Noticias – Adventistas

Pablo Ale

Pablo Ale

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Informaciones cotidianas que nos hacen pensar en realidades eternas.

Ventanas en el cielo

cruz-y-cielo“Luego dijeron uno al otro: No hacemos bien. Hoy es día de buena nueva noticia y nosotros callamos” (2 de Reyes 7:9/Reina-Valera 2000).

“¿Viste lo que pasó en Turquía?”

El WhatsApp de una amiga aquel viernes 15 de julio por la tarde sacudió la monotonía de mi viaje. Iba desde Buenos Aires rumbo a la siempre agradable ciudad de Santa Fe, para predicar en ese lugar. En seguida entré a Twitter, mi red social favorita ya que informa de manera casi instantánea. Leí y miré fotos sobre los graves incidentes producto de un intento de golpe de estado (que dejó cerca de 300 muertos, 1.400 heridos y casi 6.000 detenidos) en el mencionado país.

Pasaron ya muchos meses de mi viaje por esas tierras, pero el recuerdo en mi mente de la bellísima Estambul sigue vivo. Ver el caos en plaza Taksim, donde las típicas comidas turcas y el hermoso vagón rojo de un tranvía llenan el aire y el paisaje, me entristeció. Ver las peleas, los gritos y las muertes cerca del imponente palacio de Dolmabahçe, a orillas de un Bósforo cada vez menos turquesa, produjo una mezcla de melancolía e impotencia.

Ankara (la capital política del país) también se tiñó de sangre. Aunque más allá del Museo Antropológico Nacional y del Mausoleo a Atatürk, no hay mucho más para ver en esa ciudad, me causó dolor observar las manifestaciones y los disturbios en esa urbe.

Días más tarde, la televisión mostró como un tanque militar atropellaba y mataba a civiles en una autopista a las afueras de Estambul. La humanidad del hombre para con el hombre es uno de los pecados más graves. Este atropello me recordó inmediatamente a uno registrado en la Biblia, en 2 Reyes 7:17: “Y el rey puso a la puerta a aquel príncipe sobre cuyo brazo él se apoyaba; y lo atropelló el pueblo a la entrada, y murió, conforme a lo que había dicho el varón de Dios, cuando el rey descendió a él”.

Como el intento de golpe de estado en Turquía, la historia de Eliseo y el sitio a Samaria (2 Rey 6:24 a 7:20) está saturada de caos, problemas y muertes. Samaria estaba rodeada por el ejército de Siria, los alimentos estaban encarecidos y había hambre en extremo; a tal punto que una mujer cocinó a su hijo para comerlo. Ante el anuncio de Eliseo de la solución del hambre y el descenso en los precios de las mercaderías, un príncipe del rey observó, incrédulo, que tendría que ocurrir un milagro para que tal predicción se cumpliera: “Y un príncipe cuyo brazo el rey se apoyaba, respondió al varón de Dios, y dijo: Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería así?” (2 Rey. 7:2). Mediante esta hipérbole, el hombre que oficiaba como la mano derecha del rey procuró mostrar cuán risible era el augurio de Eliseo.

Mientras tanto, cuatro hombres leprosos y hambrientos yacían en las fueras de Samaria. Por la enfermedad con la que cargaban no podían entrar en la ciudad ya que La ley de Moisés les exigía que habitaran “fuera del campamento” (Lev. 13: 46). Amparados bajo el lema “perdido por perdido”, decidieron pasar por las tiendas de los sirios para ver si estos se compadecían de ellos y les daban comida.

Entonces, se encontraron con el milagro de Dios. Él había hecho que los sirios oyeran ruidos de carros y caballos. Habían huido por su vida, dejando sus tiendas y todo lo que poseían. Los leprosos comieron y bebieron. Pero luego reflexionaron: “No estamos haciendo bien, hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos; y si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará la maldad. Vamos pues, ahora, entremos y demos la nueva en la casa del rey” (2 Rey. 7:9).

Dentro de la ciudad había seres humanos que morían de hambre. Más allá de que la sociedad legalmente los rechazaba, los leprosos eligieron compartir la gran bendición que habían encontrado. No pensaron, cuando perfecta y razonablemente podrían haberlo hecho, en sí mismos. No fueron egoístas ni codiciosos. Eligieron compartir el preciado tesoro con aquellos que los tenían como inmundos. Sabían que el conocimiento de una buena noticia implica, irremediablemente, el compromiso de comunicarla. Los leprosos tenían enfermo el cuerpo. Pero aún tenían sana el alma.

Y fue así que entraron a Samaria gritando y anunciando a todos lo que había sucedido. La observación previa del campamento de los sirios por parte de un grupo de siervos del rey (incursión enviada para confirmar los dichos de los leprosos, y para evitar caer en la supuesta trampa de abrir la ciudad para que los enemigos ataquen) fue positiva. De esta manera, el pueblo salió de Samaria y pudo mitigar su hambre. El ímpetu de la multitud aplastó al príncipe del rey, ese mismo que había dicho que para conseguir alimentos Dios tendría que abrir ventanas en el cielo. El importante funcionario real murió son probar bocado de la comida de los sirios, tal cual lo había anticipado Eliseo. Dios puede hacer milagros inesperados si confiamos en él. Si es necesario hasta puede abrir ventanas en el cielo para derramar sus bendiciones. Pero si caemos en la trampa del escepticismo, Dios nunca habilitará las aberturas celestiales. El príncipe, continuando con la línea de creencia del rey, había decidido no confiar más en Jehová. Ahora, el suspicaz burlador debía ser testigo visual del cumplimiento de la profecía de Eliseo. No obstante, y debido a su incredulidad, no estaría acreditado para ser partícipe de la reconfortante bendición alimenticia.

El mundo gime, llora y sangra sea en Medio Oriente, Europa o Estados Unidos. Golpes de estado, atentados, violencia racial y una larga y triste lista de desagradables etcéteras. Por eso, nuestro legado es ser como aquellos los leprosos que compartieron el mensaje de esperanza.

“¡Cuán plenas y amplias son las bendiciones que se derraman sobre los que quieren acudir a Dios en nombre de su Hijo! Si están dispuestos a cumplir las condiciones señaladas en su Palabra, les abrirá las ventanas de los cielos y derramará sobre ellos bendición hasta que sobreabunde… Si el pueblo de Dios está dispuesto a santificarse mediante la obediencia a sus preceptos, el Señor obrará en su medio. Regenerará las almas humildes y contritas para que sus caracteres sean puros y santos” (Elena de White, Cada día con Dios, pág. 339).

El problema no es que Dios no abre las ventanas del cielo. El problema es que nosotros no le abrimos a él la ventana de nuestro corazón.

 

 

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