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Iglesia unida, Iglesia fuerte

Necesitamos una iglesia en la que la unidad sea un bien innegociable, que se base en la Palabra y que esté comprometida en el diálogo y apoyada en el equilibrio.

Por Erton Köhler 17 de octubre de 2020

La unidad en la Iglesia es algo idealizado por Dios y confirmado en Su Palabra (Foto: Shutterstock)

“Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento” (Filipenses 2:1-2).

La Iglesia Adventista del Séptimo Día es conocida por muchas características. Su mensaje es bíblico, su estructura es sólida, sus miembros son misioneros y su servicio a la comunidad es relevante. Pero una de las marcas más fuertes es su unidad. Estamos en 213 países del mundo y mantenemos un mismo mensaje, estructura y misión, que forman el trípode de nuestro funcionamiento. Es esta unidad la que prepara el terreno para la actuación del Espíritu Santo, nos hace fuertes y le da vida a la misión.

Unidad no es lo mismo que uniformidad. Es por esto que convivimos con diferentes culturas, ideas y estilos dentro de los límites definidos por la Palabra de Dios. ¡Qué emocionante es escuchar a la Iglesia, en sus reuniones mundiales, cantando el himno ¡Oh, qué esperanza! Tantos idiomas, muchas diferencias, pero un mismo pueblo.

En Sudamérica somos 2.5 millones de miembros y casi 30 mil congregaciones. Hay realidades muy diferentes entre los países y también dentro de ellos. Es un gran desafío mantener una unidad sólida, el mensaje puro y la misión fuerte. Pero, como Iglesia Adventista, estamos intentando hacer lo mejor posible a pesar de los desafíos. Trabajamos con oración, diálogo y base bíblica. Siempre intentando honrar el nombre de Dios en todo.

Maneras de ver a la Iglesia

Con la llegada de la pandemia del nuevo coronavirus y la ampliación de la influencia de las redes sociales, nuestra unidad ha sufrido. Desgraciadamente, es una realidad a la que muchas organizaciones y denominaciones también están expuestas. La mensajera del Señor ya había advertido sobre esto cuando dijo: “Hay quienes se imaginan que es su deber ser reparadores de la iglesia. Es parte de sus sentimientos naturales andar buscando faltas y manchas en otros; buscan diligentemente algo que censurar, y se tornan más intolerantes y más cerrados en sus ideas, hasta que están listos para hacer de uno un ofensor por una palabra. (Elena de White, Ministerio Pastoral, p. 307).

Estas personas que menciona Elena de White, solo ven a la Iglesia desde su propio punto de vista. Entienden que su forma de pensar es la única aceptable y que las ideas que defienden tan apasionadamente son las únicas que los líderes deben seguir e implementar como solución para la Iglesia. Defienden diferentes temas, muchos de ellos completamente opuestos entre sí.

La lista de discusiones es larga, y tiene defensores de un nuevo modelo para el planeta Tierra, gente que cuestiona la divinidad en sus formas diferentes y aquellos que imponen una salida inmediata de las ciudades. Otros presionan a la Iglesia para que comience a luchar por banderas político-partidarias de izquierda o de derecha. Llevan al ambiente de la Iglesia las mismas posiciones polarizadas que provocaron divisiones y desorden en la sociedad. Creen que, sin el uso de la fuerza, de la movilización de la opinión pública, de revolución o de desconstrucción, la sociedad que desean no será una realidad. Adoptan discursos que involucran diferentes “ismos” ideológicos, que tratan sobre problemas reales y que deben recibir atención, pero que surgen a partir de caminos equivocados para un movimiento cristiano.

También existen otros grupos conflictivos. Unos defienden la soberanía de los escritos de Elena de White en todos los temas, mientras que otros los rechazan y ridiculizan agresivamente.

Algunos quieren una iglesia más genérica, sin conceptos proféticos, sin un papel remanente, mientras que otros luchan por sus interpretaciones proféticas personales, teorías de conspiraciones y mensajes alarmistas con respecto al fin del mundo.

Algunos insisten en una iglesia abierta para aceptar el estilo de vida de la sociedad de hoy, mientras que otros quieren una Iglesia identificada con los métodos del pasado. Hay algunos que solo perciben los errores en la Iglesia, que luchan en contra su estructura y defienden un congregacionalismo adventista en el que cada templo y pastor estaría encargado de sus propios recursos, estructura y mensaje. A estos, les recordamos: “[…] Algunos han adelantado la idea de que, a medida que nos acerquemos al fin del tiempo, cada hijo de Dios actuará independientemente de toda organización religiosa. Pero he sido instruida por el Señor en el sentido de que en esta obra no existe tal cosa como que cada hombre puede ser independiente” (Elena de White, Testimonios para los ministros, p. 489). Pero también hay otros que resisten fuertemente a cualquier tipo de ajuste que intente hacer más ágil y eficiente a la Iglesia, y piensan que no necesitamos mejorar como organización viva.

La lista podría ser más larga. En resumen, cada lado defiende su posición intensamente: algunos con opiniones fuertes, pero con respeto; otros con opiniones agresivas y de manera irrespetuosa. También están aquellos que no desean dialogar, pero usan la exposición pública como forma de presión y promoción personal.

Elena de White es muy clara al describir a personas así: “Siempre ha habido una categoría de personas que profesan santidad, y que en lugar de procurar crecer en el conocimiento de la verdad, hacen consistir su religión en buscar alguna falta en el carácter de aquellos con quienes no están de acuerdo o algún error en su credo. Son los mejores agentes de Satanás” (Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 510)

Los extremos son peligrosos

Las orientaciones bíblicas y el ejemplo de Jesús muestran que el amor verdadero, el equilibrio sincero y la obediencia fiel a la Biblia, cuando son usados por Dios, son los agentes reales de transformación. Los grupos o personas que adoptan posturas extremas, y que no son capaces de ver a la Iglesia y a su mensaje como un todo, se hacen peligrosos y causan un gran daño. Las reacciones a una actitud extrema acostumbran a fortalecer el otro extremo. Y así, surge la polarización y el efecto péndulo, que impide que la Iglesia encuentre su punto de armonía y equilibrio.

Los extremos se pueden evitar con espíritu de oración, estudio imparcial de la Palabra de Dios e investigación profunda de los escritos inspirados de Elena de White. Las tensiones también pueden evitarse cuando el foro escogido para hablar y el espíritu demostrado al debatir promueven el crecimiento en vez de la destrucción.

Diálogo y enfoque en la misión

Algunos que presentan sus posiciones radicales ya conversaron con amigos, pastores locales o líderes de Iglesia para dialogar. Unos conversan, otros rechazan, y otros ridiculizan estas iniciativas. Algunos solo aceptan conversar en la condición de protagonistas o si se aceptan todas sus ideas.

¿Pensó usted lo que sucedería si tuviésemos que darle la razón a todas las ideas presentadas, explicar todo tipo de teorías de conspiración que se publican por ahí y responder a cada acusación falsa sobre la iglesia y sus líderes? Nadie más haría nada. Se comprometería el enfoque en la misión y la unidad de la iglesia se fragilizaría.

Por desgracia, “Satanás levantará bastantes oponentes para mantener sus plumas ocupadas constantemente, mientras que otros ramos de la obra quedarán sufriendo. Debemos tener más del espíritu de aquellos hombres que estaban empeñados en edificar las murallas de Jerusalén. Estamos haciendo una obra importante, y no podemos bajar. Satanás logra su objeto al mantener a algunos hombres ocupados en contestar las objeciones de los oponentes, impidiéndoles así hacer la obra más importante del tiempo actual” (Elena de White, Obreros evangélicos, p. 389).

Respeto a todos los involucrados en estas discusiones y oro por aquellos que conozco por nombre, aunque sé que muchos tienen sentimientos negativos sobre la Iglesia y sus líderes por no haber recibido el apoyo a sus ideas o el protagonismo que les gustaría.

Pero, la Iglesia continuará su camino profético. Siempre buscando unidad y respetando las personas y las opiniones. No se puede distraer con cada tema, polémica y discusión que aparece, mucho menos substituir su mensaje bíblico. Pondremos nuestras fuerzas en enseñar la verdad, pues nuestro llamado es para “luchar vigorosamente por la fe encomendada una vez por todas a los santos” (Judas 1:3).

Además de esto, “La mejor forma de tratar con el error es presentar la verdad, y permitir que las ideas descabelladas mueran por falta de atención. Contrastada con la verdad, la debilidad del error resulta clara para toda persona inteligente. Cuanto más se repitan los asertos erróneos de los opositores, y de los que se levantan de entre nosotros para engañar a las almas, tanto mejor se sirve la causa del error. […]. Tendremos que hacer frente a dificultades de este orden. Habrá hombres que harán un mundo de un átomo y un átomo de un mundo” (Elena de White, Testimonios para los ministros, p. 165)

La Iglesia no usará la misma ética de combate, ni se intimida delante de toda situación. Todos son bienvenidos para dialogar y pueden buscar a sus pastores y líderes locales para hacer esto.

Por otro lado, mantener el diálogo no significa perder el orden. Tenemos que proteger y respetar a los miembros que buscan profundidad y que están abiertos al diálogo, siempre de forma respetuosa, equilibrada y dentro de las orientaciones bíblicas. Ellos son los que mantienen el cuerpo unido, la Iglesia fuerte y la misión viva. Tenemos que recordar que “El mundo mira con satisfacción la desunión de los cristianos. Los incrédulos se regocijan. Dios desea que se realice un cambio en su pueblo. La unión con Cristo y los unos con los otros constituye nuestra única salvaguardia en estos últimos días. No dejemos a Satanás la posibilidad de señalar con el dedo a los miembros de nuestra iglesia, diciendo: ‘Mirad como estos, que se hallan bajo el estandarte de Cristo, se aborrecen unos a otros. Nada necesitamos temer de ellos, puesto que gastan más energías luchando unos contra otros que combatiendo a mis fuerzas’” (Elena de White, Consejos para la iglesia, p. 76).

Elena de White alerta que Satanás es el que sugiere que “el orden y la disciplina son enemigos de la espiritualidad, que la única seguridad para ellos consiste en permitir que cada uno siga su propia conducta, y en permanecer especialmente distintos de los cuerpos de cristianos que están unidos y trabajan para establecer la disciplina y la armonía de acción. Todos los esfuerzos hechos para establecer el orden son considerados peligrosos, una restricción de la libertad” (Elena de White, Testimonios para los ministros, p.29)

Aprender con las crisis

Las crisis son incómodas, pero también nos enseñan. Detrás de muchas de ellas existen preguntas que no se resuelven, expectativas no alcanzadas, problemas reales con la Iglesia y que no terminan bien, hasta hay enemigos imaginarios creados para poder alimentar un espíritu de militancia. Algunos se comparan con los profetas del Antiguo Testamento o con reformadores de la Edad Media, pero fácilmente se nota que ya han quebrado sus propósitos y valores espirituales.

Sin duda, Dios usará mensajeros especiales para fortalecer y mejorar su causa, pero ellos serán conocidos y reconocidos, no por la fuerza de sus argumentos, sino por la intensidad de su consagración.

Siempre podemos crecer con las crisis, por más dolorosas que sean. La Iglesia, que normalmente está en el centro de las discusiones, también crece, aprende, madura y sale más fuerte. Ya hemos enfrentado desafíos grandes en el pasado, mucho más grandes que los actuales, pero en cada uno, Dios permaneció al mando y puso las cosas en su debido lugar. “Deberíamos recordar que la iglesia, aunque débil y defectuosa, constituye el único objeto en la tierra al cual Cristo otorga su consideración suprema. Él la observa constantemente lleno de solicitud por ella, y la fortalece mediante su Espíritu Santo” (Elena de White, Mensajes selectos, t. 2, p. 457)

En la actualidad, hay muchos temas en discusión que si tratamos con equilibrio, y dentro de las bases bíblicas, nos pueden ayudar a hacer de la Iglesia un lugar mejor, más receptivo, acogedor y con oportunidades iguales para todos. Esto ayudará a aumentar nuestra profundidad bíblica, a intensificar el alcance de nuestra misión, y a preparar un pueblo para el regreso de Jesús.

Sin duda, tenemos mucho para mejorar. Somos humanos imperfectos. No hacemos las cosas bien siempre, pero buscamos lo mejor para la Iglesia. El mundo, las personas y los problemas están más complicados, y el liderazgo también está cada vez más complicado, mucho más de lo que parece para quien ve las cosas desde afuera o desde lejos.

Pero el crecimiento y la mejoría sucederán siempre en un ambiente de respeto, diálogo, oración y estudio de la Biblia. No con una postura de militancia, exposición pública, agresión, promoción personal o defensa de filosofías e ideologías que chocan con el “así dice Jehová”.  Debemos estar siempre “prontos para oír, tardos para hablar” (Santiago 1:19).

Llamado a la unidad

Termino haciendo un llamado a cada miembro de la Iglesia, para que lea este mensaje con el corazón abierto y sin prejuicios. Lo invito a orar más de lo que viene orando hasta aquí, para pedir sabiduría para sí mismo y para la Iglesia. Continuaremos “esforzándonos por mantener la unidad” (Efesios 4:3), y para construir una Iglesia con base en la Palabra y en el equilibrio, la misión y el amor. Siempre seguros de que “La unión hace la fuerza. La desunión causa debilidad. Trabajando juntos y con armonía para la salvación de los hombres, debemos ser en verdad ‘[coadjutores]… de Dios’ (1 Corintios 3:9)” (Elena de White, Consejos para la iglesia, p.75)

Seamos cristianos profundamente bíblicos que hacen que nuestra mejor contribución para este mundo sea el cumplimiento de la misión de salvar pecadores. Y además de todo, enseñemos el evangelio con amor, misericordia y alegría. Dios tiene un mensaje maravilloso de esperanza que no puede quedar de lado por discusiones en las que el yo y la voluntad propia terminan ocupando el centro.

Es el momento de fortalecer nuestra unidad para ofrecerles a las personas una vida más digna, una fe más profunda y la esperanza real de que, muy pronto, viviremos para siempre al lado de Jesús. “Pronto veremos a Aquel en quien se cifran nuestras esperanzas de vida eterna. En su presencia, las pruebas y los sufrimientos de esta vida resultarán insignificantes” (Elena de White, Profetas y reyes, p. 540).

Erton Köhler es presidente de la Iglesia Adventista para ocho países de Sudamérica,

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