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Paulo Rabello

Paulo Rabello

Misión II

Hasta donde van personas que se colocan en las manos de Dios para servir en la misión de predicar el evangelio

Jesús ¿es el Hijo de Dios?

Cuando le preguntan si usted cree que Jesús es el Hijo de Dios, ¿entiende la presuposición por detrás de esa pregunta? Foto: Shutterstock

Han pasado dos años y medio en Medio Oriente, pero el aprendizaje no se detiene. Todos los días, en todas las situaciones, en todos los encuentros, siempre logramos descubrir cosas que, hasta ese momento, eran totalmente desconocidas para nosotros. Las sorpresas son constantes en el campo misionero. A veces son buenas, otras, no tanto. La paciencia, la adaptación y la resiliencia son características fundamentales para quien anhela servir a Dios en cualquier escenario, en especial si es fuera de su país de origen. Esos son frutos del Espíritu, sin los cuales se compromete totalmente el servicio.

Una de las tareas más sensibles de adaptación para nosotros es lo relacionado a la religión. Definitivamente, en esta cuestión, no todo es blanco o negro. Hay incontables áreas grises, y se necesita mucha cautela para navegar en esas aguas turbias.

Recuerdo las primeras veces que recibimos visitas en la iglesia, y la curiosidad con la que venían esas personas; con una serie de preguntas relacionadas a la vida espiritual y a Dios. Nos animaba la posibilidad de poder compartir nuestra fe y explicarles a nuestros nuevos amigos las cosas en las que creemos y el porqué. Sin embargo, muy pocas veces la conversación avanzaba. Parecía que, después de la emoción inicial, nuestras respuestas se convertían en un balde de agua fría en la cabeza de nuestros amigos musulmanes.  Fue entonces que, después de conversar con un amigo que había servido por muchos años en un país de Asia, entendimos que nuestros amigos nos hacían una pregunta y que nosotros, sinceramente equivocados, les estábamos respondiendo otra. Pero el idioma no era el problema. Él nos explicó a través de historias que él mismo había visto cómo, muchas veces, los occidentales no logran entender las preguntas de los árabes con relación al cristianismo. Permítame darle un ejemplo práctico para que pueda comprenderlo mejor.

Normalmente, los musulmanes que entran a nuestra iglesia preguntan algo sobre Jesús. Son cosas como: “¿Cree usted que Jesús es el Hijo de Dios?”. Cualquier cristiano, por menor que sea su conocimiento teológico, sabe que la respuesta es “sí”.  Hay varios pasajes en las Escrituras que dan evidencia de eso. Pero, en ese contexto, en un país árabe musulmán, esa no es la respuesta correcta. Eso porque no logramos entender realmente cuál fue la idea implícita en la pregunta.

Entender el concepto intrínseco detrás de ese cuestionamiento es la clave para que un cristiano occidental pueda responderles correctamente a sus amigos musulmanes. Y el concepto para ellos es literal. O sea, por detrás de esa pregunta, ellos presuponen que los cristianos creen que hubo una relación sexual entre Dios y María fruto de la cual nació Jesús. Ese es el cuestionamiento, realmente. Y claro que la respuesta es “No. Dios no tuvo sexo con María”. La Biblia dice que el Espíritu Santo, de manera milagrosa y misteriosa, simplemente la hizo concebir. Y es exactamente nuestra posición sobre ese tema lo que ellos quieren saber.

Un día, estábamos en una heladería cuando surgió este tema, y no pasó mucho tiempo hasta que nos preguntaran sobre Jesús y su origen. Éramos un grupo de siete adventistas y tres musulmanes. Todos se quedaron en silencio esperando que el pastor respondiera. Por primera vez, dije que no creíamos que Jesús era el hijo de Dios. Todos se miraron entre sí y abrieron grandes los ojos. Por supuesto, continué explicando lo que, realmente, entendemos de ese asunto: el misterio de la encarnación y el hecho de que no creemos que hubo una relación carnal entre Dios y María. A medida que les fui explicando, todos (incluso los adventistas) la fueron comprendiendo, y la conversación, en vez de extinguirse, se extendió a otras áreas.

Después de que nuestros amigos musulmanes se fueron, conversamos sobre lo que había sucedido y sobre cuán atentos debemos estar a esas presuposiones, a lo que está implícito o sobreentendido en las preguntas de quienes desean conocer más de Cristo. Tenemos una obligación espiritual de ser fieles a la verdad bíblica y, al mismo tiempo, celar para que nuestra teología no aleje a las personas del Creador. Aquel día, todos aprendimos una lección importante: para compartir el evangelio, debemos escuchar más que hablar; escuchar incluso lo que no se dice, las ideas no verbalizadas. Solo así podremos hacer la obra que Dios nos confió de manera más eficaz.

 

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