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La deuda de la ciencia con la religión

El estudio científico tuvo como impulso el método de interpretación de la Biblia redescubierto por los protestantes.

Glauber Araújo

A partir del ejemplo que vieron en los intérpretes de la Biblia al inicio del protestantismo, estudiosos de otras áreas buscaron nuevas formas de obtener conocimiento (Foto: Shutterstock)

Vivimos en un mundo estructurado sobre la tecnología y que, por eso, es increíblemente dependiente de ella. Gracias al avance científico, somos capaces de enviar robots a otros planetas, llevar computadoras en la palma de la mano o alrededor de la muñeca y hasta modificar el código genético de las especies.

Mientras tanto, la ciencia no siempre tuvo esa precisión y estatus. Los “científicos” de la Edad Media trabajaban en condiciones bien precarias, comparadas con las actuales. Y esa diferencia no se explica solamente por el abismo tecnológico y de conocimiento que separa a los dos periodos, sino también por el modo con el cual las personas interpretaban los fenómenos naturales.

Algunos estudiosos defienden la idea de que existe una relación íntima entre la forma con que la Biblia (el libro de la revelación especial de Dios) era interpretada y cómo la naturaleza (el libro de la revelación natural de Dios) era estudiada. Este artículo pretende mostrar cómo el método de interpretar el texto sagrado redescubierto por los protestantes tuvo impacto en el modo de hacer ciencia.

De lo alegórico a lo literal

Durante la Edad Media, el método de interpretación alegórico propuesto por Orígenes (185 – 253) fue el más empleado en el estudio de la Biblia. En su libro, Tratado sobre principios, él desarrolla su teoría hermenéutica (de interpretación) defendiendo que todo texto bíblico tiene tres sentidos: el literal, el moral y el alegórico; siendo que el último debería ser el más buscado por los intérpretes cristianos (The AnteNicene Fathers, v. 4, pág. 359).

El método alegórico buscaba encontrar el sentido espiritual del texto bíblico. Así, objetos, animales, lugares o personas relatados en la Biblia representaban verdades espirituales además de ellos mismos. Las cinco piedrecitas que tomó David para matar a Goliat, por ejemplo, eran interpretadas por los exégetas (interpretes) católicos como significando fe, obediencia, servicio, oración y Espíritu Santo. A su vez, para el abad francés Bernardo de Claraval (1090 – 1153), los dientes de la amada de Cantares 4:2 significaban los monjes y la vida en el monasterio.

En este tiempo, todo era visto de forma simbólica; y este método era aplicado a la naturaleza también. El valor simbólico de la naturaleza era visto como superior a su aspecto físico. Y solamente los fenómenos naturales mencionados en las Escrituras recibían atención. Siendo así, la naturaleza no era explorada por su valor intrínseco ni por el interés en sus mecanismos, sino que era utilizada meramente como un repertorio para lecciones teológicas y morales.

Basilio de Cesarea (329 – 379), por ejemplo, afirmaba que “todo animal venenoso es aceptable como la representación de los poderes contrarios o perversos” encontrados en el ser humano (Fathers of the Church, v. 46, pág. 207). Agustín, a su vez, creía que las criaturas aladas representaban a los fieles que habían recibido instrucción en la fe cristiana, y que, así, podrían “volar por los cielos” (Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, v. 1, pág. 199).

Búsqueda restringida a los libros

Otra constante entre la ciencia moderna y la medieval es que la de aquella época no tenía como base la observación y la experimentación, no era empírica como la de hoy. Los “científicos”, como podemos llamar a los filósofos naturales de aquel periodo, restringían sus investigaciones a las bibliotecas. Cuando los océanos o las estrellas eran objeto de estudio, ellos recurrían a los libros de pensadores griegos como Aristóteles o Platón, porque no entendían la investigación científica como un emprendimiento exploratorio o inquisitivo. Predominaba la cultura del libro, en la cual la ciencia era entendida como una actividad de preservación y transmisión del conocimiento obtenido por los autores clásicos de la antigüedad (The New Cambridge Modern History: The Reformation, 1520-1559, v. 2, pág. 423).

Sin embargo, con el advenimiento del protestantismo, Lutero comenzó a defender una hermenéutica literalista de la Biblia. Para muchos protestantes, lo que importaba era el sentido obvio que emanaba del texto. Desde ese punto de vista, no se necesitaba seguir dependiendo de los padres de la iglesia para entender la Biblia. Cada lector tenía autonomía para interpretar las Escrituras.

En busca del sentido literal del texto, los exégetas protestantes se volcaron a las lenguas originales de la Biblia a fin de corregir los errores que habían sido insertados en las traducciones del libro sagrado y que, consecuentemente, influenciaron la distorsión de algunas doctrinas cristianas. El esfuerzo de ellos acabó resultando en el retorno a la fuente del verdadero conocimiento espiritual.

De la contemplación a la observación

Los cambios propuestos por los reformadores como Martín Lutero, Juan Calvino y Ulrico Zuinglio impactaron la sociedad europea del siglo XVI de tal manera al punto de cambiar la filosofía, la educación y las ciencias. A ejemplo de los intérpretes de la Biblia, estudiosos de otras áreas percibieron que necesitaban urgentemente romper con el pensamiento medieval a fin de encontrar nuevos métodos para obtener conocimientos.

Así como los teólogos, los científicos migraron del estudio alegórico o simbólico de la naturaleza hacia un análisis literal y concreto del mundo que los rodeaba. Dejaron el énfasis más contemplativo para tratar de comprender los mecanismos naturales por medio de la observación y experimentación. Su objetivo era controlar la naturaleza a fin de mejorar la condición humana. De cierta manera, el ideal protestante de encontrar el sentido obvio del texto bíblico contribuyó para que la sociedad de la época buscase métodos “científicos” de explicar los fenómenos naturales y de utilizar ese conocimiento de forma práctica.

Además de eso, la lectura literalista del libro de Génesis ayudó a los científicos a mirar de otra forma el mundo natural, pues eventos, personas y lugares relatados en la Biblia comenzaron a ser interpretados como reales e históricos. Las referencias al jardín del Edén, por ejemplo, atraían esfuerzos de curiosos para identificar su verdadera localización y características físicas. “El texto de Génesis, leído literalmente, proporciona destellos que se remontan a la época en que la humanidad tenía un conocimiento completo del mundo natural, ejerció dominio total sobre todas las criaturas y se comunicó en un lenguaje natural que fue perfectamente capaz de retratar la esencia de todas las cosas”, analiza el historiador Peter Harrison, en su libro The Bible, Protestantism, and the Rise of Natural Science (pág. 70).

El papel redentor de la ciencia

En aquel contexto, la caída moral de Adán y Eva también pasó a ser interpretada como un hecho histórico. Así, los exégetas protestantes comenzaron a creer que toda la perfección de la humanidad, incluyendo su capacidad de obtener conocimiento, se había perdido con la expulsión del paraíso. Por eso, como forma de redención, los científicos protestantes comenzaron a ver en el trabajo científico un modo de restaurar a la humanidad a su condición de soberanía original.

Esa restauración del ser humano (y de creación, por consecuencia) debería darse en dos frentes. En el primero, la mente humana restauraría todas las cosas a su unidad original por el conocimiento del mundo natural. En el segundo, el ser humano asumiría el control de la naturaleza, retomando la posición de Adán como mayordomo de la creación. Como podemos ver, para muchos, la investigación científica se convirtió en una actividad redentora y con motivación espiritual.

Ese fue un concepto especialmente defendido por el inglés Francis Bacon (1561 – 1626). En su obra Novum Organum, Bacon argumenta que “el ser humano, por medio de su caída en el pecado, perdió tanto su estado de inocencia como su dominio sobre la creación. Ambas pérdidas, sin embargo, pueden ser reparadas en esta vida de forma parcial – la primera por medio de la religión y de la fe; y la última, por medio de las artes y de las ciencias” (Works, v. 4, pág. 247). Movido por ese ideal “restauracionista”, logró crear una “reforma de las ciencias”, fundamentándola en su conocido método de inducción.

Bacon también fue fundamental en el establecimiento de la Sociedad Real de Londres, renombrada institución que hasta hoy patrocina el avance de la ciencia en el Reino Unido. “El dominio sobre las cosas” era uno de los objetivos de la sociedad, conforme relata Thomas Sprat, primer historiador de la entidad (History of the Royal Society, pág. 62).

Gracias a ese espíritu, Inglaterra fue la cuna del método empírico de Bacon y de las invenciones tecnológicas que dieron paso a la Revolución Industrial en los siglos XVIII y XIX. “Si no fuese por el conocido empirismo británico, fundado por Francis Bacon durante la era isabelina, las ciencias modernas habrían permanecido, en gran medida, como una rama especulativa de la ‘filosofía natural’”, analiza el filósofo y teólogo norteamericano Carl Raschke, en una entrada de la Encyclopedia of Sciences and Religions (pág. 1751).

En resumen, podemos concluir que la interpretación literal del texto bíblico rescatada por los protestantes fue uno de los factores que impulsaron el surgimiento de la ciencia moderna, con su énfasis en el estudio empírico de la naturaleza. Es, por lo tanto, una ironía pensar, en nuestros días, que interpretar literalmente el texto bíblico sea visto como símbolo de fundamentalismo y un obstáculo para el avance científico. Al parecer, la moraleja de la historia entre la ciencia y la religión es que la primera tiene una deuda con la Reforma Protestante.

GLAUBER ARAÚJO es pastor, magíster en Ciencias de Religión y editor de libros en la Casa Publicadora Brasileña.

(Artículo publicado originalmente en la edición de agosto de 2017 de la Revista Adventista)

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