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Una visión bíblica y de Elena de White sobre la teología de la ordenación

Marcos Blanco, doctor en Teología y director de la Revista Adventista en español, presenta una propuesta para abordar el tema.

Por Felipe Lemos 12 de agosto de 2021

El teólogo habla de diferentes aspectos relacionados al contexto bíblico sobre la ordenación. (Foto: Shutterstock)

En julio de 2021, la Junta Directiva Plenaria de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en América del Sur aprobó el informe elaborado por un comité especial sobre el fortalecimiento de la actividad del ancianato. Entre las nominaciones estaba la autorización para que las congregaciones adventistas puedan recomendar la ordenación de mujeres para actuar como ancianas.

El registro histórico muestra al menos 16 votos de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y de la División Norteamericana relacionados a la ordenación. El primero está registrado en 1881, de la Conferencia General. En 1984, el Concilio Anual en la sede mundial adventista reafirmó una votación de 1975 sobre el tema. Y aseguró que las mujeres pueden ser ordenadas ancianas en las iglesias locales de las Divisiones que resuelvan decidir de esta manera.

Para abordar los aspectos bíblicos y los textos presentes en los libros de Elena de White sobre la teología de la ordenación, la Agencia Adventista Sudamericana de Noticias (ASN) habló con el pastor Marcos Blanco. Él es doctor en Teología, director de la Revista Adventista y gerente de redacción de la Asociación Casa Editora Sudamericana (ACES). Durante la votación del documento sobre el fortalecimiento del ancianato, Blanco hizo una presentación sobre el tema.

Sobre la ordenación

¿Cuál es el concepto básico de ordenación según la Biblia?

La Iglesia Adventista entiende que el cristiano, al unirse a la iglesia por medio del bautismo, nace a una nueva vida y pasa a formar parte de un sacerdocio real cuya misión es anunciar “los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (2 Pedro 2:9). Así, todos los creyentes reciben este ministerio de la reconciliación (2 Coríntios 5:18-20), y son llamados y capacitados por el poder del Espíritu y los dones que él les concede para llevar a cabo la comisión del evangelio (Mateo 28:18-20).

Ahora, si bien todos los creyentes son llamados a utilizar sus dones espirituales para el ministerio, la Biblia menciona que algunas posiciones de liderazgo eran respaldadas públicamente (Números 11:16, 17; Hechos 6:1-6; 13:1-3; 14:23; 1 Timoteo 3:1-12; Tito 1:5-9). En algunas ocasiones, este respaldo fue dado por medio de la “imposición de manos”, como en el caso de los diáconos (Hechos 6:6) y de Bernabé y Pablo (Hechos 13:3).

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la ordenación ha ido variando en su significado teológico y eclesiológico a lo largo del tiempo. Hay cristianos que entienden que la ordenación transfiere algún poder o gracia especial. No obstante, los adventistas entienden que la ordenación bíblica es la acción de la iglesia que reconoce públicamente a aquellos a quienes el Señor ya ha llamado y equipado para el ministerio de la iglesia local y global. En este sentido, la ordenación no transmite cualidades especiales a las personas ordenadas ni introduce una jerarquía real dentro de la comunidad de fe, sino que le confiere autoridad representativa para el trabajo específico del ministerio para el que han sido nombradas (Hechos 6:1-3; 13:1-3; 1 Tim. 5:17; Tito 2:15).

Desde este punto de vista, podríamos decir que la ordenación es una habilitación para el servicio y para representar a la iglesia; para proclamar el evangelio; administrar la Cena del Señor y el bautismo; plantar y organizar iglesias; guiar e instruir a los miembros; oponerse a las falsas enseñanzas; y, en general, prestar servicio a la congregación (Hechos 6:3; 20:28, 29; 1 Timoteo 3:2, 4, 5; 2 Timoteo 1:13, 14; 2:2; 4:5; Tito 1:5, 9).

¿Superioridad de los hombres?

¿Presenta la Biblia un concepto de no superioridad de los hombres sobre las mujeres en términos de liderazgo o no?

Este es un tema amplio que merece hacer algún análisis. En el relato de la creación del ser humano que nos presenta el Génesis, tanto Adán como Eva fueron creados iguales: ambos reciben la imagen y semejanza de Dios, ya que comparten la misma naturaleza; a ambos se les asigna la función de gobernar el resto de la Creación; y a ambos se les otorga la misma bendición: “Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó, y les dio su bendición” (Génesis 1:27). Hay diferenciación de sexo (género), por lo que tienen diferencias complementarias, pero no se coloca a ninguno bajo la sujeción del otro. Solo como consecuencia de la Caída, la mujer es colocada bajo sujeción de su esposo. Elena de White lo deja en claro:

“En la Creación, Dios la había hecho [a Eva] igual a Adán. Si hubiesen permanecido obedientes a Dios –en armonía con su gran Ley de amor–, siempre habrían estado en mutua concordia; pero el pecado había traído discordia, y ahora su unión podía ser mantenida y la armonía preservada solo mediante la sumisión del uno o del otro. […] Si los principios prescritos en la Ley de Dios hubiesen sido apreciados por la humanidad caída, esta sentencia, aunque era consecuencia del pecado, habría resultado en bendición para ellos; pero el abuso por parte del hombre de la supremacía que se le dio a menudo ha hecho muy amarga la suerte de la mujer y ha convertido su vida en una carga” (Patriarcas y profetas, p. 42, énfasis añadido).

Si prestamos atención, el nuevo arreglo era necesario porque el pecado traía discordia en la relación esposa-esposo. No hay ninguna indicación en el texto bíblico ni en Elena de White de que las mujeres de allí en adelante estarían sometidas al hombre en general. Este orden se restringe al hogar. La sumisión de las mujeres a sus maridos después de la caída no cierra la posibilidad de que una mujer ocupe puestos importantes de liderazgo fuera del hogar, en la sociedad y entre el pueblo de Dios.

Además, me gustaría aclarar que, según el apóstol Pablo, la sumisión entre esposos debe ser mutua (“sométanse unos a otros por reverencia en Cristo” [Efe. 5:21]), y eso significa que el esposo debe amar “a su esposa tal como Cristo amó a la iglesia” (Efesios 5:25).

Mujeres en el Antiguo Testamento

En sus estudios, ¿qué notó acerca del papel de las profetisas del Antiguo Testamento y las líderes de la iglesia cristiana en el siglo I de la Era Cristiana, según se registra en el Nuevo Testamento? ¿Se puede hablar de mujeres llamadas para que actúen como líderes?

Es evidente que la mujer no estaba subordinada al hombre en las esferas intelectual, mental, emocional, y en otros ámbitos. Una mujer podía participar en igualdad de condiciones con el hombre en la vida pública del antiguo Israel. Se conocen mujeres importantes desde el período más antiguo hasta el último de la historia de Israel. María, por ejemplo, se desempeñó como consejera de gobierno (Éxodo 2:4, 7, 8; 15:20, 21) y también fue profetisa (Éxodo 15:20). Tenemos a Débora, esa heroína israelita que sirvió como “jueza”, al igual que otros jueces, y también fue profetisa (Juec. 4; 5). Atalía gobernó como reina sobre Judá durante seis años (2 Reyes 11). Los ministros del rey consultaron a Hulda la profetisa (2 Reyes 22:14). La esposa de Isaías también era “profetisa” (Isaías 8:3). En otro contexto, el libro de Ester cuenta cómo una mujer salvó a la nación.

Algo digno de destacar es que, en el Antiguo Testamento, tanto hombres como mujeres podían hacer el voto nazareo y ser dedicados y apartados para Dios (Números 6:2).

Así, el Antiguo Testamento brinda una amplia evidencia de que Dios escogió a mujeres para el liderazgo espiritual y político, considerándolas capaces de realizar tales tareas.

Mujeres en el Nuevo Testamento

Cuando vamos al Nuevo Testamento, el liderazgo se ejercía por medio de los dones espirituales que el Espíritu Santo da para beneficio de la iglesia y para el cumplimiento de la misión (Romanos 12; Efesios 4). Cada seguidor de Cristo, sin excepción, tiene una contribución especial y única que hacer al bienestar y la misión de la iglesia, según el don que se le ha dado. Ahora, como Iglesia Adventista, consideramos que los dones del Espíritu no son otorgados sobre la base del género. Los dones espirituales relacionados con el liderazgo no son exclusividad del hombre, sino que el Espíritu Santo otorga dones según cree necesario, independientemente del sexo.

El Nuevo Testamento contiene muchos ejemplos de mujeres piadosas que dirigen, predican, enseñan y discipulan: Priscila instruye a Apolos (Hechos 18:24-26); el apóstol Pablo envía un saludo a María y Junia, “muy respetada[s] entre los apóstoles” (Romanos 16:6, 7); se menciona a Febe como diaconisa de la iglesia en Cencrea (Romanos 16:1); Lidia era una mujer poderosa en la comunidad, cabeza de familia y que cuidó de Pablo y Silas (Hechos 16:14, 15); Ninfa es descrita como líder de la iglesia que se reunía en su hogar (Colosenses 4:15); y el apóstol Pablo menciona, entre sus “colegas” o “compañeros de trabajo” (sunergos, en griego) a Timoteo (1 Tesalonicenses 3:2), Tito (2 Cor. 8:23), Epafrodito (Filipenses 2:25), Clemente (4:3) y Filemón (File. 1:1), por ejemplo, pero también a mujeres como Priscila (Romanos 16:3) y Evodia y Síntique (Filipenses 4:2, 3).

Argumentos opuestos

Contrarios a la ordenación de la mujer, ya sea al ancianato o al ministerio, argumentan, por ejemplo, que el liderazgo eclesiástico es una prerrogativa de los hombres, ya que las mujeres siempre han actuado como complemento. ¿Cómo ve este argumento?

Es cierto que vemos una fuerte presencia masculina en el liderazgo del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Por otro lado, ya he mencionado una buena cantidad de ejemplos en los que las mujeres han desempeñado puestos de liderazgo espiritual, al igual que en otros ámbitos. Cuando el Génesis menciona que Eva fue creada como “ayuda idónea”, apunta a que la mujer sería una contraparte adecuada en el mismo nivel de igualdad.

Hay algunos que piensan que, dado que el esposo es “cabeza de la mujer” o “cabeza de la familia”, entonces también tiene que ser “cabeza de la mujer” dentro de la iglesia. Según ellos, esto inhabilitaría a la mujer para ejercer puestos de liderazgo. Sin embargo, según las Escrituras, Cristo es la única Cabeza de la iglesia, mientras que los miembros humanos de la iglesia de Cristo, colectivamente (hombres y mujeres), forman el cuerpo de Cristo (Efesios 1:22, 23; 5:23; Colosenses 1:18; 2:19; cf.1 Coríntios 11:3; Colosenses 2:10). Asimismo, Elena de White señala: “Cristo, no el pastor, es la cabeza de la iglesia” (Signs of the Times, 27 de enero de 1890), y “Cristo es la única Cabeza de la iglesia” (Manuscript Releases, t. 21, p. 274). Ni las Escrituras ni los escritos de Elena de White aplican el lenguaje del “liderazgo cefálico” en la iglesia a nadie más que a Cristo. Además, ni las Escrituras ni los escritos de Elena de White respaldan ninguna transferencia del rol de cabeza en el hogar a los roles dentro del cuerpo de la iglesia.

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