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La Biblia siempre tuvo conceptos de derechos humanos

La declaración mundial de los derechos humanos fue instituida el 10 de diciembre de 1948, pero la Biblia, mucho tiempo antes, ya trataba ese concepto.

Por Felipe Lemos 10 de diciembre de 2018

En la Biblia, los principios que nortean los derechos humanos en general están claros hace mucho tiempo (Foto: Shutterstock).

El Día Universal de los Derechos Humanos, recordado el 10 de diciembre, tiene que ver directamente con la declaración de 1948. Según explica el sociólogo Thadeu Silva, “la Declaración Universal de los Derechos Humanos es el texto de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que expresa los derechos que todo ser humano tiene para vivir. En la comprensión de la Organización, es un conjunto de derechos fundamentales inherentes mínimos para el ser humano que son también necesarios para que cualquier persona viva con dignidad”.

Quien tuvo la idea fue John Peters Humpfrey, estudiante de Derecho canadiense en la McGill University, que se volvería rector de la misma a partir de 1946. El contexto de la Declaración de los Derechos Humanos está en el periodo después de la primera y segunda guerra mundial e intenta garantizar la dignidad y la libertad humana de más ataques.

Silva resalta que los artículos 29 y 30 son diferentes de los demás por no hablar de derechos, sino de deberes, limitaciones e impedimentos, que involucran el cumplimiento de los deberes en el círculo de convivencia, respeto a los límites establecidos por la ley y la coherencia de que las libertades no interfirieran con los principios de las Naciones Unidas. “También queda clara la prohibición de interpretar la Declaración como derecho a actuar para destruir los derechos y las libertades establecidas por el documento”, añade. En esta rápida charla con el sociólogo, abordó la relación del concepto de Derechos Humanos en la Santa Biblia.

La Biblia, ¿tiene conceptos de derechos humanos?

Sí, pero no con ese nombre, y tampoco expresa solamente la idea de protección. Su concepción es más amplia y mucho más profunda, pues se basa en el amor, que es la expresión del carácter de Dios, fundamento con el cual él rige el universo, principio orientador de su creación, cualidad con que alimenta a sus hijos y característica, por reflexión, de quien camina con él.

En primer lugar, la Biblia muestra de manera clara y constante que la vida se compone de tres personas: Dios, el otro y yo. El otro es tan importante que Cristo mismo lo eleva a su imagen: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aún por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mat. 25:40). No es por azar que el cristianismo es la religión del otro. Y Jesús dice: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente —le respondió Jesús—. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mat. 22:37-40).

La dignidad exigida por la Biblia para tratar al otro es mucho más profunda y significativa que las creaciones humanas, pues requiere amor, aunque el otro sea un enemigo.

“Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto” (Mat. 5:44-48).

Además del cuidado para con el otro, la Biblia también llama la atención hacia el deber con una clase de personas muy necesitadas de bienes materiales: los pobres. Pobres es la designación que la Biblia da a quien no lograba sobrevivir por falta de salario, por falta de trabajo o por que este era esporádico y, por lo tanto, insuficiente. A esa carencia material correspondía la privación material y una humillación moral ante los demás miembros de la comunidad que los llevaba a mendigar no tanto por dinero sino porque eran marcados como existencialmente menores. Entre los pobres, los más mencionados en la Biblia son los huérfanos, las viudas y los extranjeros, y, en menor medida, los forasteros y los jornaleros. El cuidado con los pobres es algo tan importante que se considera como el deber de cada individuo.

Pero el libro sagrado del cristianismo, ¿hace alusión a algún tipo de amparo propiamente dicho?

Desde el tiempo del Antiguo Testamento, hay previsión legal de amparo en la Biblia, al mostrar que los cuidados con el otro no eran actos de solidaridad raros o esporádicos, sino acciones cotidianas sobre las cuales incide la ley. s primeras eran las leyes del sábado. Aunque se aplique a todos los seres humanos hasta hoy, el descanso del sábado semanal (cuarto mandamiento, Éxodo 20:8-11) mejoraba sustancialmente la vida de los estratos más bajos de la escala social en los tiempos bíblicos, no solamente por interrumpir todo trabajo durante el séptimo día, proveyendo comida, alimento y descanso a todos, sino por volver la atención hacia Dios, dando a esa clase de personas el contacto con el Dios Creador una vez por semana. El sábado era un día de dignidad especial para ellos, porque vivían como los demás individuos de la comunidad un día por semana.

Además del reposo semanal (el del cuarto mandamiento de la ley de Dios), estaban también las leyes del año sabático y del año del jubileo. Desde que el pueblo hebreo entró a la tierra prometida, la ley del año sabático aseveraba que la tierra debería descansar de las plantaciones cada siete años. Además de que nadie podía plantar nada aquel año, lo que brotase espontáneamente serviría de alimento a las personas de todas las clases y a los animales (Lev. 25, Deu. 26). Pero las mayores bendiciones del año sabático eran la extinción de las deudas de los pobres y la libertad de los esclavos (Deu. 15:2, 9). Tan seria era la ley que su incumplimiento llevaba al exilio (Lev. 26:34-35). Y la ley del año del jubileo decía que, cada cincuenta años, las personas del pueblo de Israel deberían hacer tres cosas: devolver la tierra a su dueño original, liberar a los esclavos y cancelar las deudas de los pobres (Lev. 25:8-34). Era muy parecida a la ley del año sabático, pero era mayor por incluir la obligación de restituir la tierra a sus propietarios originales, lo que hacía que muchos pobres cuyos antepasados eran dueños de tierras que hoy estaban vendidas a terceros, las recibieran de vuelta y, con ellas, pudieran tener una mejora de su condición material, por la venta, por su cultivo o por el arrendamiento.

Había también otras leyes de cuidado con los pobres, como la del segundo diezmo, la de las espigas, entre otras más puntuales. La del segundo diezmo (Deu. 14:28-29) decía que, cada tres años, los frutos de la tierra debían ser llevados a la ciudad y distribuidos a los levitas, extranjeros, huérfanos y viudas que estuviesen allí. La ley de las espigas (Deu. 24:19-22) decía que, en el momento de la cosecha anual, el agricultor no debía segar completamente las esquinas de la tierra a fin de que el extranjero, el huérfano y la viuda pudiesen tomar alguna cosa para ellos. Eso significaba que los pobres tendrían alimento año a año proveniente de todas las propiedades del país, y que ellos mismos tendrían que trabajar para ello, lo cual era un factor de mayor dignidad. Otras leyes exigían que el salario debía ser pagado debidamente al trabajo del jornalero, del pobre y del necesitado antes del final del día (Lev. 19:13; Deu. 24:14-15); que el manto del pobre y las ropas de las viudas no podrían ser tomadas como prenda (Deu. 24:12-13; 17); y que las personas con deficiencias físicas como la ceguera o sordera deberían ser tratadas con dignidad (Lev. 19:14).

Tres cosas quedan completamente claras en las leyes de cuidados para con los pobres. La primera es que todo cuidado, protección y dignidad son dádivas de Dios. Fue él quien dictó las leyes a Moisés, ordenando que fuesen escritas en libros y colocadas al lado del Arca de la Alianza. Conocida como ‘Ley de Moisés’, su contenido derivaba directamente de Dios, y siempre que alguien era beneficiado por ella, sabía que era Dios, en su misericordia que la estaba guardando. La segunda es que Dios es el dueño de todo y nosotros solamente somos administradores, lo que era más claro para las personas que poseían bienes y recursos. Y la tercera es que Dios bendice a los pobres por medio de individuos que tienen más. Esa provisión de amparo y dignidad es una tarea que Dios requiere de las personas. No es deber del Estado, no es obligación de las organizaciones religiosas, no es responsabilidad de asociaciones o cualquier otro ente, sino de los individuos. El plan de Dios es: el que tiene, cuide de quien no tiene, de modo personal e intransferible, evidenciando la personalidad del tratamiento de Dios a sus hijos.

El cuidado con el otro es, de modo general y amplio, la marca registrada de Dios, y específicamente, el cuidado con los pobres es algo que él tiene en altísima consideración, inclusive revelando los juicios que asolarán a los insensibles o descuidados para con los que nada tienen.

¿Y cuál sería el papel de la Iglesia Adventista ante una creciente ola que pide respeto a los derechos humanos básicos?

El papel de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en el campo de los derechos humanos es el de llamar la atención hacia la Biblia como fundamento de los derechos humanos, mostrando que Dios transforma a las personas en gente que vive y difunde respeto, dignidad y amor para con todos. Es recordar que Dios puede transformar a cualquier persona en, además de cumplidor de deberes, en alguien que ama al otro y vive por él. Es recordar, tal como ocurrió en las lecturas de Moisés en Levítico y en los discursos del Sermón del Monte, que Dios es el Autor de toda buena dádiva y que sus hechos de amor ocurrirán por medio de sus hijos. Es recordar que la falta de dignidad que asola a la humanidad es fruto del pecado que separó al ser humano de su Creador, trayendo miseria de toda clase, y, al mismo tiempo, predicar el mensaje de esperanza que los males de este mundo acabarán para siempre cuando Cristo vuelva, y ponga fin al pecado y lleve a sus hijos a las moradas del Cielo.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día trabaja ininterrumpidamente para llevar pan, presencia y Palabra a la población. Sus acciones y declaraciones muestran eso.

Los adventistas y los derechos humanos:

Según su punto de vista, ¿cuál debería ser el papel de cada individuo cristiano adventista?

Una manera parecida de hacer la pregunta anterior es: ¿Cuándo debe el cristiano entrar en acción? Y la respuesta es tan simple como directa: cuando falte el pan, presencia y Palabra. Siempre que alguno de estos casos ocurra, los hijos de Dios entrarán en acción con lo mejor que tienen.

Es hasta innecesario decir que debemos estar preparados cuando las circunstancias aparezcan. Tenemos que separar dinero sistemáticamente para darlo a quien lo necesita; comprar y donar bienes que serán útiles en el día a día de las personas que no tienen nada; poner en práctica los dones que Dios nos dio para aliviar la vida de los que tienen menos capacidad, entre otras actividades. Una persona en las manos de Dios es una verdadera agencia de servicio, amparo y salvación, de pan, de presencia y de Palabra, con las cosas de esta vida como recursos para la vida eterna que Cristo nos dará.

Todas las veces que falte el pan, presencia o Palabra, los hijos de Dios entrarán en acción. O sea, serán solicitados en todo momento. Y trabajarán para lograr suplir tales faltas de modo constante y creativo. La Biblia muestra que eso puede ocurrir por medio de tres acciones: individual, colectiva e institucional. La acción individual la realiza la propia persona. Se puede hacer mucho por un individuo que se coloca en las manos de Dios en el servicio, en el amparo y en la salvación. La acción individual es la acción típica del cristiano: es rápida, barata, eficiente, constante y duradera.

No siempre, sin embargo, el individuo logrará hacer algo solo. Siempre que las circunstancias demanden trabajo conjunto, los hijos de Dios actuarán colectivamente. Ejemplos de acción colectiva son cantar en un coro, hacer una campaña de limpieza o construcción, cocinar para alimentar a una cantidad grande de personas, etc.

Y la acción institucional es aquella planificada, liderada y conducida por la institución. También son acciones colectivas, pero que llevan el nombre de la Iglesia Adventista del Séptimo Día por requerir una suma de dinero y alto grado de organización que solo puede ser viable a través de la institución. Es el caso del programa del Club de Conquistadores y Aventureros, de la Escuela Sabática, del Ministerio de Publicaciones; Campaña de Navidad, distribución anual de libros, sustento de misioneros en el exterior, todo programa de servicio religioso en las iglesias; sistema de medios y telecomunicaciones, etc. son programas oficiales de la Iglesia Adventista para proveer pan, presencia y Palabra, preservando la unidad de la Iglesia ante la diversidad de realidades y con poder de alcanzar a las personas en lugares remotos.

Quien vive en conformidad con la Palabra de Dios vive y difunde los Derechos Humanos pues los cumple por amar a Dios y al otro. Para ellos, la fuerza motriz de toda acción es el amor, que ve en el otro, la dignidad que Dios da a sus hijos. Trabajarán de modo individual, colectivo e institucional para aliviar la vida aquí y anunciar la vida eterna a ser inaugurada con el regreso de Jesús. Darán su mejor pan, su presencia confortante y la Palabra de Dios a quien lo necesite. En el cielo no habrá necesidad de Derechos Humanos, pues allá no habrá pecado y los males que este produce. En cuanto a eso, viviremos una vida de servicio y salvación, dando pan, presencia y Palabra de modo individual, colectivo e institucional, para restaurar la dignidad que los seres humanos necesitan, llamando la atención hacia Dios y su Palabra con el mensaje del pronto regreso de Jesús.

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