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Pablo Ale

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El Mundial, el sábado y la final de béisbol de 1975

“Acuérdate del día de reposo[a] para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios” (Éxodo 20:8-10)

El martes 21 de octubre de 1975, en el Fenway Park, Carlton Fisk (de los Medias Rojas de Boston, EE.UU.) lanzó un bateo impresionante para desempatar ese partido de la final del campeonato de béisbol de 1975. El parejo encuentro estaba 6 a 6 en carreras y ese golpe histórico le dio la victoria al equipo local por 7-6.

La particularidad del caso es que la pelota parecía que no iba a salir del terreno de juego (si esto pasaba, el tanto no se concretaba). Por eso, Fisk levantaba y agitaba sus brazos al aire, como haciendo fuerza para lograr que la pelota saliera. Este movimiento (inútil, debido a la distancia) quedó registrado en fotos y videos como muestra de la pasión de un hombre por la victoria. Para completar esta escena (que parece sacada de una película), la pelotita pegó en uno de los postes de la línea de “foul” y volvió a ingresar. Pero, como pegó en la parte que marca que estaba fuera del área de juego, fue considerada afuera. Por lo tanto, fue “home run”; es decir, punto para los Medias Rojas.

Cuando esto sucedió, la gente invadió el terreno de juego para festejar.

Este hecho está considerado por los especialistas como uno de los más emotivos y atrapantes en la historia del deporte. Y es contado con maestría en la película Good Will Hunting(en español se tradujo como “En busca del destino”, o “El indomable Will Hunting”). El film cuenta la historia de Will (Matt Damon), un talentoso joven que, por algunos problemas de conducta, debe hacer terapia con un psicólogo. El profesional que lo atiende es representado por Robin Williams (quien también está sufriendo por la reciente muerte por cáncer de su amada esposa), y entre ellos se forja una gran amistad.

Una de las escenas más memorables es cuando el psicólogo le cuenta a Will cómo conoció a su esposa, el gran amor de su vida. Fue, justamente, el 21 de octubre de 1975. Él, con un grupo de amigos, había pasado toda la noche en la calle con el fin de conseguir una entrada para ese partido que sería histórico. ¡Y las consiguieron! Antes de ir al cotejo, ellos estaban en un bar, esperando la hora del inicio. Y allí entró ella, la joven que cautivó a Robin Williams. En el diálogo, él relata lo emocionante que fue conocerla y que se dio cuenta de que sería el amor de su vida. Mientras tanto, recuerdan el partido…

–Imagínate, Will, 35 mil personas paradas allí, gritando. Y Fisk batea y mueve sus brazos queriendo empujar la pelota y gritando ¡Sal del campo, sal del campo…!

–¡Qué bueno que conseguiste entradas para estar allí!

–Y, cuando se concreta en “home run”, todos invaden el campo para festejar…

–¿Saltaste también al campo para festejar?

–No, porque no estaba allí.

–¿Cómo que no estabas? ¡¿Cómo que no estabas?!

–No fui al partido. Me quedé en el bar con la chica.

–¿Tenías entradas para esa final y no fuiste?

–Tomé la entrada y la puse sobre la mesa del bar. Y les dije: Señores, no puedo ir. Me quedo aquí con mi futura esposa.

¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer!¿Cómo permitieron eso tus amigos?

–Es que vieron el brillo en mis ojos. Sabían que hablaba en serio. Y te digo algo, Will: Ni un solo día de mi vida he lamentado haberme perdido ese partido por quedarme allí con ella.

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Esta vida ofrece muchas atracciones: eventos, grupos de amigos, viajes y también partidos de mundiales de fútbol. A veces, estas cosas no son malas en sí mismas. Otras pueden complicarnos o afectarnos en las tareas diarias, en nuestros objetivos de vida, en nuestras relaciones y en nuestra relación con Dios. La desmedida pasión por un espectáculo deportivo puede parecer inocente, pero está cargada de peligros.

¿Qué haremos cuando un partido de la selección de nuestro país se juegue en sábado en el Mundial de Rusia?

En una película, Robin Williams se pierde una final memorable por conversar con el amor de su vida. Solo anhela estar con esa persona. Ni siquiera le importa la opinión de sus amigos. Sus motivaciones no se basaban en un requisito por cumplir, en una carga que llevar o en una apariencia que presentar. Su motivo era el amor.

Lo mismo pasa cuando amamos a Jesús. Ni el partido más emocionante de la historia de los mundiales se compara con pasar tiempo con él. Si uno de esos partidos se juega en sábado, como hijos suyos tenemos el inmenso privilegio de disfrutar el día con él en vez de estar pendientes de un resultado deportivo.

Estar con Jesús es para nuestro beneficio. El partido de un Mundial puede darnos alegrías (o no), según el resultado.

Estar con Jesús es eterno. El partido de un Mundial es pasajero.

“Si me aman, guarden mis mandamientos” (Juan 14:15), dijo el notable Maestro de Galilea. Y luego recordó: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:21).

Qué lindo sería que, ante la decisión de mirar un partido en sábado (o hacer cualquier otra cosa que distraiga nuestra atención de Jesús), podamos decir: “No voy a verlo. Voy a la iglesia a adorar a Dios”.

Si lo hacemos de corazón, ni un solo día en la vida nos lamentaremos por habernos perdido un partido en sábado.

Si lo hacemos de corazón, la paz celestial se reflejará en nuestro rostro y el brillo del amor iluminará nuestros ojos.

Dudo que exista mejor testimonio que este.

 

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