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Cáncer de próstata: cómo vivir con la enfermedad

Hombre que vive con la enfermedad hace 22 años detalla cómo son sus días desde el diagnóstico.


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Antenor exhibe ahora sus piezas hechas a mano en las ferias de la región donde vive, en el interior de Río de Janeiro. (Foto: archivo personal)

Hace 22 años, Antenor Zaroni comenzó a sentirse raro. Se dio cuenta de que su cuerpo no estaba funcionando con normalidad. A los 54 años, buscó un médico que le quitó las preocupaciones. Pero su esposa, Anna Marly, no estaba convencida. Aún con algunos síntomas que no logra recordar bien, dijo que iría a un médico con más experiencia.

El hombre que siempre vivió para el trabajo y enfrentó la vida con una expresión seria fue a la consulta agendada por su esposa y allí comenzó el proceso para recibir el diagnóstico del cáncer de próstata. En ese momento, la ciudad del interior de Minas Gerais en la que vivía no tenía estructura para un tratamiento adecuado.

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De acuerdo con Rogério Gusmão, médico oncólogo y cirujano, los síntomas son comunes a varios tipos de enfermedad, por eso el diagnóstico no es tan simple, especialmente en su etapa inicial. Algunas señales que pueden observarse son la disminución del chorro de la orina, dificultad para orinar, urgencia urinaria (ganas súbitas de ir al baño, incluso si la vejiga no está llena), espasmos y dolores leves en la región. En la fase aguda de la enfermedad, se pueden observar dolores óseos, lo que significa que el cáncer de próstata ya se alojó en otras regiones del cuerpo.

Diagnóstico y tratamiento

Con la fuerte sospecha de la enfermedad, Zaroni volvió a Río de Janeiro, su tierra natal, y busco la primera oportunidad de ser atendido en el Hospital Adventista Silvestre. La biopsia confirmó el diagnóstico. El próximo paso fue ir hasta las puertas del Instituto Nacional del Cáncer (INCA). Allí constataron que el tamaño y la posición del tumor impedían una cirugía.

La alternativa fue el tratamiento de radioterapia y quimioterapia. “¡Es terrible! Lo psicológico impide mucho”, recuerda Zaroni. Él también cuenta que muchas personas cuestionaron su fe. “La fe existe, pero la realidad también existe”, exclama, recordando el miedo que sintió al iniciar el camino. Gusmão resalta la importancia de mantener una perspectiva optimista para un buen diagnóstico de la enfermedad. Cuidar de la salud mental es fundamental en todo el proceso.

Muchos hombres temen por su vida después del cáncer. La posibilidad de que sus funciones sexuales queden afectadas atrasa la búsqueda por ayuda. La presión social también ejerce influencia en la falta de acompañamiento médico regular, ya que todavía hay mucho prejuicio sobre los tipos de exámenes necesarios, exclama Gusmão.

Antenor y su esposa, Anna Marly, están casados hace más de 50 años. Ella lo ayudó a buscar el diagnóstico y el tratamiento. (Foto: archivo personal)

El relato del mecánico jubilado muestra la realidad de los centros de tratamientos oncológicos. “En esos lugares no hay mucha humanidad, pero, por lo menos, el tratamiento del INCA me agradó”, comenta. Él describe el lugar como frío, ya que muchos pacientes pasan por allí diariamente, en las más diversas condiciones de salud. De allí fue derivado a otro hospital para recibir el tratamiento, que duró algunos meses. El padre de cuatro hijos y abuelo de siete nietos detalla que, debido a las medicaciones, el organismo se debilitó mucho. Pero se recuperó, en contra del pronóstico de la época, que marcaba en el calendario solo cinco años de vida.

Pasados poco más de cuatro años del primer tratamiento, el tumor dio indicios de regreso. Se volvió a recurrir a las medicaciones más fuertes. Zaroni empezó a hacerse controles mensuales, bimestrales y trimestrales, siempre evaluando y siguiendo de cerca la enfermedad por medio de exámenes y consultas.

Viviendo con el cáncer de próstata

En ese periodo, se jubiló y buscó nuevas ocupaciones. Volvió a estudiar, fue profesor, taxista, vendedor. Hoy es artesano. Encontró en los carritos de madera, arte que aprendió viendo videos de YouTube, una forma de mantenerse productivo. Quien ve al hombre de 76 años, que supera el metro ochenta de altura exponiendo su trabajo en las ferias de la ciudad, jamás imagina que el cáncer es su compañía constante. “¡Tengo calidad de vida!”, afirma categóricamente.

Antenor y su nieta, Alice, exhiben orgullosos uno de sus carritos. (Foto: archivo personal)

Rogério Gusmão destaca la evolución del tratamiento contra el cáncer en los últimos 20 años. Él evita hablar de cura, dada la naturaleza de la enfermedad, pero afirma que es completamente posible vivir bien con el cáncer en remisión completa. La gran clave está en el diagnóstico precoz.

La rutina de Zaroni hoy incluye visitas mensuales al hospital para recibir la medicación. La peor parte, declara, es ver personas que están siendo consumidas por la enfermedad. “Es muy triste”, lamenta. En una visita reciente, una amiga de muchos años supo que él estaba en el hospital y le pidió que fuera a visitarla a la sala de quimioterapia. “No pude decir nada. Solo la saludé y salí”, dice con la voz emocionada.

“Pero hoy aprendí a reírme de mí. Pasé toda la vida siendo muy serio. Mi madre me decía que los hombres no muestran los dientes. Pero hoy estoy aquí, sonriendo”, afirma. Más allá de algunos ajustes en la rutina y en la salud, Antenor afirma que vive bien y casi se olvida de que tiene cáncer de próstata. Veintidós años después del diagnóstico, espera ver a Jesús volver cuanto antes.

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