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Columna | Odailson Fonseca

El juego del calamar – escasez de paz

¿Por qué es importante que los cristianos hablen más sobre la paz en tiempos de tanta violencia y desprecio por la dignidad humana?


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La paz, tan presentada en cientos de textos bíblicos, es la antítesis de lo que muchos predican hoy y de lo que algunas series también retratan (Foto: Shutterstock)

Superó todo récord. En 28 días, más de 111 millones de hogares consumieron sus episodios.  Esto hizo que sea la serie más vista de la historia de Netflix. Como solo se habla de eso en el streaming space, se trata de un asunto que nos hace reflexionar. Estoy hablando de El juego del calamar, una serie surcoreana que transformó los juegos infantiles en la lucha por la supervivencia. Sí, de los 456 participantes que compiten por el premio de más de 38 millones de dólares estadounidenses, en esta historia siniestra, el que pierde paga con su propia vida. Y se encuentra sangre escenográfica que salpica la pantalla.

Luz roja, luz verde

Confieso que no miré la serie. Las escenas violentas que intentan hacer sintonía de una masacre en colores vibrantes, desviaron mi interés por este espectáculo revertido. Es un fenómeno que usa la agresividad social como materia prima. Por eso, sinceramente, y sin hacer publicidad, no creo que esto merezca ocupar el tiempo de quien tiene otras cosas en qué pensar, soñar y testificar, incluso porque para hablar de un cocodrilo no es necesario entrar al agua con él.

Sin embargo, con tantos usuarios maratonistas en el recorrido del entretenimiento digital, vale hacer una sinopsis conceptual (sin spoilers) de El juego del calamar. Aquí va: es una crítica pesadísima a la negligencia de la valoración humana en donde la rivalidad por ganar se deforma en la lucha más sombría por la existencia, además de que deshace la desigualdad como combustible deshumanizador cargado de orgullo, egoísmo y descuido por las “criaturas hechas a imagen de Dios” (Génesis 1:26-28).

Nada nuevo debajo del cielo, ¿está de acuerdo?

La verdad es que todo este contenido puede resumirse en una sola expresión: escasez de paz. ¡Eso es! Durante siglos y siglos, nuestra sociedad enfermiza continúa como rehén de la profecía posedénica “[…] maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida” (Génesis 3:17). Desde entonces, el hombre nunca más tuvo plenitud de calma y tranquilidad. Transitamos una vida que carece de la tranquilidad solidaria y es capaz de tratar con violencia la perfección que el Creador cariñosamente imprimió en su obra maestra en la creación. Es la economía de la falta de amor. Donde se dedica tiempo a escapar de la muerte, tan inevitable y cada vez más cercana.

¿Pesimismo? Solo realismo que sale de la pantalla y llega nuestro desayuno diario. “La época en que vivimos es importante y solemne. El Espíritu de Dios se está retirando gradual pero ciertamente de la tierra. Ya están cayendo juicios y plagas sobre los que menosprecian la gracia de Dios. Las calamidades en tierra y mar, la inestabilidad social, las amenazas de guerra, como portentosos presagios, anuncian la proximidad de acontecimientos de la mayor gravedad”[1].

En la escasa felicidad explorada por nosotros, sobrevivientes, sobran ejemplos tristes de soledad, vacío sin fin y agresividad, que tiñen nuestras memorias de sangre de verdad. Además, la pandemia que nos distanció contribuyó aún más al aislamiento existencial de nuestra raza caída. Con el optimismo enrarecido, la Biblia es muy actual: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19). Este es el absolutismo del enemigo. Por eso, menciono una cita de Manuel Castells, en su libro Redes de Indignação e Esperança [redes de indignación y esperanza], cuando afirma que “un mundo no violento no puede ser creado por la violencia, mucho menos por la violencia revolucionaria”[2]. Eso es fuerte y necesario. La violencia es el arma verdadera para combatir al totalitarismo opresor de la significancia.

Paz

Ya que existen más de 400 citas bíblicas que mencionan directamente la importancia de la paz, necesitamos hablar, pensar y mostrar este atributo del cristiano en tiempos de su ausencia. “Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera. El Señor sea con todos vosotros” (2 Tesalonicenses 3:16). ¿Lograremos ser pacificadores genuinos?

“En la sociedad del desempeño es necesario poder cerrar los ojos, o el sujeto del desempeño se despedaza bajo la coacción de tener que producir siempre más desempeño”.[3] ¿Será posible cerrar los ojos en tiempos de obsesión extrema en la competencia por el podio exclusivo? Se hace necesaria la reversión transformadora que solo Dios puede hacer.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). Ese es el último juego de quien va más allá de la escasez de paz. Sin esperar que el próximo sea la mecha del bien que detone la revolución de la serenidad, de la plenitud, de la solidaridad. Que lo mejor que está por venir comience desde ya. Después de todo, una generación que consume violencia de sobra necesita con urgencia rever sus conceptos. Hay esperanza contra la avaricia para el premio del verdadero éxito. ¿Qué éxito? “Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Colosenses 3:24).

Entienda de una vez que los pacificadores son los herederos del Reino, heraldos del bien e “hijos de Dios” (Mateo 5:9). Promueva la serie profética de un Dios que está por venir y realice una maratón de comunión con él. Lo mejor está por venir, y no habrá escasez de nada más.


Referencias

[1] Elena de White. Testimonios para la Iglesia, t. 9, p. 11.

[2] Manuel Castells. Redes de Indignação e Esperança, p. 128.

[3] Byung-Chul Han, Favor Fechar os Olhos, p. 30.

Odailson Fonseca

Odailson Fonseca

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Innovación joven bajo una perspectiva inteligente

Teólogo y publicitario, dirige el departamento de Comunicación de la Iglesia Adventista para el estado de Sao Paulo, Brasil. @odailson_ucb