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Elbert Kuhn: “oro para que mi vida tenga la misma misión de Cristo”

Entrevista al actual responsable del Servicio Voluntario Adventista y su percepción sobre el impacto que la misión en países difíciles tiene sobre nuestra vida.

En Aleppo, Siria, el dolor de las familias que perdieron queridos en las sucesivas guerras es un desafío para los cristianos. Foto: público.pt

Brasilia, Brasil… [ASN] Elbert Kuhn es una persona alegre, amable y especialmente sentimental. Los sentimientos se manifiestan especialmente cuando habla de la misión en países donde el cristianismo no es la religión predominante. Y donde hablar de Cristo, o es prohibido y peligroso, o no tiene sentido para las personas con creencias completamente diferentes a las del cristianismo. Actualmente Kuhn coordina el área de Servicio Voluntario Adventista en la sede sudamericana, en Brasilia, pero fue el líder de la Iglesia Adventista en Mongolia por varios años, y junto con su esposa Cleidi tiene una inquietud: hacer del mensaje del evangelio algo relevante para las personas de culturas muy diferentes de la suya. Después de algunos viajes misioneros recientes, Elbert Kuhn conversó con la Agencia Adventista Sudamericana de Noticias (ASN) sobre las experiencias por la cuales pasó y su percepción sobre ellas.

¿Usted ya se detuvo a preguntarse sobre qué lo motiva en la vida, después de tantas experiencias misioneras mundiales?

Una de las cosas que me pregunté últimamente es: ¿Qué vale la pena realmente en la vida? El apóstol Pablo me enseñó en Filipenses 3:7 que algunas cosas que consideraba de valor, hoy ya no me hacen brillar más los ojos, porque aprendí que lo que realmente vale la pena en la vida no se logra con posesiones, posición, placer o poder. Para Cristo, las personas son importantes, pero el amor es importante y la justicia es importante.

Kuhn ostenta la bandera de Mongolia durante el evento realizado en Brasil para la consagración de líderes que fueron con sus familias a países con poca presencia del cristianismo.

¿Qué vio usted en esos últimos días, andando por Oriente Medio y otras regiones del mundo estando en contacto con los misioneros?

En estos últimos días, tuve algunos momentos que solidificaron esos valores en mi corazón. Al visitar algunos países con desafíos en la Ventana 10/40, en Oriente Medio, noté que lo que a veces considero importante, para la gran mayoría de los hijos de Dios que sufren en este mundo no tienen ningún sentido.

Al encontrar, por ejemplo, a un joven que tuvo que huir de su casa en Sudán del Sur e ir a Egipto por su fe, seguro de que jamás verá a su familia, noto cuán amado y aceptado soy por mis amigos y por mi familia. Al visitar a una familia de refugiados en Aleppo, Siria, con siete hijos y el octavo en camino, viviendo en la terraza de un edificio en Beirut, Líbano, en solo una pieza y un pequeño baño, sin puertas, y sin ningún alimento, me doy cuenta de cuán rico soy y que a veces no estoy satisfecho con lo que tengo. Al encontrar a un misionero de Yemen, que vive lejos de todos y de todo y solo lucha para compartir la gracia, la esperanza y la salvación, en un país donde no es bienvenido y donde jamás podrá ser identificado como pastor. Lugar en el que a fin de mes, no recibe más que un salario pequeño. Ahí mi corazón llora por ver cuánto recibo y cuán ingrato soy a veces por creer que soy tratado con injusticia porque merezco más, más y más. Al encontrar a un misionero voluntario en Inglaterra, que junto con su esposa trabajaban los dos, respectivamente como abogado y periodista, pero que un día escucharon el llamado para vender todo lo que tenían y dejar para atrás todo lo que eran, e ir a un lugar extraño, distinto y distante, para plantar iglesias entre nativos Británicos, me quedo pensando en cuán poco sacrificio hago, y me pregunto si tendría coraje de dejar todo atrás y vivir por la fe, solo por la fe. Al hablar con una niña al norte de Tailandia, vendida por la propia familia para trabajos sexuales, que por años fue abusada y maltratada, y que hoy levanta su rostro y su voz para alabar a quien la amó sin medida, que la perdonó, y que jamás la juzgó y la recriminó; me pregunto, cuánto sufrimiento puedo soportar y cuánto logro amar sin juzgar el color de la piel, la nacionalidad, la clase social y la religión; me siento avergonzado por cuánto ya me equivoqué y por cuántas personas ya juzgué y rechacé. Al encontrar en la frontera de Siria a un joven de barba larga y turbante en su cabeza, destellos de prejuicio y recriminación pasan por mi cabeza, para solo enseguida ver que es un comprometido siervo de Dios, que lleva esperanza a tribus remotas de su país.

 

¿Qué impacto pueden tener esas historias en su evaluación, en su propia vida como pastor y en la de los miembros y religiosos en general?

¿Qué vale la pena en la vida? En ningún momento, alguien me preguntó cuál era mi posición. Cuántos títulos académicos tengo. En cuántas comisiones participo. El barrio donde vivo. La marca de mi auto, o en qué playa paso mis vacaciones. Pero todos me preguntaban por qué hago lo que hago. Por qué duermo en el piso de sus casas cuando podría estar en un hotel. Por qué fui a sus casas y canté sentado en el piso con los niños.

¿Cuál es la razón de dedicar la vida a hacer algo en favor del prójimo, servir, salvar? ¿Qué voy a ganar con eso? Bueno, no sé de usted, pero yo puedo afirmar que gané todo. Gratitud por lo que tengo. Emoción al experimentar la sonrisa de una familia que no tiene nada para comer además de un pan y una zanahoria y no saben si comerán al día siguiente. La experiencia de emocionarme con la alegría de alguien que no conocía nada más que el desprecio y el abuso, pero por el trabajo de un misionero, hoy estudia y sueña con ser médica misionera. Puedo hasta atreverme a decir que siento un poco de la alegría de Cristo al abrazar al rechazado, al perdonar al pecador, al ver de reojo que aquél que solo miraba hacia abajo, hoy tiene esperanza. Al ver al sucio, limpio.

Hoy oro. Oro para que Dios jamás permita que estos sentimientos salgan de mi corazón. Oro para que yo jamás sea desagradecido. Oro para que jamás deje de valorar lo que tengo. Oro para que mi corazón jamás recrimine y juzgue, sino que abrace y acepte a todos aquellos por quienes Cristo murió. Oro para que mi vida tenga la misma misión que la de Cristo. Puedo decir, después de estos días, que he comenzado a entender lo que realmente vale la pena en la vida. [Equipo ASN, Felipe Lemos]

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