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Heron Santana

Heron Santana

Iglesia Relevante

Estudios y acciones innovadoras que promueven cambios sociales y ayudan a la Iglesia a ampliar su relación e interacción con la sociedad

La iglesia y la soledad en la era digital

Cuando era niño me gustaba observar a mi padre. Los gestos comedidos, el trato cortés, la ropa invariablemente de lino, con una elegancia discreta en el modo de vestir, andar y hablar. Admiraba su aislamiento. Mi padre hablaba poco y dedicaba bastante tiempo a la contemplación. Recuerdo haberlo acompañado en caminatas por las calles; él sostenía mi mano, era siempre una jornada de pocas palabras. O lo veía sentado en una reposera, ya viejo, bien vestido, simplemente mirando el movimiento de la calle.

Con mi padre aprendí a admirar esos retiros momentáneos, ese aislamiento puntual. Esa fascinación creció cuando me sumergí en la literatura. Libros como Walden, de Henry David Thoreau, y Os devaneios de um caminhante solitário [Las divagaciones de un caminante solitario], de Jean Jacques Rosseau, o el más reciente Na natureza selvagem [En la naturaleza salvaje], de Jon Krakauer, amortiguaron esta soledad dedicada al autoconocimiento, esencial para una vida más libre y más comprometida con las ideas que creo. Recuerdo de Thoreau: “La mayoría de los hombres, aun en este país relativamente libre, por mera ignorancia y error, viven tan ocupados con las falsas preocupaciones y las luchas innecesariamente pesadas de la vida que no logran recoger sus frutos más delicados” (Walden). Para huir de eso, Thoreau resolvió vivir en los bosques durante dos años y dos meses, supliendo sus propias necesidades, estudiando, contemplando la naturaleza, conociéndose a sí mismo.

Es un tipo de soledad que parece cada vez más difícil en estos tiempos digitales. Lo que se ha tornado común es otro tipo de soledad, un aislamiento enfermizo, la soledad como un malestar de estos tiempos nuevos. La característica principal es la incapacidad de relacionarse con las personas que crece en la misma proporción en que aumentan nuestras habilidades de relacionarnos con máquinas y dispositivos. El cineasta Spike Jonze mostró esa manera de vivir contemporánea en forma de distopía, en la perturbadora película Her, sobre un personaje solitario que se acerca por un programa de computador. Lo que en la ficción pareció absurdo está corroborado en la vida real. En una entrevista a la revista Scientific American, el investigador David Levy, 62 años, uno de los pioneros de la computación y de los estudios sobre inteligencia artificial, dijo creer en el casamiento entre humanos y robots en un futuro no tan lejano.

Es irónico que Internet, que amplió las posibilidades de comunicación, nos haya hecho más solitarios. Algunos investigadores asocian la interpretación literal de la palabra “selfie”, palabra del año en el 2013, como un hecho de que la tecnología nos hace más solos que nunca y comprometió nuestra sociabilidad. El Japón convive hoy con un problema de salud pública llamado Hikikomori, un término que define a personas, generalmente jóvenes, que se retiran completamente de la sociedad, de modo que evitan otras personas. Para ellos, el relacionamiento se da solo por medio de smartphones. Los hikikomoris hoy preocupan también a los Estados Unidos y el Reino Unido. El recelo principal es el desarrollo de graves sociopatías, o también la tendencia a los suicidios. El Brasil convive con ese dilema. En octubre pasado, el periódico Zero Hora informó sobre datos del Mapa de la Violencia, recolectados por el Ministerio de Salud, informando sobre el crecimiento de las tasas de suicidio entre los jóvenes brasileños. Un crecimiento del 40% entre personas de 10 a 14 años y de 33,5% en la franja de los 15 a los 19 años.

Como un organismo vivo capaz de representar la misericordia y la compasión divinas en este mundo, la Iglesia necesita estar atenta a este contexto que afecta a muchas personas. Posiblemente, muchas que conviven con ese malestar típico de esa era digital frecuentan los bancos de las iglesias, manipulando frenéticamente sus dispositivos, ajenos a lo que sucede a su alrededor. Uno de los desafíos de la Iglesia contemporánea es promover la sociabilidad. Incluir en su agenda actividades culturales, deportivas, sociales. Promover cada vez más la vida en sociedad, fuera de los horarios de culto o de las ceremonias de devoción colectiva.

Sobre todo, la Iglesia necesita ejercer plenamente su capacidad de compasión. Aquí vale citar las palabras de la escritora americana Elena de White, en relación a cómo podemos ayudar a las personas que viven en ese tipo de soledad capaz de afectar la salud y la convivencia social: “Las palabras de bondad, las miradas de simpatía, las expresiones de gratitud, serían para muchos que luchan solos como un vaso de agua fría para un alma sedienta. Una palabra de simpatía, un acto de bondad, alzaría la carga que doblega los hombros cansados. Cada palabra y obra de bondad abnegada es una expresión del amor que Cristo sintió por la humanidad perdida” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 24).

 

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