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Rodrigo Silva

Rodrigo Silva

Evidencia de Dios

Una búsqueda de la verdad en las páginas de la historia

Jerusalén resurge del pasado

Columna de dos mil años encontrada en Israel con el antiguo nombre de Jerusalén grabado en letras hebreas.

Hay dos verdades con relación a la arqueología que poca gente divulga, pero son la marca registrada de esta ciencia. La primera es que la arqueología vive de fragmentos de la historia. Guerras, terremotos, acción humana y acción del tiempo hacen que la mayor parte del tesoro llamado “antigüedad” desaparezca sin muchos rastros de su existencia. Eso puede decepcionar a algunos, pero el hallazgo de cada mínimo objeto que ayude a recontar la historia antigua no deja de ser una tarea emocionante.

La segunda verdad con respecto a esta ciencia reside en la ironía de que muchos de los principales hallazgos de Tierra Santa resultaron de descubrimientos accidentales hechos por laicos sin ninguna pretensión arqueológica. Así fue con los manuscritos del Mar Muerto, la inscripción de Siloé y, hace pocos días, la mención hebrea del nombre Jerusalén escrito en hebreo hace más de dos mil años.

Inscripción del pasado 

La inscripción se encontró en una columna removida por trabajadores que escavaban un camino cerca de Binyanel HaUma para construir una nueva carretera. La columna era de los tiempos del Imperio Romano, y cuando se dieron cuenta de que se trataba de algo muy antiguo, llamaron a los profesionales del departamento de antigüedades de Israel para analizar el objeto.

En principio, sería solo una columna romana más entre varias que se habían encontrado en el país. Había pertenecido a algún edificio situado en un pueblo de oleros judíos, es decir, profesionales especializados en hacer vasijas, ánforas, ollas, vasos, etc., tanto de barro como de piedra, debido a la costumbre de purificación de los judíos, bastante popular en los días de Herodes. Seguramente usted recuerda el episodio de las bodas de Caná de Galilea, en las que Jesús mandó a llenar de agua seis tinajas de piedra “conforme al rito de la purificación de los judíos” (Juan 2:6). El oficio de estos pueblitos era justamente fabricar ese tipo de utensilio doméstico y ellos vivieron exactamente en los días de Jesús.

Sin embargo, había algo inédito en aquella columna de los tiempos romanos. En ella había una inscripción hebrea de dos mil años que decía: “Ananías, hijo de los Dodalos de Jerusalén”.  Esta es la inscripción más antigua con el nombre completo de la ciudad (Yerushalayim) con la grafía exacta con la que se la escribe en hebrero hasta hoy. Antes de esto, solo conocíamos las inscripciones del nombre en arameo (como las que aparecen en algunas monedas antiguas) o en la forma abreviada Shalem, que sería la misma ciudad del rey Melquisedec.

El nombre

Sobre el autor de la frase, Ananías, este era un nombre muy común en los tiempos bíblicos. Varios hombres son llamados así en la Santa Biblia. Los más famosos serían el marido de Safira, mencionado en el libro de Hechos; uno de los compañeros de Daniel, que sobrevivió al horno ardiente de Nabucodonosor; y aquel señor de Damasco que le curó la ceguera a Pablo, bautizándolo, muy probablemente, enseguida (Hechos 9:10).

Ananías resulta de la unión de dos palabras hebreas: hannah, que quiere decir “gracia”, y Yah, que es la forma abreviada del nombre sagrado de Dios, YHWH. El sentido, entonces, sería algo como “Jehová es misericordioso”.

El nombre Dodalos, de quien ese Ananías aparece como hijo, sería un nombre griego que algunos creen que es solo una forma de honrar a Dédalos, el antiguo arquitecto griego que construyó, según la mitología, el laberinto del Minotauro. Yo particularmente no considero que esa hipótesis sea la más probable. Es un dato real que los judíos estaban muy influenciados por la cultura griega, pero no al punto de cambiar el nombre de su padre biológico en una inscripción pública por un nombre ficticio. A mi parecer, se trata realmente de un judío llamado Ananías, probablemente fabricante de vasijas de piedra o barro, y que era hijo de un griego o judío helenista llamado Dodalos. Solo para recordar, esa composición era común si recordamos que jóvenes como Santiago y el mismo Juan Marcos eran hijos de madre judía y padre griego o romano.

Ahora, el punto más importante de la inscripción, sin duda, es el nombre Jerusalén, con la grafía que todos reconocían hace dos mil años y que no cambió su fonética hebrea hasta hoy. En un contexto de efervescencia mundial con respecto a Israel, especialmente después del anuncio del presidente Donald Trump sobre la transferencia de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén, este hallazgo puede tener un gran significado político.

Sin embargo, para mí, ese no es el sentido más importante. Y espero que lo primero no opaque el brillo de lo segundo, que es el sentido espiritual. En los tiempos grecorromanos era común que donadores o mecenas tuvieran el derecho de escribir en las columnas de un edificio (especialmente religioso) su nombre, el de su familia y el del dios de su devoción. Este era un indicador de que aquel cuyo nombre todos podían leer en la columna, ayudó a edificar ese santuario. He visto varias de esas inscripciones en templos griegos y sinagogas de los tiempos de Jesús.

Promesa eterna 

No sé precisamente si esa columna formó parte de un santuario, de una sinagoga o si sería llevada como elemento de voto hacia el templo de Jerusalén. Sin embargo, me trae a la memoria una promesa apocalíptica que tengo como frase de cabecera en mi mente: “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo” (Apocalipsis 3:12).

No conozco nada más acerca de este misterioso Ananías que dejó esa inscripción en la columna. Pero sé bastante sobre el gesto y el significado simbólico que el Apocalipsis le da a esa costumbre. Al ver las imágenes de esta columna, le pido a Dios que me dé el privilegio de ayudar a construir su Reino en la Tierra para que mi nombre, junto al de Cristo y la Nueva Jerusalén, estén impresos en las columnas del Santuario Celestial. ¡Que esta sea su oración también!

 

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