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Por qué la ciencia entiende los orígenes de forma tan equivocada

Sábado especial recuerda la creación en todo el mundo.

28 de octubre de 2017

Clifford  Goldstein

Imagen: Adventist Review

¿Por qué la ciencia, que es tan correcta, se equivoca tanto en los orígenes? Es debido a dos principios sobre los cuales funciona la ciencia y, probablemente, no podría funcionar sin ellos.

El primero es que la ciencia, que estudia el mundo natural, solo debe buscar respuestas en el mundo natural. Esta noción, que tiene cientos e incluso miles de años, asevera que no debemos recurrir a las causas sobrenaturales para explicar los efectos naturales. Por ejemplo, los biólogos no deben explicar el proceso extremadamente complicado de la formación del coágulo de sangre al atribuir la cascada de enzimas a la intervención divina. La ciencia no podría progresar si todo o cualquier cosa que no se entendiera fuera explicada como una intromisión sobrenatural.

La ciencia no solo erra al blanco, o algo similar; se extravía desastrosamente.

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El segundo principio es que las leyes de la naturaleza deben permanecer constantes. Todas las cosas iguales (que raramente lo son). Lo que una ley hace hoy, lo hizo ayer y lo hará mañana, y toda variación resulta de otro patrón similar que a su vez, resulta de otro patrón similar, y así sucesivamente. Por supuesto, pueden existir leyes que no entendamos, o que desconozcamos, y aquellas que sí conozcamos pueden tener demasiadas variables para que la comprendamos con exactitud. Pero el principio de lo constante se mantiene. De lo contrario, la ciencia y la tecnología que derivamos de este principio serían imposibles. Asumimos (aunque sin justificación universal, necesaria y segura) que las leyes de la aerodinámica para el vuelo en avión y aquellas del par de torsión y fuerza detrás de la construcción de puentes se mantienen constantes cuando manejamos de una punta a la otra del puente o ascendemos a los 9 mil metros en un Airbus A380.

Sin bien son razonables y fructíferos, ambos principios son supuestos filosóficos, sin ser problemáticos en sí mismos (la ciencia era llamada “filosofía natural” por más tiempo del que se llama “ciencia”), excepto que ambos supuestos son falsos.

Tomemos el primero, que requiere causas sobrenaturales para eventos naturales. Eso está bien para seguir a un huracán o la endocrinología de la grulla blanca. Pero es inútil para los orígenes que empiezan con “En el principio Dios creó los cielos y la Tierra” (Gén. 1:1), y desde allí despliega un supernaturalismo que trasciende espectacularmente los patrones de pensamiento (como los nuestros) sofocados con el naturalismo que muchos niegan el registro bíblico porque no pueden concebirlo.

“Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así” (Gen 1:11). Este texto representa un proceso (¿Dios habla ― ¡Habla! ― y aparecen plantas y árboles?) que hace que la ciencia natural sea tan inútil como estudiar la composición química de la película de Zapruder sobre asesinato de JFK con la esperanza de descubrir el motivo de Lee Harvey Oswald en apretar el gatillo. Cualquier explicación acerca de una creación por causas sobrenaturales que impida las causas sobrenaturales, por necesidad, se equivocará.

¿Y la constancia de la naturaleza? Tiene sentido excepto que Romanos 5:12 – “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” – presupone un ambiente natural discontinuo y cualitativamente diferente de cualquier cosa que la ciencia confronte ahora. Elena de White escribió “Cuando vieron en la caída de las flores y las hojas los primeros signos de la decadencia, Adán y su compañera se apenaron más profundamente de lo que hoy se apenan los hombres que lloran a sus muertos. La muerte de las delicadas y frágiles flores fue en realidad un motivo de tristeza; pero cuando los bellos árboles dejaron caer sus hojas, la escena les recordó vivamente la fría realidad de que la muerte es el destino de todo lo que tiene vida” (Patriarcas y profetas, pág. 46). ¿Qué puede enseñarnos la ciencia, la cual estudia solo un ambiente donde todo muere, acerca de uno donde nada moría?

Para aprender acerca de los orígenes de la vida al estudiar lo que hay aquí ahora – miles de años después de los cambios físicos ocurridos por la caída de Adán (Gén. 3:17-19), el pecado de Caín (Gén. 4:12), y el diluvio universal de Noé (Gén. 6 – 10) – sería como estudiar a los transeúntes de Paris para aprender sobre los orígenes de la sexualidad humana. La ciencia como está constituida hoy día niega que el tipo de ambiente descrito en Génesis 1 y 2 haya podido existir; así, ¿Cuánto podría enseñarnos acerca de ese ambiente?

Por lo tanto, nuestro enigma: los dos principios sobre los cuales la ciencia funciona son falsos, al menos cuando se trata de los orígenes (aunque uno podría argumentar, justificablemente desde una perspectiva bíblica, que el primer principio es falso incluso con el mundo presente porque, en su centro, solo Dios sostiene la realidad física – Hechos 17:28; Colosenses 1:17; 1 Corintios 8:6; Hebreos 1:3).

No es de extrañar que la ciencia se equivoque con los orígenes. Niega dos aspectos cruciales de la creación: la fuerza sobrenatural detrás de ella, y la discontinuidad física radical entre la creación original y la que vemos hoy. Ese es el por qué, por ejemplo, la ciencia (alguna) argumenta que el universo surgió fortuitamente y “de la nada”, cuando las Escrituras dicen que Dios lo creó. O que la ciencia enseñe sobre miles de millones de años y mutaciones al azar y selección natural, un proceso azaroso de aptos y comience sin un objetivo o propósito determinado, cuando las Escrituras enseñan un proceso cuidadosamente orquestado con un propósito durante seis días de absoluta intencionalidad, con nada al azar.

La ciencia no solo erra al blanco, o algo similar; se extravía desastrosamente. Sin embargo, considerando los dos supuestos sobre los cuales funciona (y eso es todo lo que son, supuestos), ¿qué más puede hacer con respecto a los orígenes excepto  ir no solo mal sino desastrosamente mal?

Clifford Goldstein es el editor de la Guía de Estudio de la Biblia de la Escuela Sabática de Adultos. Su último libro, Baptizing the Devil: Evolutions and the Seduction of Christianity [Bautizando al diablo: la Evolución y la seducción del cristianismo], está ahora disponible en Pacific Press.

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