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Las dos caras de la moneda

El dinero puede ser una bendición o una maldición en la vida: depende de cada uno decidir.

Por Gleice Barros 6 de septiembre de 2021

Elena de White nos recuerda que “la raíz de todo mal no es el dinero, sino el amor al dinero” (Foto: Shutterstock)

La Biblia relata que, cierto día, un joven cuestionó a Jesús respecto a qué debía hacer para obtener la vida eterna. La respuesta está registrada en Mateo 19:21: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”. Muchos usan esto que dijo Jesús para fundamentar la idea de que el dinero es algo malo, dañino; un mal del cual necesitamos librarnos a fin de purificarnos.

Sin embargo, si el propósito del Maestro fuera condenar las riquezas, ¿cómo podríamos conciliar esto con el hecho de que la misma Biblia menciona la fortuna de hombres buenos como Abraham, Jacob, Job, Salomón y tantos otros, sin que Dios los reprendiera por ella? Quizás una simple moneda nos ayude a responder esto.

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Las monedas tienen dos caras. Si, por un lado, el dinero es una bendición en nuestras vidas, por otro, puede transformarse en una maldición. Todo lo que es bueno, cuando es mal usado, puede tener su propósito desvirtuado y traer consecuencias malas. Dios nos creó y proveyó todo lo que necesitábamos; nos dio un cuerpo, sopló en nosotros el aliento de vida, nos concedió dones, tiempo y recursos. Cada una de esas dádivas puede traernos grandes alegrías o inmensa decepción, dependiendo de cómo las usemos. Cuando se trata de dinero, necesitamos comprender “las dos caras de la moneda” para elegir bien entre ellas.

Donde esté vuestro tesoro…

Analicemos más a fondo el texto de Mateo 19:21. ¿Por qué Jesús le pidió al joven que donara todos sus bienes a los pobres? Y si Dios le hubiera dado esa misma orden a su siervo Abraham, ¿será que él le hubiera dado la espalda en señal de rechazo? Bueno, si el “padre de la fe” estaba dispuesto a sacrificar su mayor tesoro, Isaac, ciertamente no dudaría en donar sus riquezas materiales, en el caso de que le fueran solicitadas. ¿Y qué decir de Job? El mismo Dios afirmó que era un hombre íntegro, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. ¿Puedes imaginarte a Job resistiéndose a un pedido divino?

Al ver la vida de esos dos hombres, percibimos claramente que Dios reinaba en sus corazones, no las riquezas. El joven rico indagó acerca de lo que debería hacer para obtener la vida eterna; él creía que la salvación era algo que se podía obtener haciendo buenas obras, pero Jesús le mostró que el criterio para conquistarla es amar a Dios por sobre todas las cosas. Esa historia nos enseña que el dinero y las riquezas pueden transformarse en ídolos en nuestra vida, y es en este punto que pasan a ser una maldición.

Elena de White nos recuerda que “la Biblia no condena a nadie por rico, si adquirió honradamente su riqueza. La raíz de todo mal no es el dinero, sino el amor al dinero. Dios da a los hombres la facultad de enriquecerse; y en manos del que se porta como administrador de Dios, empleando generosamente sus recursos, la riqueza es una bendición, tanto para el que la posee como para el mundo. Pero muchos, absortos en su interés por los tesoros mundanos, se vuelven insensibles a las demandas de Dios y a las necesidades de sus semejantes. Consideran sus riquezas como medio de glorificarse” (El ministerio de curación, p. 163).

Cuando es usado de manera egoísta, el dinero puede transformarse en una arma de Satanás para destruir nuestra vida. Al apegarnos a él podemos perder de vista las cosas que realmente tienen valor, como la familia, la salud y la salvación. Por eso, varias veces Jesús nos advirtió acerca de este peligro: “Pero ¡ay de vosotros, ricos!” (Luc. 6:24); “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Luc. 16:13); “No os hagáis tesoros en la tierra” (Mat. 6:19); “Mirad, guardaos de toda avaricia” (Luc. 12:15).

Vale agregar que ese peligro no se limita a las personas poseedoras de muchos bienes, porque el campo de batalla es el corazón. Tanto ricos como pobres deben luchar contra el egoísmo y la codicia. La buena noticia es que Dios, en su infinito amor, proveyó los medios para liberarnos de esos sentimientos y comportamientos destructivos. Cuando seguimos sus orientaciones, el dinero es una bendición en nuestras vidas.

..allí estará también tu corazón

El reformador Martín Lutero solía decir que “tres conversiones genuinas son necesarias: la del corazón, la de la mente y la de la cartera”. Toda verdadera conversión es fruto de la obra de Dios en el corazón del pecador, y no sería diferente con relación al dinero. Así, uno de los medios que él proveyó para librarnos del egoísmo y de la avaricia es el acto de donar. Observa lo que dice Elena de White al respecto:

“Muchos desprecian la economía, confundiéndola con tacañería y mezquindad. Pero la economía se aviene perfectamente con la más amplia liberalidad. Efectivamente, sin economía no puede haber verdadera liberalidad. Hemos de ahorrar para poder dar. Nadie puede practicar la verdadera benevolencia sin sacrificio. Solo mediante una vida sencilla, abnegada y de estricta economía podemos llevar a cabo la obra que nos ha sido señalada como representantes de Cristo. El orgullo y la ambición mundana deben ser desalojados de nuestro corazón. En todo nuestro trabajo ha de cumplirse el principio de la abnegación manifestado en la vida de Cristo” (El ministerio de curación, pp. 157, 158).

Sí, ahorrar solamente para acumular recursos para nosotros mismos se configura en egoísmo y codicia. Por otro lado, ahorrar para ayudar a otros y contribuir al avance de la predicación del evangelio es juntar tesoros en el cielo (Mat. 6:19). Esta es también la esencia del acto de diezmar y ofrendar. Por medio de este principio, Dios nos va liberando de la tiranía del individualismo.

¿Cara o cruz?

La lección que extraemos aquí es que el dinero no es, en sí mismo, una bendición o una maldición; nosotros definimos esto según cómo lo obtenemos, cómo lo usamos y el lugar que le atribuimos en nuestro corazón. El filósofo Francis Bacon observó acertadamente que “el dinero es un buen criado, pero un malo señor”. Y al revisar toda la historia de la humanidad, ¡cuánta miseria y dolor vemos que brota del amor a las riquezas! Corrupción, familias destruidas, personas estresadas, enfermas e incluso intentando quitarse la vida; todo por causa de la búsqueda desenfrenada de bienes y posesiones. Entonces, te invito a hacerte la siguiente pregunta: ¿Qué lado de la moneda he elegido?


Gleice Barros es magíster en Administración.

Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Afam, edición de Enero-Marzo/2021

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