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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Serie discípulos: Capítulo 3 – Evangelismo

serie-discipulosEn los capítulos anteriores aprendimos que conversión es cambiar la forma de ver el mundo y la vida, y adoptar el modelo de Cristo. Es cuestionar todas mis creencias a la luz del evangelio. También aprendimos que todos los convertidos ya se apropiaron de una misión “impuesta” naturalmente por la comprensión clara de lo que Cristo hizo y nos enseñó. También descubrimos que una visión renovada del  mundo no es aprender cosas nuevas y racionales, sino aprender a relacionarse con Cristo de verdad por medio de alguien que lo conoció primero: un discípulo.

Una vez investidos de la misión y con el deseo de alcanzar y salvar a personas, la primera cosa que nos viene a la mente es: ¿Qué métodos o herramientas podemos usar? ¿Cómo comenzar?

Antes de responder a esta pregunta comenzaremos recordando cómo ocurre la conversión. Alguien le llevó una visión nueva del mundo adquirida con el amigo personal, Jesucristo. Entonces, basta repetir ese mismo proceso. No es tan complicado.

Aquello que usted cree, piensa y practica está expuesto en su propia vida. La amistad sencilla y la convivencia son suficientes para transmitir su nueva visión del mundo. Al contar que usted está en Cristo, y las personas lo observen encontrarán la imagen de Cristo. “Sed imitadores de mí como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1). Andar conmigo es andar con Jesús. Nadie me siga, siga a Cristo, aprenda con Jesús, mientras me ve viva una vida nueva con él.

Considere, además, que las personas solo pueden ser transformadas cuando se las alcanza en su contexto personal. Muchas veces soñamos que las personas vendrán hasta nuestro contexto interesadas en la transformación. Eso puede suceder, pero no es con la mayoría. La mayor parte de las personas vive su vida sin darse cuenta que necesita tener un encuentro con Cristo; y esperar que esas personas vengan hasta nosotros es tener tanto optimismo como para un elefante pensar en poder andar en bicicleta.

No solo eso, pues las personas también tienen la tendencia de aislarse en cápsulas propias, nichos y ambientes que aseguran su estatus quo. Ellas se juntan en grupos de personas y ambientes donde pueden encontrar a “sus iguales” en la visión del mundo. Quienes creen que la vida es para “disfrutarla” andan juntos. Así también como los que creen que están en la vida para trabajar, casarse, crear, dejar un legado, conservar la naturaleza, ganar dinero, etc. Las personas se unen por afinidad, y normalmente esa afinidad se manifiesta en un ambiente específico, un contexto específico.

Por lo tanto, la iglesia y todos los interesados en el Reino de Dios necesitan especializarse en entrar en contextos. Necesitamos mezclarnos en todos los contextos posibles, e imposibles, siempre dentro de los principios. Solo así seremos capaces de alcanzar a las personas. En vez de mirar como por un cañón siempre hacia los mismos ambientes, donde es más fácil alcanzar a personas desesperadas, necesitamos colocarnos como cristianos en misión y transformarnos en la munición de Cristo para personas en contextos que podemos alcanzar. Los predicadores evangelistas solo pueden tratar con personas en masa, pero es el cristiano individual quien puede alcanzar a individuos en lugares donde la iglesia no entra por su tamaño.

Los nichos contemporáneos lo comprueban. Estamos viviendo en un tiempo en que las personas se organizan en grupos de afinidad, ya sea en WhatsApp, en Facebook, en Feed de blogs y medios de consumo en Internet. En verdad, los nichos son una manifestación de visiones del mundo en escala social.

Cuánto más contextos alcanzamos mayor será el triunfo de la expansión del Reino de Dios. En vez de mirar una masa de personas sin rostro, necesitamos pulverizarnos en la sociedad, haciéndonos presentes donde podamos, para que Cristo esté allá en nosotros. En vez de pensar y trabajar para “todos” los públicos,  mirando a cualquiera, y que en realidad no miramos “nada”, especializados en nada, o solamente en la parcela más fácil de alcanzar, a saber, los desesperados. Muchas personas dejan su contexto y buscan a Dios cuando estén desesperadas por algún suceso de la vida, pues normalmente no prestarían atención a otras personas y sus espiritualidades.

Piense conmigo. Imagine a una persona de un contexto muy específico, digamos, un artista, un músico famoso. Su vida no es común. Vive en medio de las multitudes. Está habituado a mover a las personas por su influencia y su música, está acostumbrado a oír elogios, a tener seguidores, a estar ante multitudes que lo admiran. Está siempre en medio de personas famosas, aparece en la TV nacional, tiene su vida devastada por chismosos profesionales, viaja a donde quiere, tiene dinero suficiente para vivir cómodamente. Tiene sus problemas, pero ¿quién entiende los problemas de alguien así? ¿Quién conoce las ansiedades de alguien en ese contexto? ¿Quién sabe cuáles son sus sueños, sus conversaciones, sus manías, los detalles de una vida de esas? Con seguridad yo no.

Pero otro artista de la música sabe exactamente cómo funciona ese contexto. Otro de la misma especie y con Cristo en el corazón será capaz de entrar donde yo jamás lo haría, será capaz de exhibir una transformación hecha por Cristo que nunca la notarían en mí. Lograría ser la ayuda para que alguien de un contexto como ese haga la “conversión”.

¿Cuántos miles de contextos existen? De las cosas más sencillas como pintor, mecánico, policía, profesor, dibujante, panadero, artistas del circo, y las de más glamour de nuestra sociedad: cantores, actores, médicos, doctores, famosos, operadores de la bolsa de valores, emprendedores, pilotos de fórmula, etc. Todos necesitan encontrar al Maestro.

Lo que estoy intentando decir es: en vez de preocuparnos solo en dirigirnos a ver bautismos indiscriminados solo inflando números, o volumen de miembros en nuestras iglesias, necesitamos ser más estratégicos, dirigiéndonos a personas, a grupos específicos, para que haya discípulos de Cristo en todos los lugares. O sea, debemos estar presentes donde están las personas, usar nuestra experiencia personal en ciertos contextos en los que vivimos para sacar de allá a los perdidos y prisioneros. Sabemos el camino, estuvimos allá, y ahora estamos en otro lugar al que Cristo nos trajo.

Esto nos lleva a una necesidad de transformar a cada miembro en discípulo, para que actúen en los contextos de su actuación y no queden a la espera pasiva de la acción de un evangelista, pastor o proyecto. Es necesario apropiar a los miembros de la iglesia de su “sacerdocio real”, pero ese es el tema de mi próximo texto, y último de esta serie. Hasta entonces.

 

 

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