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Juan Martín Vives

Juan Martín Vives

Fe, razón y libertad

Un enfoque bíblico-cristiano sobre la libertad de conciencia

Nosotros y los otros

La empatía es una característica esencial de las relaciones sociales saludables. (Imagen: shutterstock)

En la primera nota de la serie el autor alertaba sobre los peligros del populismo para la religión. Resaltaba también que, si bien no hay una única definición del populismo, existen algunas características que permiten identificar a los líderes populistas. En la presente nota desarrolla una de ellas: la polarización social.

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Bienvenidos a la sociedad polarizada

“¿Verde o azul?” Esta es una pregunta muy habitual en mi país en los últimos meses. Es una referencia a los colores de los pañuelos que usan los partidarios de la despenalización del aborto, y quienes se oponen a esa reforma. Pero es mucho más que eso. Es una forma de dividir a la sociedad en dos, de señalar con total claridad quién está con nosotros y quién es el enemigo.

Por supuesto, esta es una simplificación engañosa: cada uno de estos sectores lejos está de homogéneo. Por el contrario, entrañan una cantidad de ideas y propuestas diversas. Uno bien podría estar de acuerdo con uno de los argumentos, pero no con el otro, o ver ciertos matices en las ideas. Pero la división binaria de la sociedad impide pensar demasiado. Las personas son reducidas a simples colores, como si se tratara de un equipo de fútbol o de un ejército. No existe más el individuo, sólo la bandera. No hay espacio para ser verde azulado o azul verdoso.

Mientras asistimos a un renovado auge del populismo, los casos como este se multiplican alrededor del mundo. Para los líderes populistas, esta clase de división binaria de la sociedad es esencial. Tener un enemigo con características identificables (nacionalidad, religión, partido político) es la forma de mantener a su base unida y de que la autoridad del líder no sea discutida, ni tampoco los sean sus métodos. A medida que la grieta se profundiza, se entorpece cualquier intento por reflexionar o analizar las cosas con mayor detenimiento o perspectiva.

Los cristianos frente a la grieta

Uno de los problemas de la polarización es que cuando identificamos como enemigo a cualquiera que piense, crea o actúe diferente, las divergencias normales de la vida en sociedad se convierten en una guerra. Y en la guerra todo vale. Acabamos enfrentados a muerte, no ya por los asuntos trascendentes, sino también por los detalles más nimios. Cuando vivimos en una cruzada, los fines terminan justificando los medios, incluso los más atroces. Alcanza con consumir las noticias o navegar las redes sociales para ver como el enfrentamiento social permanente parece absolvernos de las restricciones mínimas de la decencia.[1]Esto, desde luego, es inaceptable para los cristianos, que debemos ajustar nuestro comportamiento a los principios que Dios nos ha revelado, y no a las exigencias pasajeras de una batalla cultural o política.

Otro serio inconveniente de la polarización es la “tribalización”. Cuando tenemos la percepción de estar rodeados de enemigos, lo normal es que encerrarnos en nuestro propio grupo de pertenencia. Un reciente estudio en Estados Unidos muestra que las personas tienden a hacerse amigos solo de quienes son similares.[2]Por ejemplo, un 74% tienen amigos solo de su propia raza o etnia, un 63% de su mismo nivel educativo, un 70% de un estatus social similar. Es muy significativo que entre los evangélicos esa tendencia se profundiza: 91% sólo tiene amigos que comparten sus mismas creencias religiosas, y 86% sólo comparten con personas con su misma opinión política. Qué contraste con el modo en que Jesús elegía a sus compañías.

Movernos dentro de la tribu contribuye a reconfirmar que estamos en el bando correcto de la guerra (“a fin de cuentas, todos mis amigos de Facebook piensan lo mismo que yo”). Por otro lado, esta tribalización atenta contra el desarrollo de la empatía,[3]es decir, la capacidad de ponernos en los zapatos del otro, de comprenderlo, aunque no estemos de acuerdo. La empatía es una característica esencial de las relaciones sociales saludables.

La tribalización se ha trasladado a la política, como es evidente. Cada vez más, quienes comparten partido político coinciden no solo en la ideología, sino también tienen similares origen étnico, nivel educativo y estatus social. Lo más grave es que la religión ha pasado a ser un factor de esa tribalización política. Y uno muy importante. El impresionante 81% de votos que obtuvo Donald Trump entre los evangélicos blancos en la elección de 2016 fue una clara demostración de que los partidos están ahora divididos no solo por orientación ideológica, sino también por características étnicas y creencias religiosas. Tres cuestiones altamente polarizadoras, que generan el caldo de cultivo para la intolerancia y hostilidad que vemos día a día.

Constructores de puentes

Pero los cristianos no podemos vivir de acuerdo con la lógica de la polarización y de la exclusión del otro. No al menos si queremos ser coherentes con nuestra creencia de que Dios ha creado al ser humano. Que ha sido Él quien puso su imagen en los hombres y las mujeres. Los cristianos no tenemos derecho a deshumanizar al prójimo. Ciertamente es algo que Jesús, nuestro ejemplo de vida, nunca hizo.

Los líderes populistas apuestan a que la grieta que divide a nuestra sociedad se profundice cada día más. Los cristianos, en cambio, estamos llamados a construir puentes, a tender la mano, a poner la otra mejilla. Nos mantenemos firmes en nuestros principios, pero entendemos que tener otras convicciones o hacer otras elecciones vitales no convierte a los demás en nuestros enemigos. Y, en todo caso, recordamos el incuestionable mandato de Jesús: “Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los maltratan.”[4]


[1]https://www.newyorker.com/news/daily-comment/a-new-report-offers-insights-into-tribalism-in-the-age-of-trump

[2]https://www.barna.com/research/friends-loneliness/

[3]https://www.barna.com/research/americans-soften-immigration-2017/

[4]Lucas 6:27-28 NVI

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