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Rodrigo Silva

Rodrigo Silva

Evidencia de Dios

Una búsqueda de la verdad en las páginas de la historia

El Edén: ¿realidad o ficción?

En la Biblia, Moisés detalla el surgimiento de la historia humana (Foto: Shutterstock)

¿Será el Génesis un relato histórico de los orígenes? Muchos entienden que no, que allí tendríamos solo una alegoría similar a otras narraciones mitológicas del antiguo Medio Oriente. Llegan a sugerir que “debemos separar esos capítulos de cualquier evento específicamente histórico”.[1]

Autores clásicos como Teilhard de Chardin [2] llegaron a suponer que Adán sería el primer ejemplar del homo sapiens o de una raza espiritual que siguió a la cadena evolutiva. El gran problema con ese tipo de enfoque es que sus proponentes se olvidan que la doctrina de Cristo está edificada sobre el contenido del Antiguo Testamento, y que a su vez se apoya completamente sobre el relato del Génesis. Entonces, si la historia del Edén en realidad no sucedió, no se produjo la “caída de Adán” y la humanidad no se encuentra contaminada por ningún tipo de “pecado original”. Por lo tanto, no existe ninguna transgresión de la cual es necesario ser redimido y la muerte expiatoria de Cristo no es más que, en la mejor de las hipótesis, un martirio sin significado.

En busca del Adán histórico

Aunque debamos admitir que la historia de Adán parezca un tanto extraña al sentido común, pues no vemos en el mundo real nada que nos recuerde el ambiente edénico que describe la Biblia, debemos recordar que hasta incluso los mejores abogados no se aventurarían a acusar a una persona de “mentirosa” solo porque su declaración refleja un hecho difícil de haber sucedido. La historia de los procesos jurídicos está repleta de casos “extraños” y aparentemente “improbables” que constituían la más pura verdad. Así, un jurista de experiencia prefiere evaluar de manera neutra todo lo que se dice en los informes y entonces buscar “pruebas” o “evidencias” fuera de los que declaren en contra o a favor de lo que fue presentado.

Y no hay un argumento mejor a favor de una declaración que lo expresado por testigos. ¿Hay otras personas que vieron o oyeron lo que se afirmó? Una persona sola puede mentir o equivocarse al describir algo que no sucedió. Pero, cuando cierto número de personas, sin contacto directo entre sí o con el declarante, afirman básicamente lo mismo que él contó, disminuyen casi a cero las posibilidades de haber una equivocación sistemática.

Aunque se trate de un relato extraño, tiene el mérito de la lógica racional y puede realmente haber sucedido en el pasado. Pero es claro que dos personas jamás cuentan la misma historia o describen el mismo evento de la misma manera. Existen contradicciones no esenciales que son perfectamente aceptables. Lo importante es que el testimonio armonice en las bases que lo sustentan.

Si transferimos los conceptos que terminamos de presentar al Génesis, preguntamos: ¿Hay testigos fuera de la Biblia que confirmen las bases de lo que describió Moisés? Después de todo, si Adán realmente existió, estaría en el inicio de las genealogías de todo el mundo, pues todas las civilizaciones más antiguas procederían genéticamente de él y deberían hacer referencias a ese ancestro común.

No se debe esperar, sin embargo, que las tradiciones regionales antiguas sean un calco exacto de la narración bíblica. La historia nos revela que hubo olas de “apostasía” con relación a la teología monoteísta que salió del Edén. La comparación, por lo tanto, debe resumirse a la permanencia de una reseña similar o de elementos antiguos que sobrevivieron al distanciamiento ético en dirección al politeísmo posterior.

Además de la narración bíblica

Las tabletas cuneiformes encontradas en Oriente revelaron que desde largo tiempo existió en Mesopotamia una tradición histórica acerca de Adapa. De ella ya fueron encontrados cuatro fragmentos, tres de ellos derivados de la biblioteca de Assurbanipal y el más extenso y antiguo de los archivos egipcios de El Amarna, escritos alrededor del siglo XIV a.C. [3]

El poema gira en torno de la problemática de la vida eterna, pues, según su relato, el primer hombre, llamado Adapa, había recibido gran sabiduría, pero no era naturalmente inmortal [4]. Por la creación era el hijo del dios Ea y vivía en la ciudad sagrada de Eridu. Es curioso notar que Eridu y Edén proceden de la misma raíz etimológica en conjunto con el sumeriano Edin o Edenu (que también quiere decir “paraíso” o “planura”). Coincidentemente, Lucas también enumeraría la genealogía humana a partir de Adán, calificándolo como en el mito de Adapa, hijo de Dios (Lucas 3:38).

La historia prosigue diciendo que Adapa vivía en medio de los “Anunnakis”, palabra que recuerda mucho el término Anaquins, o gigantes, que tenemos en la Biblia. Después presenta su falla al romper la vela de su barco el “ala” del viento sur, impidiendo que soplara sobre la Tierra.

En su juicio delante de los dioses, Adapa rehúsa alimentarse del pan y del agua de la vida. Eso, en verdad, era una prueba, pues él sabía que no le estaba permitido participar de un alimento reservado a los dioses. Desconforme, el dios Anu le pregunta: “¿Por qué no has comido ni bebido [del agua de la vida]? Si [lo haces así] no podrás tener la vida eterna” [5]. Estas palabras son un eco de la misma propuesta de la serpiente al ofrecer el fruto a Eva: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios”. También recuerdan la prohibición divina del acceso adánico al árbol de la vida eterna (Génesis 3:24).

Adapa, por lo tanto, es elogiado en su actitud de reusarse a comer del alimento prohibido. Lo único que él aceptó de los dioses fue tomar sobre sí un segundo manto, dado para sustituir al primero, que era el manto de lamentación, y ser ungido con aceite. Esos elementos simbolizan la justicia que se otorga por otro a aquel que merecía morir. Aunque el Génesis no diga nada sobre el aceite, trata el tema de las dos vestiduras de Adán, que primero hace para sí y su mujer a partir de cintas de hojas, y al final es vestido con un segundo manto producido a partir de la piel de un animal (Génesis 3:7 y 21).

En la mentalidad de la época, era fuerte la idea de que la inmortalidad no es algo que nos pertenece naturalmente: la otorgan los dioses. Lo mismo en la visión bíblica, el hombre no es creado como ser inmortal, sino un candidato a la inmortalidad mediante la obediencia. Con la entrada del pecado, perdimos la vida eterna y solo en Cristo podemos recuperarla [6].

Con las peculiaridades propias de cada poema, esa misma estructura de creación y caída del género humano aparece en otras historias esparcidas por el antiguo Oriente Medio. Y todas, igualmente poseen semejanzas increíbles con el relato bíblico.

En el épico babilónico de Gilgamesh, el legendario héroe sumeriano tiene un amigo, Enkidu, que es seducido por una cortesana de la diosa Ishtar y pasa a tener un “conocimiento pleno” [¿conocimiento del bien y del mal?]. Después de haber ocurrido eso, Ishtar le declara: “Ahora eres un conocedor, Enkidu. Serás igual a dios”. Entonces ella improvisa vestiduras y lo viste con ellas [7].

Curiosamente, los primeros registros escritos de la humanidad fueron producidos más o menos en la misma época, tanto en Mesopotamia como en Egipto. ¿Por qué justamente en esos dos países? Probablemente porque fueron esos los dos centros que más rápido se desarrollaron después del diluvio, generando las comunidades urbanas más antiguas de la historia.

Allí, la unificación política de los clanes y de las tribus en torno de un sistema religioso/gubernamental (como fue el caso de la torre de Babel) resultó una sociedad centralizada que se organizaba a partir de una estructura bastante compleja. Este modelo social exigió en poco tiempo la creación de un sistema de contabilidad y comunicación confiables que pudiera servir de referencia en el comercio y en la repartición de los bienes [8].

Así, pasarían todavía más de mil años entre este período y el nacimiento de Moisés. Pero, si la historia que él escribe es verdadera, obligatoriamente debemos encontrar a partir de aquí las primeras referencias a Adán, ya que este sería, de acuerdo con Génesis, el progenitor común de todos los pueblos. Y, por increíble que parezca, esa referencia existe y se encontró una cantidad mayor que lo necesario para evaluar el texto bíblico.

Origen común

Miles de tabletas cuneiformes fueron excavadas en la región que comprende la antigua Mesopotamia. Eran recibos, cartas, leyes, documentos de propiedad, etc. Algunos tenían por contenido listas genealógicas e historias tradicionales sobre los comienzos de la humanidad. Al evaluarlos, cual no fue la sorpresa de los arqueólogos al notar que muchos tenían semejanzas bastante acentuadas con lo que sería posteriormente la escritura de la Biblia.

Se notó una extraordinaria coincidencia, por ejemplo, en la forma como los documentos antiguos egipcios y de Mesopotamia llamaban al primer ancestral de la humanidad: Adamu, Adime, Adapa, Alulim, Alorus, Atum, Adumuzi, etc. Entonces, ¿no sería razonable suponer que todas estas formas constituyen variaciones ortográficas del mismo nombre, Adán?

Note que la forma hebrea Adam se adecúa naturalmente en todas las variaciones. La semejanza fonética es muy acentuada. Es como si conociéramos a un hombre llamado Juan, pero que los alemanes llaman Johann, los ingleses John, los españoles Juan y los franceses Jean. A pesar de las diferencias idiomáticas, existe una raíz temática que permanece en todas las formas de la escritura o pronunciación.

Una tableta encontrada en 1934 en el sitio arqueológico de Khorsaba, a 22 km de Nínive, contiene una lista de reyes asirios comenzando con “diecisiete reyes que vivieron en carpas”, probablemente líderes de pueblos nómades. “Tudia” es el primer nombre de la lista seguido por “Adamu”, que muy probablemente sería un título de la realeza proveniente de un antecesor famoso, como fue el nombre César para los emperadores romanos.

Más adelante, en otra lista, está el 37º rey, llamado Puzar-Assur. Él era uno de los varios reyes nombrados en homenaje a su antecesor Assur, el fundador de Asiria. En Génesis 4:22 encontramos la misma costumbre en uno de los descendientes de Caín que se autodenominó Tubalcaim. Así, es posible que Adamu haya sido un rey que asumió ese nombre en homenaje a otro Adamu importante que existió antes de él. ¿Y por qué no suponer que sería un homenaje al Adán que vivió en Edén?

Los arqueólogos también notaron que por lo menos seis elementos históricos del Génesis se encontraron en tabletas que ahora eran traducidos por peritos en paleografía [9]. De manera bastante común, ellos mencionaban:

  1. La creación y desobediencia de un matrimonio humano que pierde el paraíso.
  2. La maldición que sigue a la desobediencia y trae la muerte a los habitantes de la Tierra.
  3. El inicio de la familia humana marcado por la tragedia de un homicidio.
  4. La humanidad que se vuelve mala, y por eso es destruida por un diluvio.
  5. La destrucción de casi todos menos algunos que preservaron los dioses.
  6. Una confusión de idiomas que dispersa a los hombres por los cuatro extremos de la Tierra.

Tradición universal

Esos paralelos literarios derribaron la tesis de que la narración del Génesis sería un mito creado por Moisés. Algunos, sin embargo, continuaron negando la historicidad bíblica, sugiriendo esta vez que esos relatos mesopotámicos eran los originales y que el Génesis sería un plagio de obras literarias y existentes.

Desmintiendo esta última hipótesis, K. A. Kitchen escribió que “la suposición común de que este relato [bíblico] es simplemente una versión simplificada de leyendas babilónicas es un sofisma en sus bases metodológicas. En el antiguo Cercano Oriente la regla es que relatos y tradiciones pueden surgir (por agregado o embellecimiento) en la elaboración de leyendas, pero no lo contrario. En el antiguo Oriente, las leyendas no eran simplificadas para ser pseudo historias como se ha sugerido para el Génesis” [10].

Al contrario de ser un plagio, el Génesis posee las características de ser casi una “corrección” de lo que lo antecede. Prueba de esto es el hecho de que entre todos los textos él es el único que asume un monoteísmo clásico en medio de las versiones milenarias que preferían atribuir a los “dioses” la obra de la creación y juicio del planeta Tierra.

Hasta incluso Levi Strauss, que consideraba el relato de la creación un mito, fue forzado a admitir que “gran sorpresa y perplejidad surgen del hecho de que esos temas básicos para los mitos de la creación son mundialmente los mismos en diferentes áreas del globo”, especialmente fuera de Medio Oriente [11].

Por lo tanto, lo que nos resta es creer la hipótesis de que tanto el Génesis como esos mitos (por más distorsionados que estén) procedan igualmente de una misma raíz histórica, a saber, la tradición adánica. Todos ellos narran, a su manera, un hecho que realmente sucedió y quedó marcado por muchas generaciones, en la memoria de los pueblos. La distorsión, por supuesto, fue volviéndose más acentuada a medida que los descendientes de Adán se sumergían en el politeísmo, perdiendo de vista el aspecto monoteísta de Dios que venía desde el Edén.


Referencias

[1] Peter James Cousins, Ciencia y Fe – novas perspectivas, São Paulo: ABU Editora, 1997, 174.

[2] Pierre Teihard de Chardin, The Appearance of Man, New York: Harper and Row, 1965.

[3] Cf. la traducción inglesa en ANET. 101-103; 313, 314, 450, 606.

[4] La idea de que Adapa sería el primer hombre está en la expresión: “Ea lo creó como un modelo de los hombres” (ANET, 101, línea 6). Aquí la palabra traducida por “modelo” puede leerse en el sentido de jefe o ejemplo a ser seguido, pero siempre manteniendo la connotación cronológica y moral de “el primero de todos”.

[5] ANET, 102 línea 67.

[6] Para más comparaciones ver: William H. Shea, “Adam in Ancient Mesopotamian Traditions” AUSS, (Spring 1977), 27-42.

[7] ANET, 73 líneas 16ss.

[8] André Lamaire, Escrita e línguas do Oriente Médio antigo”, in A. Barucq [et.al], Escritos do Oriente antigo y fontes bíblicas, São Paulo: Ed. Paulinas, 1992, 13.

[9] La paleografía es el estudio de los registros más antiguos y formas de escritura de la humanidad.

[10] K. A. Kitchen, Ancient Orient and Old Testament, Downers Grove, IL: Inter Varsity Press, 1966, 89.

[11] Claude Levi-Strauss, “The Structural Study of Myth” in Structural Anthropology, New York: Basic Books, 1963, 208.

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