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Valdeci Júnior

Valdeci Júnior

¿Ese difunto soy yo?

¿Acepta la invitación para asistir a su propia autopsia? Tratando con un poco más de suavidad, quiero invitarlo a la necropsia de su iglesia. Acabo de recibir por el correo un libro, publicado ahora en mayo de 2014, muy intrigante: Autopsy of a Deceased Church [Autopsia de una iglesia muerta], de Thom S. Rainer. El contenido es muy provechoso. Pero lo que me intrigó fue la asociación que yo hice de este título con una realidad de llamado urgente que estamos viviendo en nuestra iglesia desde 2010. Podemos interpretar que nuestro documento sobre reavivamiento y reforma lanzado en el último Congreso de la Asociación General de la Iglesia Adventista nos declara como muertos.

Sí. ¿O qué definición etimológica usted le daría a esta palabra “reavivamiento”? El Dr. M. L. Torres, coordinador del curso de Traductor e Intérprete de UNASP (Centro Universitario Adventista de SP), comentando los prefijos, radical y sufijo latinos de esta palabra ofrecidos por el Diccionario Aulete, aclara que “etimológicamente, la palabra ‘reavivamiento’ significa ‘acción en que una persona muerta sufre una transformación que la hace volver a vivir’”. Definición parecida con la explicación del Dr. M.H. Bentancor, de la posgraduación en Letras en la UCS: “sugiere que el elemento estaba vivo, entró en un proceso de muerte, y ahora intenta revivir”.

¿Muertos de verdad? ¿Ese es nuestro estado? Esto no es lo mismo que jugar con las letras como Machado de Asís lo hizo en “Memorias Póstumas de Brás Cubas”. Puede parecer gracioso intentar mirar a su propio cadáver, pero, en realidad, una autopsia no es en nada placentera, a pesar de ser útil. Sin rodeos, Pablo deja claro que quien está viviendo en situación de pecado está espiritualmente muerto (Efesios 2:1; Colosenses 2:13; Romanos 5:12; 6:23). Yo peco, tu pecas, él peca, todos nosotros pecamos (Romanos 3:23). Ese es nuestro contagio mortífero diario (Romanos 7:15-24). Entonces, vamos a mirarnos a nosotros mismos, por medio de los lentes de uno de los hombres más experimentados del mundo en consultoría de iglesias, para intentar auto diagnosticarnos.

  1. Erosión l enta: La estructura física de la iglesia se deteriora cada año. El mayor impedimento no es financiero. Los miembros simplemente parecen no preocuparse con la apariencia física del edificio. Pero este acto de no observar la degradación continua del lugar puede ser un punto que represente el todo de la decadencia denominacional o congregacional por la cual están pasando.
  2. El pasado y el héroe: En ese caso, generalmente, en los últimos años, se puede ver un envejecimiento en la franja de edad media de la membresía. Los miembros idolatran otra era, recordando con nostalgia los viejos y buenos tiempos. Parecen ver su futuro retornando al pasado. Al decir “en mi tiempo”, están demostrando que no existen más.
  3. Alienación de la comunidad: La iglesia se rehúsa a parecerse con la comunidad en transición en la cual está insertada. Los miembros se cierran en una especie de isla y dejan de tener un ministerio enfocado a las necesidades del pueblo donde está ubicada. Si se la saca de allí, los de afuera no sentirían su falta. Parece ya no existir.
  4. Prioridades presupuestarias internas: Las finanzas de una iglesia en extinción se destinan a movimientos internos. Lo que se gasta en intereses denominacionales, de la iglesia y de las propias necesidades locales representa un porcentaje mayor que lo invertido en evangelismo o en las misiones.
  5. La gran omisión: La falta de énfasis en evangelismo es fatal. Cuando la iglesia pierde su pasión colectiva y obcecada de buscar, alcanzar y traer a los perdidos, la congregación comienza a morir. La Gran Comisión es asunto vital.
  6. Una iglesia con preferencias: Cada miembro tiene más y más argumentos sobre lo que quiere. Mientras la iglesia continúa declinando, el foco interno de los miembros se vuelve cáustico o sarcástico. Las comisiones se vuelven amargas. Una boca amarga es un síntoma de una vida perdida.
  7. Mandatos pastorales cortos: Iglesias extremadamente sanas no son dependientes de sus pastores. Pero en este caso, los pastores van perdiendo su espacio y disminuyendo su tiempo. Cuando el ministro sale es un alivio, pues una característica de la iglesia que muere es no necesitar más al pastor, en el sentido negativo de rechazarlo.
  8. Ausencia de programas de oración colectiva: La iglesia en necrosis raramente invierte tiempo en orar juntos. Las únicas oraciones colectivas son breves y en función de algo que sucedió o va a suceder. Pero no existen más los momentos colectivos que tienen la oración como parte del programa.
  9. Sin un propósito claro: Una membresía que no tiene sus declaraciones de misión, visión y propósitos, en realidad no conoce la razón de su existencia. La ausencia de la razón de vivir es la justificación para el fallecimiento.
  10. Obsesión por las instalaciones: Cuando las cosas (y también los cargos, las actividades, los departamentos o la agenda) son más importantes que las personas, los miembros se enfocan en memoriales y dejan de ser acogedoras. Como la materia no tiene vida, la reproducción cede lugar a la falencia.

Si su iglesia presenta una o más de estas características ponderadas por Rainer, procuren el Médico de los médicos (Mateo 9:12). La Iglesia nunca morirá (Mateo 16:18), pero las iglesias pueden morir. La única gracia alcanzada en una autopsia es buscar la vida. Por eso, antes de este lanzamiento, Rainer ya publicó una solución en Breakout Churches (2005), pues es posible que las iglesias retornen de su estado mortecino. Por lo tanto, la convocación para el reavivamiento es santa y oportuna.

“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10), dijo Jesús a la iglesia. No permita que su cuerpo llegue a estar necrosado.

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