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La oración debe ser un hábito diario

De qué manera la oración puede ser un instrumento poderoso, no solo en momentos de crisis, sino en todos los momentos de la vida.

Por Felipe Lemos 23 de noviembre de 2018

La oración no debe ser una solución puntual para momentos de crisis. La idea, según el pastor, es que sea algo consistente y que forme parte de la vida cristiana. (Foto: Shutterstock)

Frente a situaciones que provocan decepciones, tristezas y frustraciones, la oración se muestra mucho más importante de lo que se imagina. En las relaciones personales y con Dios, el hábito de la oración se muestra de gran valor. Por eso, la Agencia Adventista Sudamericana de Noticias (ASN) conversó sobre la importancia de la oración en momentos de crisis con el pastor Marcos Bomfim, director del área de Mayordomía Cristiana de la sede mundial adventista.

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La oración puede devolver la calma que se hundió en el caos, proveer dirección en medio de la confusión, traer de vuelta el equilibrio perdido en las caídas, restaurar la esperanza que se fue o la cura en medio del dolor. La oración también es uno de los elementos que afina las percepciones espirituales (otros son el estudio de la Palabra de Dios y el servicio al semejante) y que ayudan a identificar salidas donde antes solo había puertas cerradas.

Pero la oración, en lugar de ser un evento, debe ser un hábito de vida. No porque Dios no escuche las oraciones eventuales (hay varios ejemplos de este tipo de oraciones en la Biblia). Esas oraciones hasta pueden cambiar las circunstancias, pero generalmente no cambian la vida, no producen salvación, vida eterna. La excepción queda para el ladrón en la cruz, que resolvió la vida con solo una oración, pero que también fue la última. Él no estaba orando para resolver los problemas terrenales. En ese momento quería la salvación eterna, y la alcanzó.

Pero la oración, ¿no es una ayuda?

Por otro lado, hay gente que está atrás solo de una ayudita para su vida, y a su manera, no de una transformación de vida. No es una búsqueda por vida eterna. En ese caso, yo busco a Dios cuando necesito, y si pienso que no necesito, él está a nuestra disposición. Eso parece muy conveniente. Un Dios que sirve solo para mi necesidad  es un dios de mi creación, que no corresponde en nada al Dios de la Biblia, Creador y Mantenedor del universo, el Juez de toda la tierra.

Para mí el gran desafío, la parte más difícil de la religión, no es orar en tiempos de crisis, sino es continuar orando a diario, cuando todo va bien. Eso significa que necesito tener horarios establecidos para orar, como Daniel (Dan. 6:10, 13) y David (Sal. 55:17), crear rutinas. Claro que para desarrollar hábitos necesito repetir acciones, siempre de la misma manera, en el mismo horario, en el mismo lugar, sin excepciones, porque las excepciones son las que destruyen los hábitos. Es esa búsqueda formal, regular, constante de Dios en tiempos de paz, que nos da energía espiritual para encontrarlo fácilmente, sea en la informalidad o en momentos difíciles.

¿Y de qué forma práctica funciona la espiritualidad en las familias?

Recuerdo haber entrado en el cuarto de mis padres y haber visto a mi padre de rodillas, con la Biblia abierta sobre el sofá, orando. Recuerdo a mi madre juntando los himnarios y los libros de estudio mientras mi padre llamaba para el culto familiar. Yo sé que esa visión puede cambiar la vida de los hijos, porque cuando los padres tienen ese tipo de vida de oración, conectada con la Palabra, por más defectuosos que sean, serán una influencia tremenda dentro de casa. Claro que mis padres tenían defectos, pero de algunas cosas yo no tenía dudas: ellos amaban a Dios, querían ir al cielo, y querían hacer todo lo que fuera necesario para que nosotros, sus hijos, también estuviésemos allá, aunque estas cosas algunas veces nos desagradaron o hasta circunstancialmente les crearan un mal ambiente. Lo que nos quedaba claro era que ellos no estaban allí para agradarnos a nosotros, sino para agradar a Dios.

Creo que un gran desafío en la familia es hacer de la oración un hábito. Como padre o madre, necesito luchar con todas las fuerzas para establecer ese hábito en la vida de los hijos antes que ellos salgan de casa. Para eso necesito yo mismo adoptar el principio de Primero Dios (Mat. 6:33), que se aplica a todo en la vida espiritual, desde la devoción personal y familiar, a la vida financiera (diezmo y pacto) o a la asistencia a la iglesia. Eso quiere decir que debemos buscar a Dios primero, antes que cualquier otra cosa, incluyendo redes sociales, noticiero, desayuno, ejercicio físico o cualquier otra cosa.  En verdad, toda la familia debe despertarse para orar y estudiar la Biblia (y la lección de la Escuela Sabática), primero individualmente, después en grupo (culto familiar), la conexión con Dios antes de cualquier conexión con el mundo. Esta debe ser la motivación diaria para salir de la cama, sea el día un feriado, vacaciones, sábado, domingo o un día de trabajo o estudios.

La asistencia a la iglesia o el trabajo formal o informal en la iglesia, no tendrán poder para afectar la espiritualidad personal o familiar si no se busca a Dios en primer lugar dentro de casa por medio de (1) comunión particular de cada miembro de la familia y (2) del culto familiar, un momento bien corto, todos juntos (ningún miembro de la familia con permiso especial para quedarse en cama o faltar), dos veces por día (mañana y tarde), para orar, cantar, estudiar algo relacionado a la Palabra de Dios. En la casa de mis padres, eso era más importante que la comida, el estudio o los juegos, y también las visitas entendían que estaban incluidas. Lo mismo en los viajes, se detenía el auto en el horario del culto; porque si Dios no es el primero y el último, no ocupa ningún lugar.

 

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