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¿El cristiano debe ser feminista?

La historiadora hace una evaluación del papel del cristiano frente al feminismo, especialmente en su relación con la Biblia y con los escritos de Elena de White.

Por Suelen Palombo 10 de septiembre de 2021

Recuperar la historia del desarrollo del feminismo es importante para entender el movimiento a la luz de la Biblia. (Foto: Shutterstock)

¡Seamos todos feministas y el mundo será mejor!  Seguramente usted ya se deparó con un pensamiento igual o semejante a ese. Pero, ¿ se preguntó si es correcto?

En las últimas décadas, la ideología feminista fue presentada a la sociedad como la solución para un mundo desigual, sin esperanzas y sin justicia. Las propias defensoras feministas son responsables por difundir esa idea. La feminista Bell Hooks llegó a decir que una revolución feminista “hará posible que seamos personas, mujeres y hombres, autorrealizadas, capaces de crear una comunidad amorosa, de vivir juntas, realizando nuestros sueños de libertad y justicia, viviendo la verdad de que somos todas y todos ‘iguales en la creación’”. [1]

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La primera ola feminista

¿Estaría la ideología feminista tan fundamentada en el cristianismo, de modo que tendría la capacidad de dar solución a un mundo pecador, o en contraposición a eso, buscaría sustituir el cristianismo presentándose como el nuevo mensaje salvífico para la humanidad? Para responder a esas cuestiones tendremos que conocer un poco de la historia del feminismo y comparar con la Palabra de Dios las bases en las que fundamentaron sus pensamientos.

La primera ola del movimiento feminista surgió a mediados del siglo 19, en el mismo período cuando despuntaron otros movimientos anticristianos como el marxismo, el evolucionismo y el espiritismo. Fechada en el año 1848, la primera convención del movimiento feminista tuvo como escenario para sus reivindicaciones una iglesia metodista wesleyana en Seneca Falls, estado de Nueva York.

Entre las varias solicitudes, la Declaración de los Sentimientos, un documento presentado ese día por las feministas, reivindicaba desde el derecho al voto hasta cambios en la visión de la autoridad religiosa masculina en la iglesia. Para la autora Carolyn McCulley, el primer documento feminista presentado en Seneca Falls ya abría el camino para lo que llegarían a ser futuros problemas en el ámbito religioso: “El desafío a la iglesia que fue expresado en ese documento, finalmente, condujo a la destrucción de conceptos bíblicamente definidos por Dios: pecado, diferencias de género, matrimonio y otros”.[2]

A pesar de que la reunión se realizó en una iglesia, algunas de sus idealizadoras parecían no creer más en los principios bíblicos y, además, los veían como algo que debía ser combatido. La feminista Elizabeth Cady Stanton, autora de la Declaración de los Sentimientos, fue uno de los principales nombres del movimiento feminista de la primera ola y una de las importantes líderes en pro del sufragio en los Estados Unidos. Pero Stanton demostró en sus escritos que veía la Biblia como un mito tenebroso que le robaba la alegría. Al hablar de su experiencia religiosa, dijo:

“Después de muchos meses de peregrinación agobiante en el laberinto intelectual de ‘La caída del hombre’, ‘El pecado original’, ‘La depravación total’, ‘La ira de Dios’, ‘El triunfo de Satanás’, ‘La crucifixión’, ‘La expiación’, y la ‘Salvación por la fe’, encontré salvación para la luz de la Verdad. Mis supersticiones religiosas dieron lugar a ideas racionales basadas en hechos científicos, y proporcionalmente, a medida que miraba a todas esas cosas desde un nuevo punto de vista, me volví cada día más y más feliz. […] Veo como uno de los mayores crímenes oscurecer la mente de los jóvenes con esas supersticiones tenebrosas; y con temores de lo desconocido y de lo que no se puede conocer, envenenar toda su alegría en la vida”.[3]

Algunas décadas después de la reunión en Seneca Falls, ya al final de su vida, Stanton escribió junto con otras mujeres The Woman’s Bible. Se trata de una especie de Biblia feminista que reinterpretaba las Escrituras colocándolas en el papel de responsables por la opresión masculina hacia las mujeres a lo largo del tiempo. En adelante veremos que ese pensamiento permeará toda la historia del feminismo y resultará en un conflicto constante con el patriarcado, abordado por diversas exponentes del movimiento. “En el libro había cosas que escandalizaron a mucha gente. La nueva Biblia no decía específicamente que Dios era mujer, pero lo daba a entender”.[4]

Otra semejanza posible de identificar entre Stanton y feministas más contemporáneas es la visión distorsionada del papel de madre y ama de casa. Para ella, las funciones hogareñas eran una carga que le quitaban la libertad, y el matrimonio serviría como un inhibidor de los talentos femeninos.

El movimiento de la temperancia

Todavía en ese período, denominado primera ola, es necesario hablar sobre la Woman’s Christian Temperance Union, WCTU [Unión de temperancia de las mujeres cristianas, UTMC]. Era un movimiento que se mostraba más fuerte que la lucha por el sufragio femenino y lograba con más facilidad cooptar mujeres para la causa. Estados Unidos estaba inmerso en una epidemia de alcoholismo. Elena de White, al hablar sobre el problema, dijo que “Podemos achacar cuatro de cada cinco crímenes que se cometen a la influencia del licor. No hay un caso en veinte cuando la vida de un hombre está en juego ante un tribunal, en el cual la bebida no sea la causa directa o indirecta del asesinato. El licor y la sangre, o sea, el derramamiento de sangre, van tomados de la mano”.[5]

Las mujeres eran directamente afectadas por las consecuencias del vicio de los maridos, padres o hermanos, que dejaban de cuidar sus hogares, se volvían violentos y les originaban diversos problemas. Así, la UTMC surgió como un intento de ayudar a frenar esa situación. Es importante resaltar que el Movimiento de Temperancia que luchaba por leyes secas ya se había iniciado por hombres cristianos de la época.

La UTMC fue motivo de atención de Elena de White. Veamos lo que dice ella sobre el asunto: “La Unión de Mujeres Cristianas es una organización con cuyos esfuerzos por la difusión de los principios de la temperancia podemos unirnos de todo corazón. […] Sería bueno que, en nuestros congresos anuales, invitásemos a los miembros de dicha unión a tomar parte en nuestros ejercicios. Esto les ayudaría a familiarizarse con las razones de nuestra fe, y nos prepararía el camino para unirnos con ellos en la obra de temperancia. […]  El Señor no le ordena que se separe de la Unión de Mujeres Cristianas. Necesitan toda la luz que usted pueda darles. […] Hemos de llevar el mensaje a la Unión de Mujeres Cristianas”.[6]

Al observar esos textos podemos notar que Elena de White entendía la importancia de relacionarse con las mujeres de la Unión de Temperancia, especialmente para llevarles nuestra fe; pero ella no dejó de alertar sobre los problemas que permeaban ese movimiento: “Se me mostró que no debemos apartarnos de las obreras de la Unión de Mujeres Cristianas. Por el hecho de unirnos con ellas en favor de la abstinencia total no cambiamos nuestra posición respecto a la observancia del séptimo día, y podemos manifestar nuestro aprecio hacia su actitud concerniente al asunto de la temperancia”.[7] “Durante veinte años se me ha mostrado que la luz de la verdad llegaría a las damas relacionadas con la obra de temperancia. Sin embargo, he visto con tristeza que muchas de ellas se están dedicando a la política, y se han opuesto a Dios. Han entrado en debates, cuestiones y teorías que no necesitaban entrar”.[8]

Al conocer a una líder de la UTMC, Elena de White escribió: “Mi hermana, estoy tan feliz que usted no haya cortado los lazos con la Unión de Mujeres por la Temperancia Cristiana. Puede ser que tenga que hacerlo, pero no todavía. Mantenga su posición. El Señor trabajará con usted y le dará las palabras que deba hablar. Puede que vea cosas que usted no puede aprobar, pero no se desanime”.[9]

Todavía sobre algunas reivindicaciones feministas de la época, Elena de White escribió: “Los que se sienten llamados a unirse al movimiento en favor de los derechos de las mujeres y la así llamada reforma del vestido, sería mejor que cortaran su conexión con el mensaje del tercer ángel. El espíritu que acompaña al uno no puede estar en armonía con el otro”.[10] Por lo que parece, Elena de White ya estaba atenta a los caminos nebulosos que tomaban los movimientos feministas.

La segunda ola

La segunda ola del movimiento feminista se produjo a mediados de 1960. En ese período, el feminismo introdujo el preconcepto contra la visión bíblica de la mujer como un complemento. Considerando al patriarcado bíblico como uno de los principales responsables por la supuesta opresión masculina sobre las mujeres a lo largo de los siglos, exponentes del movimiento trabaron una guerra contra los principios de femineidad, matrimonio monogámico y heterosexual, maternidad, castidad y sobre el papel de la mujer como ama de casa.

Mientras que la Biblia nos enseña que Eva tenía un papel fundamental en el cumplimiento de las órdenes dadas por Dios a Adán en el principio de la creación (Génesis 1:28; 2:18), dándole el mismo título de “ayudadora” atribuido a Dios mismo (Salmo 33:20), el feminismo consideró ese papel indigno y secundario, sosteniendo que las mujeres deberían buscar la igualdad, no solo en los derechos civiles, sino también en los papeles sociales, en el liderazgo e, inclusive, en los vicios pecaminosos de hombres no convertidos; sin embargo, para que sucediera así, sería necesario anular los papeles dados por Dios a la mujer.

Simone de Beauvoir, una de las pioneras en el pensamiento feminista de la segunda ola, dentro de una línea de pensamiento existencialista, cuestionó la posibilidad de una esencia femenina. Según la autora, “nadie nace mujer: se transforma en mujer. Ningún destino biológico, psíquico, económico define la forma que la hembra humana asume en el seno de la sociedad; es el conjunto de la civilización que elabora ese producto intermediario entre el macho y el castrado que califican de femenino”.[11]

Para Beauvoir, los aspectos que llevaban a la mujer a dedicarse al papel de madre, esposa y de sumisión al marido eran fruto de una construcción social negativa que la limitaba a un mero objeto no esencial. Y cuya función era parasitaria y sin utilidad para la sociedad. Al comparar esa visión con el pensamiento bíblico, observamos un verdadero abismo. En Proverbios 31:10-31, el papel desempeñado por la mujer en el hogar se presenta como más valioso que finas joyas y digno de ser alabado; la mujer virtuosa cuida con sabiduría de su hogar y de su marido e hijos, y por eso ellos son exaltados; es emprendedora, aumenta el rendimiento de sus ingresos, extiende la mano al necesitado, es una bendición para la sociedad.

Otras feministas en ese período alimentaron el mismo pensamiento de Beauvoir. Para Betty Friedan, las amas de casa eran insensatas y sedientas por cosas; poseían mente débil y estaban restringidas a un nivel de desarrollo infantil. “Criar hijos”, declaró Friedan, “es una ocupación ingrata que no permite que las mujeres usen su inteligencia de manera que beneficie a la sociedad”.[12]

Qué contraste con la visión de Elena de White sobre la maternidad: “Al rey en su trono no incumbe una obra superior a la de la madre. Esta es la reina de su familia. A ella le toca modelar el carácter de sus hijos, a fin de que sean idóneos para la vida superior e inmortal. Un ángel no podría pedir una misión más elevada; porque mientras realiza esta obra la madre está sirviendo a Dios. Si tan sólo comprende ella el alto carácter de su tarea, le inspirará valor. Percátese del valor de su obra y vístase de toda la armadura de Dios a fin de resistir la tentación de conformarse con la norma del mundo. Ella obra para este tiempo y para la eternidad”.[13]

A partir de las obras de esas autoras, el criterio de felicidad y realización personal de la mujer quedó íntimamente condicionado al trabajo externo y remunerado, ese sí, en la visión de las feministas, es digno y productivo. Y además traía una ventaja a la mujer: tendría independencia financiera, lo que le permitiría el divorcio siempre que lo deseara. Mientras que según el concepto bíblico la mujer debe buscar la sabiduría para edificar su hogar (Proverbios 14:1), para el feminismo la mujer debe buscar el empoderamiento y este está íntimamente ligado a la elección de la vida profesional en detrimento de la vida hogareña, y la satisfacción sexual en detrimento de una vida santificada.

Impacto post feminismo

A partir de aquí podemos destacar otro punto de gran impacto para la mujer post feminismo: la visión distorsionada de la “libertad sexual”. Observando la vida libertina de muchos hombres, las feministas formularon duras críticas al doble modelo moral de la sociedad. A los hombres les era permitido y hasta valorado el libertinaje sexual, mientras que a las mujeres se les exigía castidad, fidelidad y pureza. A pesar de que las críticas eran pertinentes, la teoría de las feministas no buscaba elevar los modelos morales de los hombres para resolver el problema, sino rebajar el de las mujeres.

Según Millet, “una revolución sexual exigiría, antes que nada, tal vez, el fin de las inhibiciones y de los tabús sexuales, especialmente de aquellos que más amenazaban el matrimonio monogámico tradicional: la homosexualidad, la ilegitimidad, las relaciones sexuales prematrimoniales y practicadas en la adolescencia”.[14]

Los cambios en los modelos sexuales femeninos necesitaban traer consigo soluciones a la consecuencia natural dada por el Señor para el sexo, o sea, los hijos. ¿Cómo sería posible disfrutar de una vida de total “libertad sexual” sin preocuparse con las “amarras” de la maternidad? La solución que encontraron fue el control de la natalidad, que consistía desde el convencimiento de que la maternidad mantenía a la mujer en una condición de opresión, pasando por los anticonceptivos y llegando finalmente al aborto, y este último sería el clímax de la emancipación de la mujer. Bell Hooks afirma “no es posible ser antiaborto y defensora del feminismo”.[15] Surge así el concepto tan defendido actualmente: “Mi cuerpo, mis normas”.

Entonces, el feminismo entraba en conflicto con dos principios bíblicos más: primero, el que afirma que nuestro cuerpo no nos pertenece, es templo del Espíritu Santo; y no matarás, que se extiende a toda criatura humana, inclusive a los que todavía están en formación (Salmo 139:13-16).

Cuestiones actuales

Al llegar a nuestros días, el feminismo gana aires cada vez más parecidos con una especie de religión. La mujer muchas veces es divinizada, y se da al sexo masculino la condición de villano responsable por todas las perversidades de la sociedad, ignorando la explicación divina de que los hombres y mujeres son pecadores y necesitan de la misericordia de Dios.

Las defensoras del feminismo entienden que es necesario el fin de las religiones que defienden el patriarcado bíblico y que conceden al hombre un papel, según ellas, superior al de la mujer.

“No puede haber una transformación feminista verdadera en nuestra cultura sin la transformación de las creencias religiosas. […] Hasta que eso suceda, las religiones patriarcales organizadas siempre destruirán las conquistas feministas”.[16] “Olvidemos al místico Jesús y miremos al incentivo, el consuelo y la inspiración de mujeres reales. Dos mil años de dominio patriarcal bajo la sombra de la cruz deberían ser suficientes para transformar a las mujeres en la salvación feminista del mundo”.[17]

La autora Constanza Miriano presenta la siguiente cuestión: “¿Por qué ahora que conquistamos, por lo menos en este lado del mundo, el derecho de tener todo, continuamos sintiéndonos infelices, y hasta más que antes?”.[18] Pienso que la respuesta está justamente en lo opuesto al pensamiento feminista. Dejamos de desear el ideal propuesto por Dios para nosotros y nos hemos apegado a las promesas terrenales de realización personal. Nos olvidamos de quien nos dice: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11).

Es verdad que la vida a lo largo de la historia no ha sido fácil; es verdad que muchas de nosotras mujeres sufrimos en las manos de hombres que no honraron la confianza que el Señor depositó en sus manos, pero como cristianos tenemos la seguridad que la solución para los problemas de este mundo no está en ninguna ideología, sino en la conversión individual, y que este mundo será transformado, de modo que mujeres y hombres dejarán la maldad y el sufrimiento cuando nuestro Redentor venga a buscarnos, ese día él sanará todas nuestras heridas y el mal ya no existirá.

 

Suelen Palombo es historiadora y profesora.


Referencias

[1] Bell Hooks, O Feminismo é Para Todo Mundo, p. 15.

[2] Carolyn McCulley, Feminilidade Radical, p. 52.

[3] Elizabeth Cady Stanton, Eighty Years and More, Humanity Books, 2002, p. 43, 44.

[4] Harriet Isecke, Susan B. Antony y Elizabeth Cady Stanton, Primeiras Sufragistas, p. 26.

[5] Elena de White, La temperancia, p. 21.

[6] Ibíd., p. 197, 198, 200.

[7] Ibíd., p. 198.

[8] Elena de White, Hijas de Dios, p. 133.

[9] Ibíd., p. 135.

[10] Elena de White, Testimonios para la Iglesia, t. 1, p. 372.

[11] Simone de Beauvoir, O Segundo Sexo, v. 2, p. 9.

[12] Phyllis Schlafly, O Outro Lado do Feminismo, p. 49.

[13] Elena de White, Consejos para la Iglesia, p. 256.

[14] Kate Millet, Política Sexual, p. 10.

[15] Bell Hooks, O Feminismo é para todo mundo, p. 23.

[16] Ibid., p. 154.

[17] Ana Caroline Campagnolo, Feminismo Perversão e Subversão, p. 300.

[18] Constanza Miriano, Quando Éramos Mais Femininas, p. 17.

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