El sueño de una iglesia en la selva
Historia de fe en la selva: los desafíos de una comunidad indígena aislada y la pasión por la predicación del evangelio.

Me llamo Avelino Loiola, tengo 69 años y soy indígena de la etnia Taurepang. Nací en Venezuela, pero cuando tenía 10 años, mi padre decidió que nuestra familia vendría a la selva de Brasil. Mi padre era brasileño y decía que sentía que la situación en Venezuela podría complicarse en cualquier momento. Entonces, decidió volver al lugar donde había vivido muchos años antes.
Vinimos a la comunidad de Bananal, cerca de Pacaraima, muy cerca de la frontera entre Brasil y Venezuela. Sin embargo, cuando llegamos aquí, descubrimos que ya no había nadie de la familia de mi padre. Nos quedamos solos, mis padres, mis hermanos, mis abuelos y yo. Éramos 14 personas.
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A pesar de las dificultades, nunca dejamos de guardar el sábado y adorar a Dios. Crecimos en un hogar adventista, e incluso sin tener una iglesia en la comunidad, todos los sábados nos reuníamos dentro de nuestra propia casa. Era una casita simple, donde dormíamos, cocinábamos y también hacíamos el culto.
Alrededor de 1968, recibimos la primera visita de un pastor, llamado João Isídio. Él estaba muy feliz al descubrir que había un grupo adventista aquí. Después de eso, los pastores comenzaron a visitarnos con más frecuencia para ver si continuábamos firmes en la fe. Ellos venían de Boa Vista.
Un día, el pastor viendo nuestra situación le dijo a mi padre: “Esto no es lo correcto. Sé que ustedes son recién llegados, pero dentro de poco deben organizarse y construir una capilla para reunirse”.
Mi padre tomó eso muy en serio. Incluso con pocos recursos, construyó una pequeña casita que empezó a ser nuestra iglesia, pero nuestro sueño era tener una iglesia grande, bonita y llena de personas.
Expandir la misión
Mi padre era un hombre de mucha oración y tenía un gran deseo de llevar el evangelio a otros lugares. Entonces, comenzamos a visitar una comunidad llamada Taxí. Para llegar allí era necesario caminar durante una semana y dormir en el camino. Pasábamos una semana entera predicando el evangelio en ese lugar y después volvíamos a casa.

Era una comunidad muy cerrada y la mayoría de las personas era de otra denominación. Incluso así, continuamos yendo allí y orando por ellos durante dos años.
Un día, el Espíritu Santo tocó su corazón, y algunas personas comenzaron a aceptar el mensaje. El primer bautismo en esa comunidad fue realizado por el pastor Marcos Bentes. Casi 18 personas fueron bautizadas. Pero a algunas personas no les gustó que el número de adventistas comenzara a crecer, y decidieron expulsar a todos los adventistas de allí.
Entonces, los hermanos se mudaron y formaron otra comunidad, que fue conocida como Taxí II. Actualmente, es una de las comunidades con mayor presencia adventista en toda la región.
El sueño cumplido
En la década de 1980, ocurrió algo que marcó a nuestra comunidad. Fuimos elegidos para recibir el proyecto Maranatha Volunteers International, que ayudaría en la construcción de una iglesia nueva para la comunidad de Bananal.
Sin embargo, había un desafío: no había un camino para llegar en auto o camión hasta aquí. Por eso, recibimos dinero para comprar los materiales de construcción y teníamos que encontrar una forma de cargar esos materiales por siete kilómetros, desde Sorocaima hasta Bananal.
Compramos mil ladrillos y setenta bolsas de cemento. Éramos cerca de 30 personas en la comunidad y comenzamos un gran grupo de trabajo. Los hombres cargaban 10 o 15 ladrillos de una vez, en una mochila carguera que llamamos jamaxim. Los niños y mujeres también ayudaban. Ellos tomaban de dos a tres ladrillos, o los que pudieran cargar, y caminaban hasta llegar aquí.

Pasamos casi un mes cargando ladrillos, madera, cemento y tejas por ese camino. Cuando todo estuvo listo, llegaron cerca de 30 norteamericanos del proyecto Maranatha. Ellos estuvieron casi un mes y medio con nosotros construyendo la iglesia. Al final, solo faltó colocar el techo, pero eso lo terminamos nosotros mismos después.
Frutos del evangelismo
Con el pasar de los años, la comunidad fue creciendo. Esa iglesia que un día parecía grande se volvió pequeña. Hoy, tenemos una nueva iglesia, más grande.
Actualmente, cerca de 800 personas viven aquí en Bananal, y casi el 80% de la comunidad es adventista. Cuando alguien llega para vivir aquí, rápidamente se entera que este es un lugar donde el sábado es respetado. No se trabaja en sábado, no se trae bebida alcohólica, ni hay sonidos fuertes. Son reglas de la comunidad, y todos las deben respetar.
Cuando recuerdo toda nuestra historia, pienso en como Dios guió cada paso de esta comunidad. Caminamos muchos kilómetros, cargamos ladrillos en la espalda, dormimos en el camino y enfrentamos muchas dificultades. Pero nada de eso era demasiado pesado cuando el objetivo era predicar el evangelio.
Avelino Loiola es agricultor jubilado y vive en la comunidad indígena de Bananal, en la ciudad de Pacaraima, Roraima, Brasil.