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Cuando Dios cuidó de mí en los pequeños detalles

Durante la pandemia de COVID-19, enfrenté miedo y soledad, pero encontré en el cuidado de Dios una experiencia de fe, transformación y misión.


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Después de haber enfrentado la pandemia, comenzamos a ver la vida como una oportunidad de testificar sobre el cuidado de Dios. (Foto: archivo personal)

En 2021, parecía que nuestra vida estaba patas para arriba. Mi padre y su esposa tuvieron COVID-19. En esa época, yo vivía en Campo Grande (Mato Grosso do Sul), Brasil, y ellos en Corumbá, en el mismo estado. Como no podía estar cerca físicamente, intenté ayudar de lejos, principalmente con lo que era necesario durante la internación.

Mi relación con mi padre no era tan cercana en ese periodo. Después de la muerte de mi madre, muchas cosas ocurrieron, y casi no nos hablábamos. Pero, durante esos días, una enfermera llevaba el teléfono hasta la cama de él en el hospital y conversábamos. Incluso en medio del dolor, Dios comenzó a abrir caminos de cuidado y reconciliación.

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Algunos meses después, nos tocó a nosotros. Comencé a sentir malestar, tos, dolor en el cuerpo y fiebre. En poco tiempo no podía sostenerme en pie ni para regresar a casa en la moto con mi esposo, Andrew. Fuimos al hospital algunas veces y, incluso sin saber exactamente qué estaba ocurriendo al inicio, sentía que mi cuerpo estaba muy débil. Tuve falta de aire, cansancio extremo y dificultad hasta para masticar.

En una de las consultas, llevé mi Biblia. Recuerdo estar allí, débil, clamando el nombre de Dios mientras me hacían exámenes. Mi pulmón estaba parcialmente comprometido, pero fui dada de alta para regresar a casa. Mi esposo, que al inicio parecía tener síntomas leves, comenzó a empeorar después. Llegó la fiebre, aumentó la tos y, con el pasar de los días, la falta de aire fue más intensa.

Llegó una noche en la que no dormimos. Él sentía muchos dolores y tuvo fiebre alta toda la noche. Por la mañana, le dije que necesitábamos volver al hospital. Allí, los estudios mostraron que cerca del 75% de su pulmón estaba comprometido. Él fue internado.

Un grito de socorro

Volví sola a casa, aún recuperándome de COVID, sin saber si mi marido entraría nuevamente por la puerta de nuestro departamento. Yo no podía dormir. Pasaba las madrugadas en el sofá, porque no quería ir sola a la cama. Tampoco tenía fuerzas para cocinar, limpiar u ordenar la casa. Y, en ese silencio, viví una de las experiencias más profundas de mi vida con Dios.

Al segundo día de internación, la enfermera me llamó y dijo que él estaba empeorando. Si empeoraba más, ella me llamaría nuevamente para hablar sobre la UCI. Cuando corté el teléfono, di un grito de socorro dentro del departamento. Y, en ese momento, vino la respuesta. Fue como si Dios me dijera: “Estoy esperando que clames”.

A partir de entonces, comencé a orar a cada hora. Ponía la alarma en el celular para despertarme, leía la Biblia y clamaba. Muchas personas también oraron por mi esposo. Amigos, familiares, personas de otros lugares e incluso de otros países se unieron en oración. Una amiga, que trabajaba en guardias en un hospital, me mandaba mensajes, versículos bíblicos y decía que estaba orando. Ella me dijo: “Vamos a orar y esa enfermera no va a llamar para hablar de la UCI”.

Y no llamó.

Al día siguiente, la noticia fue de pequeñas mejoras. Entonces, pensé: “ahora vamos a orar por grandes mejoras”. Andrew necesitó mucho oxígeno y, humanamente, el cuadro era muy difícil. Pero, en ese hospital, había un catéter de alto flujo con el fin de evitar la intubación. Él usó ese recurso y, por la gracia de Dios, no fue intubado.

Más allá de las necesidades

Mientras tanto, Dios también cuidaba de mí en los detalles. Cuando estuve sola en casa, una pareja de amigos dejó comida, ítems de higiene y productos de salud en la recepción. Antes de eso, cuando Andrew y yo aún estábamos enfermos en casa, Dios ya nos había sorprendido otras veces. Un día, él tenía ganas de comer fideos y, sin contarle a nadie, una familia de la iglesia nos envió exactamente eso. También recibimos pan casero, agua de coco, frutas, remedios y mensajes. Dios nos abrazó por medio de las personas. Y todos esos recuerdos me daban la certeza de que él continuaría cuidándonos.

Dios
La salida del hospital fue más marcante que el fin de la internación. Fue el inicio de una nueva fase de testificación y servicio. (Foto: Archivo personal)

Curados para testificar

Después de nueve días internado, Andrew fue dado de alta. Aún necesitaba medicación en casa, acompañamiento y fisioterapia. Cuando volvió, todo el cansancio que yo no sentía mientras él estaba en el hospital pareció caer sobre mí de una vez. Pero él estaba vivo. Nosotros estábamos vivos.

Fue entonces cuando entendí que Dios todavía tenía una misión para nosotros. Antes de eso, yo ya sentía que él me llamaba para predicar, pero comprendí que predicar no era solo estar en un púlpito. Dios quería que predicara con mi vida.

Dios en el centro

También entendí que él estaba tratando mi corazón. En esa soledad, Dios me mostró distracciones, ídolos y prioridades que debían salir de mi vida. Películas, series, alimentación, falta de cuidado con el cuerpo, todo eso ocupaba el espacio que debía ser de él. Yo no salí de esa experiencia lista. Todavía estoy en proceso. Pero salí diferente.

La mayor lección que aprendí es que Dios está preocupado con nuestra salvación. En cualquier situación, él nos llama a una vida de oración, entrega y transformación. Estoy agradecida por la curación de mi marido, pero mi agradecimiento no depende solo de ese hecho. Yo perdí a mi madre. Ella no fue curada. Aún así, Dios también cuidó de mí en ese momento de dolor.

Hoy, cuando miro hacia atrás, veo que el cuidado de Dios fue real, visible y palpable. Él estuvo en el hospital, en el departamento vacío, en la Biblia abierta, en las oraciones de madrugada, en el alimento dejado en la recepción y en las personas que nos sustentaron cuando no teníamos fuerzas.

Dios nos llevó en sus brazos. Y por eso, seguimos viviendo para testificar.

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Después de entender que aún teníamos una misión que cumplir, también comenzamos a servir por medio de estudios bíblicos con las nuevas generaciones en Três Lagoas (MS). (Foto: Archivo personal)

Myllena De Luca y Andrew Moura viven en Três Lagoas (MS). Ellos tienen un ministerio de predicación y alabanza. Lideran un Grupo Pequeño con niños de la comunidad, además de dar estudios bíblicos para niños y adultos. Myllena también tiene un ministerio en las redes sociales, donde comparte sus experiencias con Dios.