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Fabiana Bertotti

Fabiana Bertotti

En la Vida Práctica

Periodista y escritora, quién escribe en este espacio sobre el comportamiento humano.

Auschwitz

— Fabi, trata de contenerte, estás sufriendo mucho— era mi marido ya impaciente mientras yo sollozaba en las habitaciones sombrías de los edificios que quedaban en Oświęcim.

Tal vez ese nombre de la pequeña ciudad al sur de Polonia no signifique nada para usted, pero en alemán se dice Auschwitz, tal vez comprenda cuánto sufrí en esos dos días de visita a uno de los mayores campos de concentración del régimen nazi.
En una de las galerías mi corazón parecía tener un nudo al ver miles de zapatitos infantiles en hilera, en otra los cabellos, los dientes, las prótesis de los deficientes. Eran valijas en un rincón, ropa en otro. Las celdas, los remedos de cama, lo incómodo del lugar cerró mi garganta. Era mucho el dolor que me asombraba.

Pero las personas visitaban, miraban, oraban. Silenciosas caminaban por las galerías donde resonaron dolor, gritos de horror y susurros de fe. En un rincón claustrofóbico, trazos de una cruz, dejados por los últimos que allí recibieron aislamiento. Fueron judíos, pero también fueron negros, homosexuales, enfermos o cualquier persona que discordaba con el sistema. Allí era la recepción de la muerte, porque la muerte los saludaba un poco más adelante, en el fondo, en los crematorios.

La foto de un rostro se me grabó en la memoria. Iris es su nombre. Judía alemana, traída de Praga. En la imagen estaba junto a su hijito de tres años. Fueron separados por la demencia de un hombre, instigado por el sueño loco de miles que querían una raza superior y que solo mostró ser un ser inferior. Lo doloroso es pensar que tantos circulaban por allí ignorando el dolor ajeno, y esto duele más.
Auschwitz es el retrato de la enfermedad del descaro y la exclusión del semejante. Sé que hay varias analogías con los horrores de ese espacio. Yo no puedo quejarme de mi llanto y mi constreñimiento, pues yo misma deseaba visitar ese lugar. Quería sentir cómo era andar por entre los alojamientos, ver el cielo desde esa perspectiva, mirar las cercas que impedían cualquier fuga e imaginar el humo del fondo, detrás de los árboles, desconfiando del contenido de lo que se quema.

Me sentaba y lloraba. Pensaba cómo es posible que alguien pueda creerse tan superior al punto de infringir tanto dolor a su semejante, y más, considerar que su color o raza lo hace diferente de quien, de hecho, es igual. El horror de los campos de concentración que tanto me afectó se repite en mi rutina; y yo puedo ser un verdugo al ignorar a alguien que necesita; en la violencia que está a mi lado y yo no denuncio, en la zurra que doy a mis hijos para liberar mi estrés, en la comida que niego a quien tiene hambre, en la burla al más débil, en la discriminación de quien considero menos.

El Hitler que tanto odié en esos muros se puede presentar en mi espejo, o en el suyo.

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Comentarios

  • Victor Francisco Cabrera Ludeñ

    muy interesante

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