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Helio Carnassale

Helio Carnassale

Manteniendo la visión

Teólogo, y magíster en Ciencia de las Religiones por la Universidad Metodista de São Paulo, Brasil. Fue pastor de iglesias y fue orador de la Voz de la Profecía. Trabajó en la Casa Publicadora Brasileña, Superbom, Unasp y desde 2015 es el director de Libertad Religiosa y Espíritu de Profecía de la sede sudamericana adventista.

La manifestación moderna del don profético

Representación artística de Elena de White durante una de sus visiones (Foto: White Estate)

En 2° de Crónicas 36:15 y 16, entendemos que Dios demuestra su compasión al enviar a sus profetas, y hablar a su pueblo por intermedio de ellos. Este asunto lo tratamos en otros dos artículos: uno sobre la manifestación del don profético en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento. El texto de Crónicas dice así: “Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación. Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio”.

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El testimonio de Jesús y el remanente

El profesor universitario de experiencia, Valdecir Simões de Lima, preparó un cuadro titulado “La restauración de la verdad” que el pastor Alberto Timm, director asociado del White Estate (institución adventista responsable de la preservación del patrimonio histórico y literario de Elena de White), suele presentar en sus seminarios. En ese análisis se destacan reconocidos profetas del relato bíblico: Noé, Moisés, Elías, Daniel y Juan el Bautista.

 

Cuadro con los profetas enviados por Dios en todos los períodos del relato bíblico (Foto: Divulgación)

(Traducción del cuadro)

La Restauración de la verdad

Valcedir Simões de Lima

Caída / Diluvio / Egipto / Acab/ Jezabel / Babilonia / 1ªvenida 1844 / 2ªvenida

Noé / Moisés / Elías / Daniel / Juan el Bautista / EGW

Destrucción / Cautiverio / Apostasía / Exilio / Formalismo / TODAS

Sin embargo, el aspecto más interesante está en comprobar que los factores aislados por los cuales Dios envió a esos profetas a lo largo de los siglos están todos conjugados al final de los tiempos. Si para cada uno de esos eventos Dios levantó un profeta, ¿no sería más que razonable que en el tiempo del fin, cuando todas esas crisis se manifestaran juntas, él también enviara un mensajero para orientar a su Iglesia en medio de una época con tantos desafíos? Es justamente eso lo que hizo al escoger a Elena Gould Harmon, posteriormente Elena de White, en la mitad del siglo XIX. Por lo tanto, vamos a entender el contexto de ese llamado.

Un escenario con desafíos

El ministerio de predicación en los Estados Unidos sobre el regreso de Jesús, conocido como movimiento millerita, llegó a su auge en 1844 cuando se marcó la fecha del regreso de Jesús. Fue anunciado para el 22 de octubre de ese año y Cristo no vino, lo que provocó vergüenza y desánimo, y llegó a ser conocido como “El gran chasco”. Los días que siguieron fueron de amargura e incertidumbre, desorientación y desorden para los que lo esperaban.

George R. Night, teólogo e historiador adventista, escribió: “Todo lo que había mantenido al adventismo [término relacionado al regreso de Cristo. No confundir con Iglesia Adventista del Séptimo Día] unido ya no era tan fuerte como las creencias que separaban las partes constituyentes. El resultado fue la división”[1]. Night registró además que los que esperaban el regreso de Jesús, y no abandonaron la fe en el segundo chasco, se dividieron en dos grandes grupos: los que creían que el regreso de Cristo había sido en forma espiritual y defendieron la “desliteración” del evento; y los que mantenían la fe en una aparición literal, la mayoría de los cuales seguían marcando nuevas fechas para su inminente regreso.

Al describir los tiempos subsiguientes al chasco, Night también afirmó: “Confusión y desorientación es lo que caracteriza tanto a los líderes milleritas como a los seguidores. […] Por un período, muchos continuaron buscando diariamente el cumplimiento de la profecía de los 2.300 días (Daniel 8:14) y el regreso de Cristo”[2]. Los dos segmentos se subdividieron y surgieron toda suerte de interpretaciones doctrinarias y teológicas. “Otros adoptaron nuevos énfasis que acentuaban  enseñanzas como el lavamiento de los pies, los dones carismáticos, el ósculo santo, el sábado como el séptimo día, el sueño del alma, el milenio como un evento pasado y un número razonable de otros temas”[3].

Muchos creyentes se apoyaban en la idea de que hubiera habido una falla de pocos días en la interpretación profética y creían que el tiempo de gracia había terminado y que  Jesús podría venir en cualquier momento. Arthur L. White, nieto de Elena de White y por muchos años director del White Estate, escribió: “Alrededor del mes de diciembre de 1844, la mayor parte de los creyentes en Portland no confiaba más en la interpretación de Miller. Cada día que pasaba reforzaba la convicción de que el día 22 de octubre no había ocurrido nada de importancia profética”[4].

Un mensaje para el tiempo del fin

Es interesante notar que los eventos del movimiento millerita estaban dentro de un contexto nacional y hasta mundial. Herbert Douglass, reconocido estudioso de la vida y obra de Elena de White, en su libro Mensajera del Señor, cita un párrafo del historiador Kenneth Latourette acerca del ambiente religioso de los Estados Unidos en esa época. “Sería difícil encontrar en la historia de los EEUU un período que se acercara a la efervescencia religiosa de mediados del siglo diecinueve”[5].

Esa declaración amplía el escenario del interés religioso a toda una nación (cerca de 20 millones de habitantes en 1850[6]) en contraste con las milleritas (cerca de 100.000 adeptos[7]), que por muchos fueron considerados fanáticos y desequilibrados. El hecho es que un sentido común de religiosidad marcó esa época, que pasaría a conocerse como “Segundo Gran Chasco”.

En medio de ese escenario, la compasión divina se manifestó una vez más como en los tiempos bíblicos, para amparar y guiar a un pequeño grupo de milleritas decepcionados, los que creían en el regreso literal de Jesús y que en poco tiempo se convertirían en adventistas sabatistas.

Esa manifestación moderna del don profético, que se hizo evidente en el llamado divino de la joven Elena Gould Harmon, de 17 años, ya profetizado, previsto y con fundamento en las Sagradas Escrituras (Apocalipsis 12:17, 19:10), constituyó una evidente acción compasiva más del Señor, para proporcionar dirección y seguridad a un grupo que buscaba encontrar en la Biblia las razones de su decepción y tristeza.

¿Por qué expresó Dios compasión una vez más a sus hijos enviando mensajes por medio de un profeta, siglos después de la última manifestación profética?

Es lo que se presentará en la segunda y conclusiva parte de este artículo.

 


Referencias:

[1]Night, George R. Adventismo: origem e impacto do movimento milerita [origen e impacto del movimento millerita]. Tatuí, SP: Casa Publicadora Brasileira, 2015, p. 215

[2]Ibíd., p. 208.

[3]Ibíd., p. 216.

[4]White, Arthur L. Ellen White: mulher de visão [mujer de visión]. Tatuí, SP: casa Publicadora Brasileira, 2015, p. 23.

[5]Douglass, Herbert E. Mensageira do Senhor: o ministério profético de Ellen G. White [mensajera del Señor: el ministério profético de Elena de White]. Tatuí, SP: Casa Publicadora Brasileira, 2001, p. 47.

[6]Ibíd., p. 46.

[7]White, Arthur L. Ellen White: mulher de visão [Elena de White: mujer de visión]. Tatuí, SP: casa Publicadora Brasileira, 2015, p. 19.

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