El sol está detrás de las nubes
Cuando todo parecía bajo control, una amenaza surgió, pero el cuidado de Dios se hizo visible incluso en los detalles.

Trece meses. El tiempo de preparación para mi casamiento. Vestido, torta, decoración. Todo perfectamente organizado. Soy una persona práctica y objetiva. Sabía bien lo que quería, el presupuesto del que disponía y tenía a mi novio a mi lado para ejecutar todos los planes.
Planillas, números, plazos, agenda. Todo parecía perfecto y bien alineado. Incluso los pequeños contratiempos que las novias suelen relatar parecían estar lejos de nosotros. Todo estaba perfecto y sentía el cuidado de Dios.
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Siempre imaginé mi “gran día” en un hermoso jardín, al aire libre, bajo la sombra de los árboles. Siendo fotógrafa de casamientos, la escena perfecta ya estaba construida en mi mente. Después de todo, ¿qué construye una bella imagen sino una excelente luz?
Y así fue como lo planeamos. El primer, y único, lugar que visitamos parecía cumplir todos los requisitos. El césped estaba bien cuidado, el jardín era bonito y había un árbol espléndido que sería el marco de la ceremonia. Y además, ¡entraba en nuestro presupuesto! Eso es un milagro en el universo de los casamientos.
Diez días antes de la ceremonia, sin embargo, una nube comenzó a posarse sobre nosotros, literalmente. El pronóstico del tiempo, que hasta entonces mostraba un día despejado, empezó a oscurecer.
El casamiento sería en Brasilia, capital de Brasil, una ciudad que tiene bien definidas las épocas de lluvia y de sequía. El día 14 de abril de 2024 era un período de riesgo. Ya se estaba acercando la temporada seca, pero aún no había comenzado. Es decir, todo era posible, incluso para Dios.
El plan A y el cuidado de Dios
Mi novio y yo comenzamos a investigar qué podría servir como plan B. Carpas, paraguas, cambiar la ceremonia al salón. Ninguna de esas alternativas me traía paz. Al final, toda la belleza de la ceremonia estaba allí, en aquel enorme árbol. Colocar una carpa sería casi un crimen. Además del costo (alto), que no estaba previsto.
Entre un presupuesto y otro, descubrí una infinidad de páginas web que mostraban el pronóstico del tiempo. Tenía todas las pestañas abiertas, actualizando las páginas cada cinco minutos. Pánico total. Si realmente llovía, todo estaría arruinado.
Pero el sábado, ocho días antes de nuestro casamiento, resolvimos hacer lo que deberíamos haber hecho desde el principio: entregar ese problema a Dios. Al fin y al cabo, solo él podría solucionarlo. Pasamos ese día en ayuno y oración pidiendo el cuidado de Dios. Fue una experiencia increíble como pareja y como cristianos.
El domingo, poco a poco, esas mismas páginas web comenzaron a mostrar pronósticos mejores. Y así fue el lunes, martes… El viernes, día de nuestro casamiento civil, estuvo nublado, con una llovizna. Pero eso ya no me preocupaba. Sabía que el cuidado de Dios estaba presente en todo. Para el domingo, la promesa de los meteorólogos era un día despejado, sin lluvia.
Pasamos el sábado en familia y, al día siguiente, bien temprano, mi casi esposo me buscó para llevarme al lugar del casamiento. Me arreglaría allí mismo. En la ruta, algunas gotitas, pero un cielo claro más adelante. Hasta el mediodía, cielo gris, nublado, como si estuviera esperando una oportunidad para descargar toda la lluvia. Pero nada cayó (excepto algunas pequeñas gotas para poner a prueba nuestra fe).
A medida que se acercaba la hora de la ceremonia, las nubes iban dando lugar al sol. Apareció el cielo azul. Fue una prueba más del cuidado de Dios en los detalles y los pequeños pedidos que tenemos. El sol fue tan fuerte que algunos invitados buscaron refugio bajo la sombra de los árboles.
Nuestra recepción, planeada para ser 100 % al aire libre, estuvo acompañada por un clima ameno, suave, sin calor, sin frío. Solo abrazos, sonrisas y amor. Comenzamos nuestra vida como familia siendo bendecidos por Dios, recibiendo la confirmación de que él cuidará de nosotros en los asuntos grandes y pequeños. Y que todos ellos son igualmente importantes.
Al día siguiente… bueno, ¡llovió!
Anne Seixas es periodista, fotógrafa, natural de Rio de Janeiro, Brasil, está casada y tiene dos perritos.