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Valdeci Júnior

Valdeci Júnior

El Cielo comienza aquí

Foto: Shutterstock

¿El Cielo[1] es aquí? Se entabló una discusión por parte de teólogos que, no sé por qué motivos, se molestaron por una música[2] grabada por el cuarteto Arautos do Rei. Debate inútil; porque más allá de que se trate de un texto artístico con licencia de lenguaje, la composición de Jader Santos deja en claro en qué términos el Cielo sería aquí y en qué condiciones el Cielo no sería aquí. Pero creo que es útil llamar la atención a este poema, porque cuando terminé el bosquejo de lo que escribiría aquí en este mes, fue la melodía del mismo lo que me vino a la mente.

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Hace un buen tiempo que estoy pensando un poco más sobre el Cielo. No exactamente sobre curiosidades corrientes. Entre nuestros hermanos es común la conversación en la que se hacen preguntas sobre cómo serán determinadas cosas en el reino eterno: ¿Cocinaremos? ¿Habrá tecnología? Si “ni se casarán ni se darán en casamiento”, ¿cómo serán todos los lazos afectivos de familia construidos en esta vida? ¿Con quién viviremos? Si en la Nueva Jerusalén no habrá noche, ¿no dormiremos? ¿De qué forma comeremos raíces como batatas, remolachas, mandiocas y zanahorias sin matar la planta? Es claro que muchas cosas están reveladas en la Biblia y en libros inspirados.[3] Pero también es claro que la curiosidad humana no tiene fin. Mi mayor preocupación no es con la parte del Cielo que tendremos allá en el reino de la gloria, sino con la parte que precisamos tener aquí en esta vida mortal.

Siempre que converso con un cumpleañero o que oro por alguien que está cumpliendo años –si es una persona cristiana–, le expreso mi deseo y mi pedido a Dios de que repita la conmemoración hasta perder la cuenta de cuántas veces lo hará. Si tal persona aceptó a Jesús como su Salvador personal y como Señor de su vida, ¡ya tiene la vida eterna! “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Si usted realmente vive en Jesús, ¡entonces ya debe estar viviendo la vida eterna! Usted debe creer que estoy loco, porque todos mueren. Y yo le retruco: los salvos no mueren, ellos duermen y despertarán (Juan 11:11, 25 y 26).

El dilema es cuando somos cristianos de nombre, pero no logramos tener esa conciencia celestial presente. Nadie va a obtener la vida eterna después de la resurrección, porque el Cielo debe comenzar aquí.[4] Si en esta vida usted no es un participante activo de este ensayo constante, nunca entrará en escena. La glorificación será el clímax del reavivamiento, cuando recibiremos definitivamente la inmortalidad y el apogeo final de la reforma, cuando experimentaremos la transformación de tener el cuerpo incorruptible. Por eso, necesitamos un tipo de reavivamiento y de reforma que pasen por todo eso y entonces puedan suceder en su ápice.

Amigo, quiero encontrarme con usted en el Cielo. Por eso ya estoy haciendo mi parte. Todos los días hago mi devoción personal y en esa comunión clamo a Dios por el reavivamiento y por la reforma, siempre buscando cambiar una vieja mala costumbre por un nuevo hábito bueno. No soy perfecto, pero estoy “persuadido de esto, que el que comenzó en [nosotros] la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). ¿Acepta mi invitación para ese encuentro? Entonces permita que el Señor comience a instalar, desde ahora, el Cielo en su vivir. Si fuera así, podemos decir que, por la fe, nuestro encuentro ya comenzó.

[1] En este artículo la palabra Cielo se usa de forma figurada para referirse a la vida de los salvos en la glorificación después de la segunda venida de Cristo como un todo, sea durante los mil años o en la Tierra Nueva durante la eternidad.

[2] Santos, Jáder Dornelles. O céu é aqui. Música que se puede ser leer, escuchar y ver en https://www.letras.mus.br/arautos-do-rei/322399/ .

[3] Ver, por ejemplo, White, Ellen G, La segunda venida y el cielo (Boise, Idaho: Pacific Press Publishing Association, 2003).

[4] White, Ellen G, El Deseado de todas las gentes (Boise, Idaho: Pacific Press Publishing Association, 1955), p. 596.

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