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Estudiantes se salvan de ser envenenadas por milagro divino

Fueron envenenadas por dos semanas, pero Dios las protegió al orar por cada comida.

2 de enero de 2018

Por Andrew McChesney

Desi Natalia Ango, en la foto. (Foto: Andrew McChesney / Adventist Mission)

Desi Natalia Ango, de dieciocho años, estaba encantada cuando a ella y una compañera de estudios se les asignó pasar un año como misioneras en Limbong, en el sur de la isla indonesia de Sulawesi.

Desi pensó que sería una buena ubicación en una gran ciudad.

Pero cuando ella y su amiga llegaron a la oficina de la conferencia local, fueron conducidas a un automóvil durante un viaje de tres horas. Luego se trasladaron en motocicletas en un viaje de cinco horas por una montaña. El camino estaba resbaladizo y Desi se caía de la motocicleta.

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Cuando el camino terminó, las jóvenes supieron que tendrían que caminar ocho horas para llegar a su destino.

Pero primero, tuvieron que pasar por la oficina del gobierno local al final de la carretera para recibir permiso para subir a la montaña. Varias personas de Limbong estaban en la oficina y con entusiasmo recibieron a Desi en la aldea y anunciaron la gran noticia.

Cuando los jóvenes misioneros llegaron, los aldeanos les dieron la bienvenida con una ceremonia tradicional. Una gallina joven con plumas negras y pies negros fue asada, hervida y ofrecida a los visitantes. Los aldeanos mismos comieron pollo regular.

“No hablamos su dialecto y no sabíamos lo que estaban diciendo”, contó Desi. “No sabíamos qué hacer”.

Más importante aún, no tenían idea de cómo compartir su amor por Jesús. Ella y su amiga ayunaron y oraron durante dos días.

Carbón de leña y Papaya

El segundo día, una mujer del pueblo pidió ayuda. Ella condujo a las dos misioneras a su madre, Indo Reko, que estaba enferma en la cama. La anciana sufría un flujo de sangre, muy parecido a la mujer a la que Jesús sanó en Marcos 5: 25-34. Los misioneros no tenían ninguna experiencia médica y no sabían qué hacer. Pero tenían algo de carbón, y mezclaron dos cucharadas con agua y pidieron permiso para orar.

“Oramos, ‘Señor, creemos que puedes curar a esta mujer con este carbón'”, recordó Desi. “Pero estábamos pensando, en qué más podíamos hacer'”

Decidieron llamar a “1000 Misioneros”, la organización que las había enviado a la aldea. Para comunicarse por celular, tuvieron que subir otra hora más arriba de la montaña. La llamada telefónica fue respondida, y una enfermera de la escuela aconsejó a las misioneras que hicieran un puré de papaya (con semillas y todo), con un plátano de tamaño normal y se lo dieran a Indo.

 

De vuelta a la casa de Indo, Desi le dijo a la mujer: “Somos cristianas, y creemos que Jesús te ayudará. Si comes esto, mejorarás”.

Las misioneras le dieron la mezcla de papaya y plátano a Indo todos los días, durante 30 días. También, le enseñaron a no comer cerdo y otras carnes sucias. Cuando finalizó el mes, el flujo de sangre se había detenido e Indo volvió a la normalidad.

Los otros aldeanos se sorprendieron y comenzaron a pedir a las misioneras que cuidaran a sus hijos enfermos y otros parientes enfermos. Las misioneras usaron carbón y mucha oración.

Luego, las misioneras decidieron ir de casa en casa. Pero cuando llegaron a la primera casa, nadie estaba allí. Lo mismo sucedió en la segunda y tercera casa. Nadie estaba en casa. Descubrieron que los aldeanos estaban en sus campos, por lo que se unieron a ellos, ayudándoles con su trabajo y hablándoles de Jesús.

Advertencia sobre envenenamiento

Los aldeanos apreciaron la asistencia y ofrecieron sus propios consejos útiles. Uno tras otro, les dijeron a las misioneras que se mantuvieran alejadas de cierta casa en el pueblo.

“No vayan porque serán envenenadas”, advirtieron.

Las misioneras ignoraron el consejo porque creían que el Señor las había enviado a la aldea y tenían que visitar todas las casas.

Cuando llamaron a la puerta, una mujer de unos 30 años las saludó con gran alegría e inmediatamente les ofreció comida y bebida.

Desi miró la mandioca y el maíz morado y se volvió hacia su compañera misionera.

“Tú primero”, dijo ella.

Su amiga le dio un codazo y le dijo: “No, tú primero”.

Desi le preguntó a la mujer, conocida como Mama Wandi, si podían orar juntas antes de comer.

“¿Por qué quieres orar?”, preguntó Mama Wandi.

“Somos cristianas”, respondió Desi. “Oramos por todo lo que hacemos”.

Después de orar, las jóvenes comieron la comida. No les pasó nada.

Un informe positivo

Mientras comían, Mama Wandi les dijo que había dado a luz recientemente a un bebé y que todavía no le había puesto nombre. Ella les pidió una recomendación sobre un nombre. Al darse cuenta de que el niño había nacido en el mes de julio, Desi sugirió llamarlo Julio. La madre estuvo de acuerdo.

 

Mama Wandi invitó a las misioneras al día siguiente y las alimentó de nuevo. Oraron por la comida y no les pasó nada malo. Esto sucedió todos los días durante dos semanas. Finalmente, Mama Wandi les dijo a los otros aldeanos, “Estas misioneras no son personas comunes. He estado envenenando su comida durante dos semanas, ¡y nunca se enferman!

La historia se difundió por todo el pueblo que las misioneras eran inmunes al veneno, y muchas personas acudieron a ellas para escuchar acerca de su Dios.

“Dios usó a Mama Wandi para difundir un informe positivo de nuestro trabajo”, expresa Desi.

Desi ahora tiene 21 años y es educadora en la Universitas Klabat, una escuela adventista en el extremo norte de la isla de Sulawesi. Ella espera regresar a la aldea después de graduarse y abrir una escuela primaria. Desi ha visitado el pueblo varias veces desde su estadía de un año, y está encantada de que Mama Wandi ahora esté estudiando la Biblia con el pastor del distrito.

“Un versículo de la Biblia que realmente nos fortaleció durante ese año está en Job 42: 2, que dice: “Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti”, resalta Desi. Además agrega: “Dios realmente puede hacer todo”.

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