaban cada vez más.

Con el pasar de los años, especialmente tras la muerte de Miller, en 1849, dos grupos principales aún podían ser identificados como fieles al mensaje del advenimiento, con muchas subdivisiones, según un estudio realizado por George R. Knight, publicado por la Casa Publicadora Brasileña bajo el título “Adventismo”. De un lado estaban los que creían que el regreso de Cristo había ocurrido de forma espiritual, y del otro, aquellos que creían en la literalidad del evento y esperaban ver a Jesús regresar en cualquier momento. este segundo grupo fue conocido como adventistas de Albany, y entre ellos estaban los adventistas sabatistas, que se transformarían en el núcleo pionero y fundador de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Nos interesa de forma especial, seguir sus pasos y verificar su participación con las publicaciones.

Mensaje de consuelo y esperanza

Pensar en el contexto que los adventistas tuvieron que afrontar para permanecer fieles a sus convicciones nos permite imaginar los desafíos que enfrentaban, ya sea para propagar sus ideas o simplemente para defenderlas. Continuar creyendo en el adventismo en esos primeros días después del chasco debe haber sido una verdadera prueba de fuego. Acerca de ese escenario, Schwarz y Greenleaf escribieron:

“Era natural que los adventistas sabatistas se inspiraran en su experiencia millerita mientras se esforzaban por difundir sus conceptos de verdad religiosa en continua expansión. Sin embargo, tanto la época como sus recursos eran factores limitantes. Las burlas que siguieron al Gran Chasco eran un impedimento para atraer gran cantidad de asistentes a las conferencias públicas; tampoco tenían los recursos financieros para alquilar salones y buscar a las multitudes por medio de anuncios. Los White venían de familias pobres; Bates y Edson habían usado la mayor parte de sus modestas posesiones para proclamar el ‘clamor de medianoche’. Los periódicos milleritas que reaparecieron después del chasco eran un medio natural de alcanzar a otros adventistas”.[iii]

Ante las circunstancias que impedían el uso de una diversidad de métodos para la divulgación de sus ideas, los adventistas sabatistas, según el modelo millerita, comenzaron a usar el exitoso recurso de escribir y publicar. El objetivo de la circulación de estos impresos era alcanzar a los adventistas que se encontraban dispersos, confusos y divididos. En el próximo artículo veremos cómo Dios usó el don de profecía manifestado en Elena G. White para instruir y orientar a su esposo sobre el deber de escribir y publicar.


Referencias

[i] Spalding, Arthur W. Origin and history of seventh-day Adventists, R&H, 1961, v.1, p. 95.

[ii] Bosch, David J. Missão transformadora: mudanças de paradigma na teologia da missão. Sinodal, 2002, p.382.

[iii] Schwarz, Richard W. y Greenleaf, Floyd. Portadores de Luz. Casa Publicadora Brasileira, 2009, p. 69.

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