Un corazón puesto en las manos de Dios
La enfermedad de nuestro hijo nos llevó por un camino que nunca imaginamos. Entre cirugías, momentos de incertidumbre y oración, aprendimos lo que significa confiar en Dios.

Hace siete años, mi esposa Sandra y yo esperábamos con mucha alegría la llegada de nuestro hijo Pedrito. Todo marchaba bien hasta que, durante el séptimo mes de embarazo, un estudio mostró que algo no estaba bien con su corazón. Estudios posteriores confirmaron que tenía una cardiopatía congénita y que necesitaría una cirugía poco después de nacer.
Recibir aquella noticia fue como sentir que el suelo desaparecía debajo de nuestros pies. Fueron semanas de tristeza, incertidumbre e impotencia. Yo era adventista de nacimiento, pero llevaba 15 años alejado de la Iglesia. Una tarde llegué del trabajo y le dije a Sandra: “Si Dios permitió que enfrentemos esta prueba, tendrá un motivo y nos sostendrá. Vamos a enfrentar esto juntos y tomados de su mano”.
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Pedrito nació en agosto de 2020, en plena pandemia. A los ocho días tuvo su primera intervención. Meses después llegó una cirugía mucho más compleja. Tras más de siete horas en el quirófano, permanecía en estado crítico y no despertaba. Los médicos nos dijeron que sus órganos comenzaban a fallar y que necesitaba reaccionar.
Cerca de la medianoche comprendimos que podíamos perderlo. Llamamos al pastor de nuestra iglesia y le pedimos que viniera. A la una de la madrugada nos arrodillamos y oramos. Pusimos la vida de Pedrito en las manos de Dios e hicimos un pacto con Él.
A las cinco de la mañana, un enfermero nos contó que Pedrito había comenzado a reaccionar exactamente a la hora que empezamos a orar. Poco después, una médica volvió a mencionar el mismo horario y nos dijo que su organismo había comenzado a responder. Para nosotros no fue una coincidencia. Sentimos que Dios había escuchado nuestro clamor.
Apoyo durante el proceso
Las dificultades continuaron. Pedrito despertó sin poder ver y necesitó nuevas intervenciones. Pero en cada etapa decidimos aferrarnos a la esperanza y seguir confiando en Dios.

Durante todo este camino también tuvimos el acompañamiento de la Iglesia Adventista. Hermanos estuvieron presentes orando e intercediendo por Pedrito y por nuestra familia, especialmente en los momentos más difíciles.
En una de sus cirugías, mientras esperaba noticias, abrí mi Biblia y encontré el relato de Jesús salvando a Pedro. Sentí que Dios me recordaba que seguía con nosotros. Los años siguientes trajeron nuevas intervenciones y un largo proceso de recuperación, pero también personas, oportunidades y recursos que nos ayudaron a continuar.
Seguimos confiando

En mayo de 2026 viajamos a España para la que esperábamos fuera su última cirugía. Durante los 21 días anteriores, familiares y amigos se unieron a nosotros en oración. Pedimos por Pedrito, por los médicos y por todo lo que necesitaríamos para estar allá. La cirugía salió mejor de lo esperado, aunque días después una complicación hizo que tuviera que regresar al quirófano.
Esa vez estaba cansado. Después de tantos años, recuerdo haberle preguntado a Dios: “¿Por qué otra vez?”. Tener fe no significó que nunca sintiéramos miedo o que entendiéramos todo. Hubo momentos en los que simplemente tuvimos que seguir confiando.
Hoy, después de siete cirugías, miro hacia atrás y veo a Dios presente en todo el camino: en las oraciones, en las personas que nos ayudaron, en los recursos que llegaron y en la iglesia que acompañó a nuestra familia.
Un cambio personal

Y también veo lo que ocurrió conmigo. Después de 15 años alejado de la Iglesia, esta experiencia me llevó nuevamente a Dios. Aquella noche hicimos un pacto pensando en la vida de nuestro hijo, sin imaginar cuánto cambiaría también la nuestra.
Un día abrí mi Biblia y encontré a Jesús salvando a Pedro. Hoy esa historia tiene otro significado para mí. Creo que Jesús estuvo con Pedrito durante todo este proceso, pero también estuvo trabajando en nosotros. Jesús salvó a Pedro y también nos trajo de regreso a sus pies.
Daniel Bobadilla es oriundo de Ponta Porã, Mato Grosso do Sul, Brasil, y actualmente vive en Asunción, Paraguay. Se desempeña como empresario y comparte su vida junto a su esposa, Sandra Galeano, con quien tiene un hijo: Pedrito.