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Columna | Diego Barreto

Mensaje urgente para un mundo sordo

En tiempos actuales de gran polarización y agresividad, ¿por qué el mundo parece sordo y cómo esto impacta, al mismo tiempo, en la religiosidad?


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Personas que se tapan los oídos para no escuchar: una realidad de los tiempos de hoy con serias complicaciones espirituales. (Foto: Divulgación)

No puedo pensar en sordera sin acordarme de efatá. La palabra usada por Jesús al realizar el milagro en la vida de un sordo en Decápolis. El libro de Marcos nos cuenta que Jesús miró al cielo y pronunció esa palabra en arameo que significa: ¡Ábrete! Y se abrieron inmediatamente los oídos que estaban tapados. Imagino el clamor a los cielos en la voz de Cristo en la ejecución de ese milagro.

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Imagino que la mezcla del clamor al cielo y la angustia por aquella vida es el sentimiento actual que Jesús tiene en relación con los hombres. Estamos todos sordos. El mundo se ha convertido en un lugar de narraciones ensordecedoras.

Narraciones 

La palabra narración aquí representa una lectura de la vida y la realidad que se expresa en nuestra visión del mundo, actitudes y comunicación. Sin embargo, esta lectura de la vida es subjetiva, y cada uno ve la vida como prefiere.

Internet permitió que se encontraran las preferencias de muchos. Pero internet permitió que aquello que no es preferido por nadie también se encontrara. De esta manera, con base en las preferencias, comúnmente sustentadas por hechos reales y no verdaderos, nos alineamos con quienes concordamos y entramos en conflicto con quienes no comparten nuestros ideales.

Como la base de esa división está más en las preferencias individuales, empoderadas por medias verdades y buenas intenciones de ambos lados, esa división es perfecta. Terminamos ensordeciéndonos de manera voluntaria a lo que no es nuestra visión.

Taparse los oídos 

Y nada puede ser más peligroso que taparse los oídos. Porque nos encerramos en nosotros mismos, seres pecadores que confían en sus propios ideales. Con la puerta de entrada cerrada a aquello que es diferente, revelador o  nuevo,  quedamos estancados en un estado terrible, puesto que ninguno de nosotros es perfecto. Al contrario, somos todos injustos y malos.

Mientras, el peligro es mucho peor de lo que imaginamos, y va mucho más allá de una simple cuestión de preferencia. Esa actitud sola puede inviabilizar la eternidad para nosotros. Permítame ir más profundo.

El cristianismo pasó siglos presentando la gracia de Cristo por medio de su sacrificio en nuestro favor. Aprendemos que Dios está dispuesto a  perdonar a cualquiera, incluso a los peores de nosotros. Entendemos que en el reino de Dios el perdón es diez veces x infinito (70×7). Y que “nada podrá separarnos del amor de Dios” (Romanos 8:38-39). Por lo tanto, no hay nadie que pueda impedirme recibir la salvación en Cristo y nada que pueda hacer yo será mayor que la gracia de Jesús.

Sin embargo, hay incontables momentos en la Biblia en los que vemos que Dios llega a un límite. Sucede cuando él destruye el mundo por un diluvio, cuando destruye Sodoma y Gomorra,  cuando devasta Egipto, cuando destruye las tierras cananéas. O cuando mueren Ofni y Finees, los hijos de Elí, Coré, Datán y Abirám, eel Espíritu que se retira de Saúl y cuando Ananías y Safira en el Nuevo Testamento; solo para mencionar algunos. Todos los casos en los que tanto para Dios como para nosotros se llegó a algún límite, y el Señor tuvo que ponerle fin a aquellas historias. Sabemos, también, que un día Dios le pondrá fin a todo el mal, lo que indica claramente que él sí tiene un límite para el mal.

Límites 

Lo que tenemos aquí ¿es un paralelismo o una contradicción? Ni uno ni lo otro. En realidad, lo que nos confunde es el hecho de que todos estos casos nos parecen demasiado absurdos porque nuestro límite es mucho más corto. A fin de cuentas, somos limitados, y esa es la dimensión máxima a la que puede llegar nuestra consciencia. Pero Dios perdonó absurdos de David y Pedro, por ejemplo. Limites que ni yo, si fuera el juez, cruzaría, visto que soy tan limitado. Pero él fue incluso más allá de lo que yo imaginaba. Murió por todos nosotros. ¡Y hay cada uno de nosotros!

Falta una pieza para entender este rompecabezas. La libertad. Dios nos dio libre albedrío. Al punto que nos permite rechazarlo y negarlo. Por ese motivo, nadie va al cielo si no quiere, nadie será obligado a vivir para siempre ni a amar a Dios. Aquellos que así lo decidan, verán su deseo cumplirse. Y Dios no violará nuestra libertad. Entonces corresponde la pregunta: “¿Hasta cuándo el Señor esperará al ser humano? ¿Hasta cuándo esperará a un individuo? ¿Hasta cuándo intentará convencerlo de una vida eterna?”. Dios no puede insistir para siempre. En algún momento tendrá que dejar que la decisión tomada siga su curso, porque so es lo justo en un ambiente de libertad. En el universo de Dios, las personas tienen derecho a decir:  “¡BASTA! ¡NO QUIERO SABER MÁS DE ESTO! ¡NO QUIERO NI ESCUCHARLO!” (mientras se tapa los oídos).

Elecciones 

Dios respeta nuestra elección. Y cuando nuestra elección, a pesar de todos los intentos de Dios, es decidida, voluntaria y determinada, él permitirá esa decisión. Y eso es el pecado contra el Espíritu Santo: dejar de escucharlo. Se hace más claro cuando entendemos mejor las palabras de Jesús: “al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:32). Entendemos la palabra “contra” como una ofensa al Espíritu Santo, pero la idea aquí es más hablar contra lo que él dice. Hablar encima de aquella voz con mi  voz, hablar contra lo que dice, desafiar esa voz, cantar alto “la la la la la”, mientras me tapo los oídos. Creo que una imagen va a decir más al respecto.

En ese caso, no hay forma de encontrar perdón, simplemente porque este está siendo confrontado. Ir más allá de eso sería quebrar la libertad, traicionar la verdad, actuar con injusticia. De esta manera, Dios les deja de hablar a estas personas, y ya no puede otorgarles perdón. Por eso, habrá un momento en el que Dios les dirá a los hombres: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Apocalipsis 22:11). No es un acto de cansancio, de cruce de límites del amor de Dios, es justicia con lo que la persona eligió. Y no hay nada más que Dios pueda hacer. Piense en un padre que ve a su hijo destruirse la vida porque decidió no escucharlo. Ese es el dolor de Dios. No es que Dios no es capaz de perdonar, sino que ellos han decidido rechazarlo. Lo terrorífico es que Apocalipsis nos informa que llegará un día en el que todos los que no escucharon la voz de Dios se ensordecerán por completo. Y aquel día, Dios aceptará la elección de todos.

De esta manera, en los casos que citamos, de destrucción divina, la misericordia de Dios se manifestó con el mundo de la  época y con las mismas personas involucradas mientras lanza su destrucción sobre ellas. Ellos llegaron a su propio límite de escucha, y cruzaron esa línea. De allí en adelante, ningún esfuerzo traería el éxito. Dios sabe el fin desde el comienzo. Y para aquellos que ya no escuchan, ya no hay gracia, o el mundo será doloroso para ellos o ellos serán un dolor para el mundo. No fue Dios quien llegó al límite, son ellos quienes se limitaron a no escuchar más.

¿Entiende ahora? Las narraciones que hoy nos dividen solidifican nuestro pensamiento y tapan nuestros oídos. Es una capacitación para Apocalipsis 22:11. Nos encerramos en lo que aceptamos y nos rehusamos a escuchar otros argumentos. La política y las ideologías motivadas por nuestro egoísmo disfrazado de amor y buenas intenciones nos atropellan. Los efectos en la fe son nítidos: hermanos e iglesias divididos, familias divididas, amistades deshechas, todo lo contrario a una iglesia en la que están “todos unánimes juntos” (Hechos 2:1) que recibirá la lluvia tardía. Y estamos exactamente en el momento en el que la iglesia debería recibir esta lluvia. Como mínimo una “coincidencia”.

Si o fuera el diablo y supiera que hay un “pecado imperdonable” (ahora usted entiende por qué se llama así), trabajaría para llevar a la humanidad a cometerlo, porque ese sería el esfuerzo definitivo.

“¿Es suficiente con que no puedan escuchar más entonces? Hmmm! En ese caso, llénenlos de teorías, usen a las mentes más brillantes, hagan que crean las verdades a media, envuélvanlos en amor para garantizar que se conviertan en pequeños dictadores de la ‘verdad y el bien’, cuénteles historias ridículas, extraordinarias y largas para entretenerlos, creen mil capas de comprensión, ocupen sus mentes y cierren cualquier abertura. Díganles que solo escuchen la voz interior, llámenle a eso ‘la voz del corazón’. Aprovechen la naturaleza caída y validen sus lógicas internas. Que usen sus necesidades personales para justificar el egoísmo. Validen sus ideas trayendo más gente que concuerde con ellos. Que los que se oponen a sus pensamientos sean llamados enemigos. Finalmente, déjenlos sordos. ¡Eso será suficiente!”. 

Estamos cada vez más sordos. Los algoritmos están haciendo el trabajo sucio de terminar con los diálogos, las conversaciones, la apertura. Y el riesgo va mucho más allá de la elección del próximo presidente, está más allá de las cuestiones económicas, más allá de las batallas de superación personal; el riesgo es vivir escuchándose solo a uno mismo y dejar de escuchar lo que más tenemos que escuchar. Creo que si hoy Jesús escribiera un tuit o hiciera una publicación en las redes sociales, escribiría su clamor más profundo: ¡Efatá!

Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Teólogo, es coautor del BibleCast, un podcast sobre teología para jóvenes, y productor de aplicaciones cristianas para dispositivos móviles. También dirige los departamentos de Comunicación y Libertad Religiosa de la sede de la Iglesia Adventista para la región sur de la ciudad de Sao Paulo, Brasil.