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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Pan y circo

¿Cuándo las distracciones pasaron a ser prioridades?
Foto: Shutterstock

¿Quién nunca oyó o citó en algún momento de la vida la expresión de Maquiavelo “Pan y circo”? Fue usada por primera vez por el mismo motivo que hasta hoy sirve. Describir cómo los seres humanos en masa pueden ser manipulados. El uso correcto de ese binomio es la herramienta necesaria para que las personas se sometan a dictadores, convivan con infortunios, injusticia, miseria y hasta la muerte, sin manifestarse en contra de un sistema o gobernante opresor.  Se trata de acomodar a las personas debajo de un ambiente de opresión.

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Siempre hablamos de ese asunto cuando hacemos análisis político-sociales. Asuntos de moda en Brasil actualmente. Sin embargo, cabe aquí una reflexión en un grado todavía más profundo: si los gobernantes humanos desde hace siglos, echan mano de esa táctica para subyugar a naciones enteras, ¿será que el enemigo de todas las almas no nos tiene en ese mismo expediente? Tal vez “Pan y circo” sea precisamente lo que ha usado contra nosotros para conformarnos con nuestra situación terrible.

Siempre me sorprende la capacidad de adaptación del ser humano. Nos adaptamos y nos conformamos con todo. El brasileño soporta la corrupción endémica hace décadas. Está tan acostumbrado que desistió de la lucha moral y se entregó él mismo a esa “manera” de actuar. Así como los que viven en Siberia se adaptaron a un frío de -40°C y en el Norte de África a un calor tan insoportable como el frío siberiano. Pero de todas las adaptaciones y conformaciones humanas, la que más me sorprende y asusta (porque también sufro de ese problema) es la adaptación a un planeta injusto, lleno de maldad, muerte y terror. No importa cuán terrible sea ese lugar: nosotros lo amamos.

Y no estoy hablando de las cosas buenas, de los paisajes lindos, de la gracia de los animales silvestres. No. Estoy hablando del peso diario de la opresión de la vida. De los informativos con infinitas y cotidianas malas noticias, de los amigos que se van, de las enfermedades que no vencemos, de los malvados de turno, de los errores que cometemos, de las injusticias incorregibles, de las familias destruidas, de los amores convertidos en odio, de los basurales a cielo abierto, de la esclavitud, del prejuicio, del desodorante vencido, de los ríos contaminados, del tránsito detenido, de la ansiedad, de las cuentas, de la depresión, del cáncer, de la pedofilia, del latrocinio y de esa lista que ya hice. Disculpe, pero yo necesitaba recordarle cuán enorme puede ser esta lista. No la seguí porque ya me estaba haciendo mal. No se trata de pesimismo o de mirar la parte vacía del vaso. Se trata de aceptar la realidad de que si el fin de todas las vidas, por más lindas y maravillosas que sean, es la muerte, ese no puede ser un buen lugar.

Por alguna razón, no terminamos de aceptar la muerte. Tenemos la seguridad de que no fuimos hechos para ella. Y si alguno de nosotros ya se conformó, bien… está ahí el “Pan y el circo”, convenciéndonos a conformarnos. O peor todavía: si no aceptamos la muerte y sentimos el deseo de eternidad, pero aun así nos conformamos en vivir solo para lo que es terrenal, es el convencimiento del “Pan”. “Si hay pan, ¡todo está bien!”

El cielo parece lejano, pero el “pan” está al alcance de la mano. Con ese pensamiento dejamos de invertir en el porvenir para invertir aquí. A propósito, sin juegos de palabras, nos conformamos literalmente con tener carrera, éxito y dinero.  “No sé si Jesús volverá en mi tiempo, pero sé que necesito terminar este doctorado”. “Necesito comprar mi casa, así estaré más tranquilo”. “Si pudiera tener aquel auto, viviré cómodo y podré ir a dónde quiera”. “Mejor aún amigo, todos lo admirarán”. “Si al menos tuviera más dinero, tendría un plan de salud mejor”. “Con dinero, hasta ayudaría a otras personas”. Todas esas cosas son “pan”, realidades materiales.

Nos estamos conformando con poco, muy poco. En verdad, con nada. Al final de cuentas, todas esas cosas pasarán. Dios nos está ofreciendo la eternidad y nosotros estamos conformándonos con pan. Con cosas pasajeras que la polilla corrompe, que el ladrón roba, que perecen y se deshacen con el tiempo y con una vida temporal. En el momento que usted adquiere algo nuevo comenzará a envejecer, sea una casa, un terreno, un auto, un celular, lo que sea. Y cuanto mejor sea, más personas lo envidiarán, compararán y algunos, inclusive, lo despreciarán. Porque en la medida de las cosas siempre hay alguien con menos, mucho menos, y otros con más, mucho más. Nunca será suficiente y nunca se tendrá paz. Pero continuamos confiando en el “pan”.

Es para libertarnos que la verdad declara: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4:4). “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen […]” (Mat. 6:19). ¿Dónde está su corazón? ¿Cuánto de “Pan” es prioridad en su vida?

 

 

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