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Iglesia y Estado en Chile: a 100 años de su separación - Parte 1 

Cuando la Iglesia se une al Estado, nace un poder que suplanta la verdad divina, persigue a los fieles y se erige como juez supremo de la conciencia.


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(Foto: IA)

En la palabra profética de Dios no hay cosa más horrorosa que la unión de la Iglesia y Estado. En Daniel la institución que nació cuando el cristianismo se unió al Estado es presentado como un cuerno pequeño que habla palabras contra el altísimo, persigue a su pueblo e intenta cambiar la verdad de la ley de Dios (Daniel 7:25). Pablo presenta a esta misma institución como el hombre de pecado que se levanta contra todo lo que viene de Dios (2 Tes. 2:3-4) y Juan lo representa en su última etapa como una mujer ebria de la sangre de los mártires dominando a una bestia (Ap. 17:3-6). Esta es la fiel imagen de que la religión cuando se une al Estado siempre lo domina y termina convirtiéndose en un poder que proclama la verdad absoluta y persigue a aquellos que considera herejes.  

Daniel y Apocalipsis nos muestran que este poder tendría un periodo de tiempo para gobernar: “tiempos, tiempos y medio tiempo” (Daniel 12:12:7) o “42 meses” (Ap. 13:5). Lo cual da como resultado profético 1260 años. Este lapso inicio en el año 538 d.C y terminó en 1798 d.C cuando se acaba la hegemonía papal sobre los poderes terrenales. Juan vio que a esa bestia de Apocalipsis 13 se le daba una herida mortal, y desde allí su poder declinaría en las naciones (Apo. 13:3) Esto se fue cumpliendo poco a poco, cuando las naciones de Europa y luego los últimos legados del europeísmo en América fueron dejando atrás a la iglesia católica como la oficial, resultando en la separación de los estados de la iglesia.  

 Aunque a través de sus encíclicas como Quanta Cura (1864) el papado trató de defender su postura condenando las ideas de la era moderna, y realzó su poder e infabilidad en el Concilio Vaticano I (1869-1870). Lo cierto era que su hegemonía medieval fue perdiendo fuerza frente a los nuevos pensamientos de un mundo cambiante. 

 En Chile, la libertad religiosa fue fruto de un arduo trabajo de un conjunto de ciudadanos de distintas creencias, los cuales resaltaron que para el bienestar del país era necesario separar la Iglesia del Estado.  

Este 2025 se celebran 100 años de libertad en Chile, la libertad sagrada de elegir adorar a Dios según los dictámenes de nuestra propia conciencia. Es el derecho básico más fundamental porque ni Dios nos obliga a adorarlo. Él nos da libertad, y los adventistas tenemos un largo legado de defensa de la libertad religiosa de todas personas en el mundo. Es por esto que haremos un breve repaso histórico de cómo se dio la separación de la Iglesia y el Estado en Chile. 

La cuestión del sacristán y el Chile liberal 

Desde comienzos de la república existió una tensión en el ala conservadora política, entre aquellos que se consideraban regalistas, que afirmaban que el Estado tenía regalías sobre la Iglesia como el patronato el cual facultaba al presidente para designar a los obispos del país, y los conocidos ultramontanos quienes afirmaban una supremacía del Papa y la Santa Sede por sobre el Estado.  

El punto de clímax de esta antiquísima disputa se dio por un asunto irrisorio, casi caricaturesco conocido en la historia como “la cuestión del sacristán”. 

En enero de 1856 el sacristán menor Pedro Santelices fue despedido porque su hijo decidió junto a unos amigos romper un lucernario de la sacristía de la catedral de Santiago, yéndose directo donde se encontraba el sagrado vino de la santa misa. Estando con el vino deciden bebérselo sin pudor. En ese momento el Sacristán mayor los descubre celebrando en estado de ebriedad y esto repercutió en el despido de Santelices. 

No conforme con el despido, Santelices se quejó ante el cabildo metropolitano, y este lo reincorporó a sus servicios.1 Sin embargo, el canónigo tesorero volvió a apelar al vicario general subrogante y este confirmó la expulsión del Sacristán. Esta batalla continuaría ya que dos canónigos del cabildo metropolitano insistieron en reponer al sacristán apelando al obispo de La Serena, pero con la amenaza de que presentarían un “recurso de fuerza” ante la corte suprema si se les negaba la apelación.2 

Esto causó un revuelo en los medios, ya que un asunto privado de competencia de la iglesia fue a parar a un tribunal ordinario del Estado de Chile. Cuando el arzobispo Valdivieso llegó de una visita pastoral a tratar la cuestión, intentó convencer a los dos canónigos de dar marcha atrás pero el asunto ya estaba zanjado y Valdivieso excomulgó a estos dos canónigos reafirmando la decisión de despedir al sacristán. 

El conflicto Estado e Iglesia se agrandó porque la corte suprema acogió el caso, pese a que el arzobispo Valdivieso solicitó en un escrito que la corte rechace el recurso por ser un asunto espiritual.3 La prensa en Chile se ocupó de dar a conocer el paso a paso de este tema. Finalmente, la corte suprema falló a favor de los dos canónigos. Valdivieso, aunque trato de convencer nuevamente a los canónigos de dar marcha atrás y restituirlos, no fue escuchado. El arzobispo se encontraba en una encrucijada sobre decidir obedecer al Estado y reconocer así su autoridad por sobre los dictámenes de la Iglesia o desacatar y exponerse a la pena de extrañamiento, lo cual significaba el exilio forzoso del país.  

Valdivieso decidió mantenerse firme y pedir amparo al presidente Manuel Montt. Esté ultimo no quiso intervenir en el asunto apelando a que el poder judicial era independiente del ejecutivo.4  

La corte suprema le dio 72 horas al arzobispo Valdivieso para dejar el país. Ante esta escandalosa noticia, algunos acusaban de persecución contra la iglesia defendiendo al arzobispo, las mujeres de la aristocracia fueron vestidas de luto y con lágrimas de sangre ante la casa del arzobispo, llorando su salida y reclamando contra el presidente Montt. Todo era un caos en Chile. Los conspiradores creían que este era el momento perfecto para tomar las calles en una revuelta. El gobierno de Montt asustado por una crisis inminente decidió actuar, enviado a Joaquín Tocornal, superintendente de La Moneda, a negociar con los canónigos para que disintieran de su causa. Tocornal tuvo éxito y los canónigos retiraron su recurso de fuerza. El arzobispo Valdivieso como respuesta les levanto la suspensión y la crisis se aliviano. 

No obstante, dentro del ala conservadora se sufrió un quiebre irreparable. Los ultramontanos que en todo el episodio de la cuestión del sacristán apoyaron al arzobispo y la iglesia, se separaron formando el partido conservador. Por otro lado, los regalistas que estaban del lado del Estado, el presidente Montt y su ministro Varas formaron el partido nacional conocido como Montvarista. Esta disputa llevaría a que los ultramontanos – ahora el partido conservador clerical – hiciera una alianza insólita con los liberales para disputar las próximas elecciones que llevaron a José Joaquín Prieto a la Presidencia. Con esto se da inicio el periodo liberal en Chile en el cual se ve realizado el primer gran cambio al promulgar el año 1865 la ley interpretativa del artículo 5° de la constitución de 1833. Esto permitió la tolerancia de cultos no católicos en privado y la libertad de enseñanza religiosa en escuelas privadas. 

Las leyes laicas 

En la década de 1870 hubo una verdadera lucha religiosa tratando temas como los matrimonios mixtos entre católicos y disidentes, cementerios laicos, la educación e instrucción religiosa, la supresión del fuero eclesiástico y la reforma del Código Penal que incluía delitos penales para los clérigos.5 Esta tensión aumentó con la muerte del arzobispo Valdivieso en 1878 y la elección de su sucesor. 

Por otra parte, los evangélicos en la voz de reverendo David Trumbull jugaron un rol importante en la discusión del proceso de secularización en Chile. “La laicización de la sociedad chilena fue uno de los dos grandes objetivos que se planteó Trumbull”.6 A través de la prensa fue reconocido por dar la batalla de las ideas7 en favor de la libertad religiosa. 

Por medio del diario la Alianza Evangélica, los evangélicos siguieron de cerca la política nacional, expresando sus ideas en cuanto al proceso secularizador que estaba viviendo chile en la época del presidente Domingo Santa María. En una insólita alianza de evangélicos, masones, liberales y radicales8 se ejercía una fuerte presión para separar la Iglesia del Estado. 

En el año 1882 se produjo en quiebre en las relaciones diplomáticas de Chile con la Santa Sede producto de la elección del arzobispo de Santiago, ya que el Vaticano no quiso reconocer al candidato del gobierno Francisco Taforó,9 faltando de esta manera al derecho de patronato del presidente. Producto de esto vendría los que se conoce como “leyes de represalia” o “leyes laicas”. 

 Para 1883 las relaciones entre la Iglesia y el Estado estaban completamente rotas.10 Debido a esto, se aprovecharon de dictar en el gobierno de Santa María entre 1883 y 1884, tres leyes que le restaron poder a la iglesia católica en Chile: 1. Ley de cementerio civil 2. Ley de matrimonio civil y 3. Ley de registro civil. Además, el presidente presentaría una reforma constitucional para separar ambos poderes, pero conservando el patronato y el presupuesto de culto. 

La discusión sobre el proyecto de separación de Iglesia y estado en 1884 fue un punto álgido en el país. El historiador y político Miguel Amunategui consideraba que “desde la Independía acá este es el asunto más grave que hemos debido dilucidar”.11 Estas palabras son relevante en el contexto en el cual se encontraba Chile, ya que venía saliendo victorioso de la guerra del Pacifico (1879-1883) que ayudó a la joven República a darle unidad e identidad. José Victorino Lastarria pensaba de forma similar al expresar que “La separación de la Iglesia y del Estado es el problema por excelencia, el más complejo que puede presentarse a una nación que haya vivido bajo el régimen de una iglesia oficial, con religión de Estado y sin libertad de cultos… Por eso se ha dicho con verdad que la separación de la Iglesia y del Estado no es una reforma política, sino una Reforma Social”.12 

En la discusión sobre la derogación del 5° artículo de la constitución que se llevó a cabo en la cámara de diputados y senadores, tuvo una amplia participación el ministro del interior José Manuel Balmaceda. El ministro busca una separación de Iglesia y Estado gradual, que mantuviera el patronato y el presupuesto de culto, mientras había quienes opinaban que la separación debía ser absoluta. Finalmente, ambas cámaras aprobaron el proyecto de una derogación gradual llevado por la presidencia. Sin embargo, aunque la reforma fue promulgada el 4 de noviembre de 1884,13 no fue ratificada por el congreso elegido para la legislatura siguiente (1885-1888).  

Frente a esta promulgación hubo una amplia decepción de parte de los sectores radicales de la política y el mundo evangélico, quienes abogaban por una separación absoluta. Para 1888 nuevamente fue discutida la ratificación del cambio del 5° artículo de la constitución, pero otra vez el proyecto fue abandonado. Esto llevó a que se generará “el gran defraudamiento” del mundo evangélico con el entonces presidente José Manuel Balmaceda, quienes ahora estaban en abierta oposición a su gobierno”.14   

Para ese entonces, en el mundo católico y conservador se había estado gestado una animadversión profunda hacia la persona de Balmaceda, producto de su participación en las leyes laicas y la reforma constitucional. Algunos sectores mencionaban que se les había enseñado a odiar al presidente Santa María y a su ministro Balmaceda.15  Este odio con raíces religiosas, se radicalizó para el final de su gobierno en 1891. El presidente fue acusado de dictador y se produjo una guerra civil en Chile entre el parlamento y el presidente, lo cual resulto en la muerte de más de 10.000 personas. La guerra culminó con el suicidio del presidente Balmaceda el 18 de septiembre de 1891 en la embajada argentina, dando fin al presidencialismo portaliano que había caracterizado la historia de Chile, e iniciando el periodo que se conoce como el “parlamentarismo a la chilena”, el cual duraría hasta el establecimiento de la nueva constitución en 1925. 

Para 1888 mientras Chile se olvidaba de ratificar la libertad de cultos, la Iglesia Adventista a través del pastor A. T. Jones se caracterizaba por la defensa de la libertad religiosa ante el congreso de los Estados Unidos debido a las leyes dominicales que se buscaban establecer en el país.  

En su fin de llevar el mensaje del tercer ángel a todo el mundo hasta lo último de la tierra, la Iglesia Adventista envío sus primeros misioneros a Chile en diciembre de 1894. Los colportores Frederick Bishop y Thomas Davis pudieron realizar su misión con bastante en éxito en un país que tenía mayores libertades religiosas y que permitía la libre predicación del evangelio. Su mensaje esparcido a través de la venta de publicaciones en una nación que estaba prosperando con el salitre obtenido debido a la apropiación geográfica tras la guerra del pacifico, llegó a muchos hogares lo cual permitió establecer la primera congregación adventista en Huara, al norte de Chile.