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Ana Paula

Ana Paula

Misión y voluntariado

Hasta dónde llegan las personas que se colocan en manos de Dios para servir en la misión de predicar el evangelio

Cuente su historia

El amor genuino a Dios nos impulsa a actuar. (Imagen: shutterstock)

Hacía poco más de seis meses que no lograba sentarme para escribir un artículo para esta columna. O, mejor dicho, me senté varias veces, con diferentes ideas para compartir. Inicié los artículos de septiembre, octubre, noviembre y diciembre. No lo hice en agosto y enero porque fueron dos meses cuando estábamos en medio de nuestras vacaciones. Continúan no terminados en mis archivos.

Al aceptar compartir con ustedes un poco de esta parte [misión] que ha sido todo en mi vida en los últimos años, lo hice colocándome como un instrumento en las manos de Dios. Desde entonces, no logro escribir nada al respecto sin tener en mi corazón un mensaje claro para compartir. Dios habla conmigo así. Las ideas vienen y van, y pasamos por muchas experiencias aquí en el último año. Pero algo estaba faltando para que el próximo artículo no pasara solo de un mensaje escrito por el compromiso de actualizar esta columna. ¿Me entiende?

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La importancia de compartir

Escribo sobre lo que es real en nuestra jornada con Dios donde estamos, y por donde pasamos. O sea, lo que realmente tiene sentido, en primer lugar, para mí en esta caminata que vivimos en dirección a la eternidad. Yo me disculpé varias veces con el colega editor que me incentiva a continuar escribiendo aquí. Y, a veces, me sentí angustiada, orando para que ese momento llegara con la misma seguridad que tuve al escribir los demás artículos publicados.

Han pasado 40 minutos desde la medianoche en este momento aquí en El Cairo. Abrí un mensaje recibido mientras ponía a mi pequeña a dormir y no pude conciliar más el sueño. ¡Necesito escribir! Tengo que compartir lo que está desbordando dentro de mí.

Esta noche, en nuestro encuentro semanal en casa, compartimos un trecho de la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses, capítulo 2, versículos 1-12. La porción tenía como tema compartir, una palabra bien desgastada en nuestros días en torno de las redes sociales digitales.

Tenemos la sensación de que todo y un poco más ya fue compartido en este mundo en algún momento, por alguien. ¿Quiere saber quién es Jesús? Vaya a Google. ¿Quiere saber quiénes son los adventistas y por qué guardan el sábado? También. ¿Quiere leer la Biblia en su versión original, oír, mirar, comparar, o solo leer? Allá está. No en todos los idiomas usados en el mundo, sino en más de 650. Si el suyo no está entre ellos, el mensaje de Dios no dejará de ser enviado por eso. Tener acceso a la información hasta de forma privilegiada y estudiar todo lo disponible sobre la venida del Mesías no les hizo mucha diferencia a los judíos que continúan esperando a Cristo.

Pablo predicaba un mensaje urgente. En primer lugar, para vivir un tipo de vida que agrade a Dios en todos los sentidos. Así, nosotros somos reconocidos como seguidores y representantes directos de Dios, quien nos llamó con este propósito (versículo 12).

Las personas no conocen al Cristo que transformó su vida, tal vez porque de hecho no lo conocen a usted y su historia con él. Ese Jesús, que lo salvó de la forma como lo hizo, puede darle sentido a la vida de alguien por la transformación que él realizó en usted. Si hoy, en este momento, usted no puede decirle a alguien en nombre de Dios: “Sígueme que yo estoy en el camino correcto”, hay algo equivocado en su relación con él. No es coraje lo que le falta, mi amigo, o falta de oportunidad para hablar del amor de Dios, para demostrar el amor de Dios de manera clara e inequívoca. Es el amor de Dios lo que está faltando dentro de mí y de usted, porque “la mies es mucha y los trabajadores son pocos” (Mateo 9:37).

Si usted no tiene una historia personal con Dios “para contar”, busque esta experiencia con él. No hay relato más íntegro y poderoso del plan de Dios para este mundo que la vida de un pecador que vive por la gracia de Dios, que todavía teniendo fallas logra reflejar el amor que viene de él a los que están a su alrededor, siendo reconocido como representante legítimo del Padre.

El amor genuino a Dios nos impulsa a actuar, y produce en nosotros un amor imposible de contener por los que todavía no bebieron de esa fuente, o terminaron de tener un encuentro con el Maestro junto al pozo. Este amor es práctico, hizo de Dios un hombre y hasta que él vuelva necesita ser traducido en lenguaje humano por nosotros y a través de nosotros. Cuente su historia.

 

 

 

 

 

 

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