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La Reforma cambia todo

Entienda el cambio que dejó la Reforma Protestante en el mundo de hoy.

Por Bill Knott 

Imagen: Fotolia.

Una de las más persistentes percepciones erróneas acerca de la Reforma Protestante es que el movimiento que está celebrando su 500º aniversario se trataba solamente de recuperar la verdad bíblica.

Si se le pregunta al típico adventista que describa la experiencia central de la Reforma,  si encuentra algo para decir, probablemente murmure algo así como “salvación por fe” y sola scriptura, la única frase en latín que conocen la mayoría de los adventistas. Pero los eventos que cambiaron el mundo, y se precipitaron con las proposiciones que hizo Lutero un 31 de octubre hace 500 años, no se reducen solo a la doctrina de la justificación por la fe y la autoridad de la Biblia, que nos enseña cómo creer en ella. A pesar de lo significativas que seguramente fueron (y son), Si estas ideas no hubieran cambiado drásticamente, es decir, hubieran sido reformadas, la vida cotidiana, el trabajo y la adoración de personas y congregaciones, probablemente nunca habríamos escuchado sobre la Reforma, y mucho menos celebrando su medio milenio.

Todas las ideas divinas tienen consecuencias en la vida real, y el redescubrimiento de las enseñanzas de la Biblia acerca de cómo los seres humanos son salvos comenzaron inmediatamente a cambiar las estructuras de la vida cotidiana. Si las oraciones acumuladas y repetitivas ya no acortaban la estadía de uno en el purgatorio ni vicariamente liberaban otra alma, el propósito de la oración en sí misma en la vida del creyente fue “reformado”. De forma lenta, y vacilante al principio, los hombres y mujeres cuya espiritualidad había sido representada por los sacerdotes en sotanas, comenzaron a experimentar el gozo inexplicable de estar en comunión con un Padre que los escuchaba y entendía.

Si el foco de la adoración de la iglesia ya no estaba en el sacrificio diario y repetitivo del cuerpo y la sangre de Jesús en el altar, entonces la adoración podía ser “re-formada” como la expresión de la alabanza personal y corporativa que siempre estuvo destinada a ser.  La creatividad, antes solo para los “dotados” y patrocinados, ahora se movía con gracia entre los bancos de la iglesia. El cristianismo occidental experimentó una explosión sin comparación de himnos, poesías, y composiciones musicales.

Si la idea divina para la sexualidad humana ya no era el célibe clérigo negándose a sí mismo la expresión completa de su persona como un símbolo de su consagración, entonces el matrimonio como el pacto ordenado por Dios entre un hombre y una mujer fue dignificado, elevado ― y rectamente disfrutado. Las tradiciones no bíblicas de la dominación masculina y la subordinación femenina comenzó a erosionarse cuando hombres y mujeres leyeron por sí mismos la Palabra que proclamaba en su primer capítulo “Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Gén. 1:27 RVA).

Si Dios no solo le dio a los seres humanos un trabajo significativo, sino que los dotó para que usaran sus habilidades en la construcción de su reino, entonces el trabajo se convirtió en un medio para la autoexpresión divina, el desarrollo del carácter y el uso prudente del dinero bien ganado. Los calendarios anuales y semanales, por siglos invadidos por más de 125 fiestas anuales y feriados, se convirtieron en las varas de medir para el progreso, la innovación y el éxito social: “Seis días trabajarás y harás toda tu obra” (Éx. 20:9 RVA).

La Reforma puede haber comenzado como una invitación académica para el debate de los eruditos, porque ese, de hecho, era el propósito de Lutero al clavar las 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Pero escapó de la visión limitada de incluso su primer héroe para transformarse, por la gracia de Dios, en el instrumento de renovación social y cambio que creó el mundo moderno.

La literalidad que permite que usted lea y entienda estas palabras – por y para usted mismo – es el legado de la Reforma. El trabajo que lleva a cabo – cablear casas como electricista o “encender las luces” para los estudiantes del aula – fue modelado por la Reforma. Los himnos que canta – al principio de forma suave, y luego con lágrimas de agradecimiento en sus ojos – fue gracias a la Reforma. Y si, por gracia, ha conocido a Dios como una fortaleza poderosa en su vida, “un baluarte que nunca falla”, puede agradecer a la Reforma.

Este 31 de octubre, mientras los niños (en EUA) juegan en el vecindario con gritos de “Truco o trato”, deténgase un momento para agradecer al Señor que todavía le dice a su iglesia fiel “He aquí yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc. 21:5 RVA).

Bill Knott es editor y diretor publicador de la Adventist Review.

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