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Adolfo Suárez

Adolfo Suárez

Más allá de la enseñanza

Frase de resumen de la columna: Reflexiones sobre aspectos de la vida diaria a partir de la Teología, Educación y Ciencias de la Religión.

El mejor profesor de todos los tiempos

Muchos estudiosos de la didáctica y de la metodología de la enseñanza consideran a Jesucristo como el profesor más destacado de todos los tiempos. Hay decenas de libros al respecto.  El hecho es que su enseñanza creativa y transformadora alcanzó y alcanza a millones de personas.

El Maestro Jesucristo, un carpintero, sin haber dejado registrada jamás ni siquiera una palabra, sin jamás haber producido un artículo, investigación, monografía o libro, impactó a la humanidad de una forma impresionante.  Como nos lo recuerda el Dr. James Kennedy, con 12 discípulos Jesucristo ejerció una influencia civilizadora que dura hasta hoy. [1]

Es irrefutable que la vida del joven galileo causó gran impacto en su época y en la nuestra. Y lo más espectacular: hizo todo eso apenas hasta los 33 años de edad. ¡Esto es extraordinario! Como dice el respetado J. M. Price, en su clásico A Pedagogia de Jesus [La pedagogía de Jesús] “nadie estuvo mejor preparado, y nadie se mostró más idóneo que Jesús para enseñar. En lo que respecta a las calificaciones, como en otros aspectos, Jesús fue el Maestro ideal. Esto es verdad tanto visto desde el ángulo divino como del humano.  En el sentido más profundo, Jesús fue un Maestro que vino de parte de Dios”.[2]

Características de Jesús como profesor

El Maestro Jesús es sorprendente. Y, si miramos algunas de sus características de personalidad, tenemos que admitir que es un padrón de equilibrio absoluto, sentido común y profesionalismo. Siguiendo las percepciones de Roy Zuck,[3] pensemos un poco en algunas de sus características como Maestro.

Jesucristo es un referente de madurez. Lucas 2:40 nos dice que “el niño [Jesús] crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él”. Desde la perspectiva humana, Jesús era una persona madura; como Hijo de Dios y como miembro de la Trinidad, obviamente era espiritualmente maduro. Debemos seguir su ejemplo procurando crecer mentalmente, espiritualmente, físicamente y socialmente.

Jesús vino a la Tierra para revelar al Padre (Juan 17:26). De esta manera, podemos entender que poseía todo conocimiento y e era capaz de explayarse sobre cualquier tema con maestría. Ciertamente esto hacía que el pueblo quedara “suspenso oyéndole” (Lucas 19:48). Los profesores son responsables por lo que afirman, y por lo tanto, al abordar algún tópico, necesitan hacerlo con autoridad, la cual es el resultado del tiempo usado en oración, investigación y reflexión.

Siendo una autoridad en cualquier asunto, Jesús siempre hablaba con convicción; nunca dejaba una duda sobre lo que enseñaba.  Con plena certeza hacía afirmaciones como “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6); o: “Oísteis que fue dicho… Pero yo os digo que…” (Mateo 5:21, 22). El educador cristiano necesita expresarse con convicción, transmitiendo seguridad a sus oyentes; esto es el resultado, claro está, del estudio profundo de un área específica del conocimiento, pero también el resultado de una vida guiada por el Espíritu Santo.

El apóstol Pablo afirma que Jesús “se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:8). Una clara demostración de la humildad del Maestro puede verse en su actitud de servir y no de ser servido. (Mateo 20:28). Los profesores cristianos no reciben respeto de sus colegas y alumnos por la autoexaltación, sino por la postura humilde de siervo. Después de todo, el orgullo causa rechazo, mientras que la humildad atrae.

Diferentemente de nuestra educación “de contenido”, orientada por el tema a ser transmitido, el Maestro Jesús no tenía contenido curricular cerrado, ni parecía preocuparse con lo que debería enseñar cada día. Obviamente él quería enseñar algunas cosas, pero lo hacía con espontaneidad, esperando el momento justo, cuando el corazón y la mente de sus oyentes estuvieran dispuestos. Fue así, por ejemplo, en la ocasión cuando calmó la tempestad (Mateo 8:23-27); ese fue el momento oportuno para enseñar sobre la fe y el miedo del ser humano, como también sobre el poder ilimitado de Dios. En ocasiones informales, las personas pueden tener mayor disposición para oír y captar enseñanzas que cambiarán para siempre su vida.

De vez en cuando escuchamos algunos alumnos afirmando que quedaron confusos en la hora de la clase, pues a veces, algunos profesores hablan de muchas cosas al mismo tiempo. Otros dicen que no entienden lo que se dice, pues algunos docentes utilizan palabras y expresiones desconocidas. Con relación al Maestro Jesús, podemos decir que había tal claridad en sus enseñanzas y discursos, “que los niños, los adultos y la gente común los escuchaban gozosos y quedaban encantados con sus palabras.[4] Si quisieran enseñar con claridad, los profesores deben elegir adecuadamente las palabras y expresiones que usan; y siempre que haya necesidad de usar una palabra técnica, poco común a los alumnos, es necesario explicarla de manera clara, ejemplificándola si es posible.

En su ministerio, Jesús enseñaba con sentido de urgencia, pues sabía que no tenía todo el tiempo del mundo. En poco más de tres años debería transmitir a la humanidad las enseñanzas que demostrarían la capacidad de transformar la rutina de la vida humana. Por lo tanto no había tiempo que perder. En Juan 7:33 está escrito: “Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros”. El Maestro tenía sentido de urgencia. No se dejó dominar por la agenda: él nunca estaba apurado y nunca canceló un encuentro. Siempre tenía tiempo para ministrar las necesidades de las personas.  Los profesores cristianos deben aprender a administrar mejor el tiempo, “aprovechando bien el tiempo” (Efesios 5:16), no desperdiciando el precioso tiempo de la sala de clase.  El tiempo es oro, y debe administrarse de tal modo que el profesor nunca se arrepienta de haber usado el tiempo de manera irresponsable.

En el ministerio de Jesús, su simpatía y empatía son evidentes, manifiestas en su amor y cuidado por las personas. El evangelio de Lucas dice que “todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (4:22). El educador Antônio Tadeu Ayres nos recuerda que “ningún profesor se considera bueno simplemente por casualidad.  Los alumnos perciben muy bien al Maestro que sabe lo que enseña, se complace en instruir y sabe cómo hacerlo.  También perciben la personalidad, el temperamento, los valores éticos y la capacidad de comprensión. En esta cuestión particular, tendrá éxito el profesor que de hecho practica la empatía”.[5] Desde una perspectiva cristiana, los alumnos no son meramente clientes, y sí, por encima de todo, candidatos al reino de Dios. Por lo tanto, los profesores deben ejercer paciencia, simpatía y empatía.  Después de todo, la enseñanza cristiana es mucho más que contenido. Es también la demostración de un interés genuino por las personas.

Finalmente, el Maestro Jesús jamás enseñó algo que no fuera pertinente o necesario para sus oyentes. Todo lo que habló era relevante y aplicable a la vida de las personas. También es un desafío para cada profesor, no meramente hablar bien, sino que su clase se vuelva relevante en la vida de los alumnos, haciendo que las enseñanzas sean pertinentes para cada estudiante que oye y participa de las clases. Actuando de esta forma, el profesor y la profesora tendrán como resultado una enseñanza que transforma.

[1] James KENNEDY e Jerry Newcombe. E Se Jesus não Tivesse Nascido? São Paulo: Vida, 2003, p. 21.

[2] J.M. Price. A Pedagogia de Jesus. 3ª edição. São Paulo: JUERP, 1983, p. 5.

[3] Roy B. Zuck. Teaching as Jesus Taught. Grand Rapids: Baker, 1995, p. 63 a 89.

[4] Elena de White. La voz: su educación y uso correcto, p. 46.

[5] AYRES, Antônio Tadeu. Prática Pedagógica Competente: Ampliando os Saberes do Professor. Petrópolis, RJ: Vozes, 2004, p. 55.

 

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