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Pablo Ale

Pablo Ale

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Sueños tras el muro

“Y le dieron la gran noticia. Le dijeron: José aún vive, y es el señor de toda la tierra de Egipto. Y su corazón se desmayó pues no creía.” (Génesis 45:26/Reina-Valera 2000).

Un auto detiene su veloz marcha luego de doblar por una transitada avenida. ¿El motivo? Un grupo de turistas cruzó mal la acera. Quien escribe estaba en ese grupo y lleva puesta una prenda que revela su condición de argentino. Miro al conductor y le hago un ademán de disculpas (en vano, podría pedírselas en alemán). Debido a sus anteojos no alcanzo a divisar el color de sus ojos, pero se los percibe cálidos y comprensivos. La mueca de su rostro (que es una leve sonrisa) parece decirme que está todo bien.

Estábamos en Berlín, a metros del Potsdamer Platz, centro neurálgico de la ciudad y uno de los lugares más transitados y destacados de la urbe. Este sitio no solo cuenta con una intensa actividad comercial en la actualidad. Fue así desde las primeras décadas del siglo XX. Ahí se instaló (en 1924) el primer semáforo peatonal de Europa, cuya réplica (alta, verde e imperturbable) parece mirarnos.

Del bullicio caótico de allí fuimos al silencio calmo de los 2.711 bloques de hormigón de diferentes alturas del Monumento al Holocausto. Un lugar de reflexión y contemplación para evidenciar el decir de Thomas Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”. La visita al centro de información que está debajo de esos bloques así como leer los testimonios de hombres, mujeres y niños es impactante.

A metros de ese lugar, se alza (imponente) la Puerta de Brandeburgo, uno de los antiguos canales de entrada a la ciudad y uno de los íconos actuales. A metro de ese lugar, se emplaza el Reichstag (Parlamento alemán). Desde su terraza, la vista de Berlín es sublime. Podríamos escribir de manera abundante sobre otro lugares de interés para todo visitante, como Checkpoint Charlie, la catedral de Berlín, la Isla de los Museos o la Alexanderplatz.

Pero, sin duda, lo que más me impactó de la ciudad es lo que se denomina Topografía del Terror. Detrás de un gran trozo del Muro de Berlín, que se mantiene prácticamente intacto, este lugar que relata la escalofriante historia del régimen nazi. Berlín respira pasado por cada rincón pero luce posmoderna, multicolor, en movimiento, siempre en construcción. Pasado y futuro se conjugan de manera notable.
Una línea real de metal en el suelo recorre gran parte de la ciudad. Cada tanto, la línea tiene una inscripción: “Berliner Mauer (1961-1989)”. Dicha línea se refiere al famoso Muro de Berlín, que dividió la parte occidental de la ciudad del sector oriental desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989. El muro ya es historia, pero los berlineses han dejado intacto el recuerdo de lo que sucedió para no repetirlo.

“La caída del Muro de Berlín nos ha demostrado que los sueños pueden hacerse realidad.” Con estas palabras, la canciller alemana, Angela Merkel, resumió el espíritu que reinó el pasado 9 de noviembre en la capital alemana durante las celebraciones por el 25° aniversario de aquel histórico acontecimiento. Desde entonces, las historias de sueños concretados y de reencuentros rebalsan la emoción y la memoria. Historias como estas también aparecen en la Biblia.

A Jacob lo separaban de su amado José los muros de la mentira, del engaño y de la manipulación familiar. Durante algo más de 20 años ahogó sus sueños y soportó el dolor por la pérdida de su hijo. Pero, un día, el muro cayó. Conmueve imaginar ese abrazo interminable regado de lágrimas entre padre e hijo que describe Génesis 46:29. José estaba vivo y con él renacieron todas las esperanzas.

Cada uno de nosotros también enfrenta muchos que nos impiden soñar. La raíz de ellos es la trágica separación más trágica que el pecado produjo entre nosotros y Dios. Isaías 59:1 y 2 nos devuelve la esperanza en la reconciliación y en la unión: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”.

¿Qué muros estás construyendo? ¿Qué muros deberías derribar hoy? Tal vez sea tiempo de realizar una renovación interior. Una que derribe las añejas y gastadas estructuras donde habitan nuestros pecados acariciados. Una que pulverice las paredes donde se asienta nuestro letargo espiritual. Una que aniquile hasta los cimientos nuestra tibieza laodicense. Para lograr así, entre los escombros de nuestros pretéritos fracasos espirituales, la reconstrucción total de nuestras vidas y un cambio radical que nos transforme en nuevas criaturas.

 

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